Saberes
Destituir Occidente, Construir Comunismo
26
Sep
2015
11:52
Fear the Walking Dead (in Cataluña and everywhere)
"Cuando el colonizado comienza a presionar sus amarras, a inquietar al colono, se le envían almas buenas que, en los “Congresos de cultura” le exponen las calidades específicas, las riquezas de los valores occidentales. Pero cada vez que se trata de valores occidentales se produce en el colonizado una especie de endurecimiento, de tetania muscular. En el periodo de descolonización, se apela a la razón de los colonizados. Se les proponen valores seguros, se les explica prolijamente que la descolonización no debe significar regresión, que hay que apoyarse en valores experimentados, sólidos, bien considerados. Pero sucede que cuando un colonizado oye un discurso sobre la cultura occidental, saca su machete o al menos se asegura de que está al alcance de su mano" F. Fanon

Entre toda la andanada de cine y televisión postapocalíptica con que nos inunda la industria estadounidense cabe destacar, por su popularidad transversal y polifacética el género de los zombies. El zombie, ese ser monstruoso y descerebrado, ha pasado de tal modo a formar parte de nuestra cultura popular que no es extraño su uso coloquial. Lo curioso del asunto es que la representación actual del zombie, su manera de moverse, su estética, se elabora a partir de la de los vagabundos estadounidenses. Más allá de las calles principales, en cada ciudad, vagan por las grandes avenidas personas enfermas, pobres, destruidas, expulsadas por el modelo económico. La mayor parte son coloured, aunque abundan también los veteranos de guerra de cualquier raza. Los verás empujando sus carritos de la compra, en grupos más o menos grandes, tapados aunque haga un calor de mil demonios. Muchas veces serán los únicos que caminen por las calles preparadas para los coches. Se congregan en plazas, beben, fuman crack, vagan sin descanso.

Que los zombies se construyan a imagen de los desposeídos no es cosa nueva. En Haití, cuna de los zombies por excelencia, se construyó la idea del negro irracional, salvaje,
monstruoso. Esto se unió a la resistencia de los esclavos que en las reuniones secretas de voodoo planteaban cómo romper sus cadenas, cómo acabar con esa odiosa forma que les impusieron durante siglos. Herederos de tradiciones milenarias, abakuas, mandingas, yorubas, preparaban fórmulas con las hierbas del lugar para envenenar a sus capataces, a sus amos blancos. El miedo a ser envenenado por sus esclavos, lo impenetrable de la jungla, la lealtad entre las hermandades africanas, creó un hálito de misterio y reverencia que el blanco no podía tolerar.

Los sacerdotes primero, más tarde los amos franceses y finalmente los norteamericanos, todos ellos, legislaron para acabar con las asambleas de africanos y su cultura voodoo.

Condenas, prohibiciones y fusilamientos. Primero cubrieron de cadenas a sus cuerpos, después lo trataron con las muertes, como no pudieron ni con lo uno ni con lo otro trataron de hacerlo con la memoria. Así nació el zombie, como parodia o caricatura del negro rebelde. El zombie de la serie Fear of the Walking Dead da un paso más. En medio del creciente caos, la policía reprime a los manifestantes que quieren explicaciones acerca de que está pasando. Entre los manifestantes hay ¡zombies! Juntos, anarquistas y zombies crean el caos apocalíptico que sirve de escenario a la serie.

Nuestra política ibérica experimenta un tanto de lo mismo. Toda aquella persona que no esté inmersa en la política electoral, que no tome partido por el partido, está literalmente muerta en política. «La historia se repite dos veces, la primera como tragedia, la segunda como farsa». Ya hemos perdido la cuenta de las veces de esta repetición, donde se nos ofrece un horizonte dorado, donde nos vemos obligados a movilizarnos, a elegir, a optar, a decidir marcharnos con unas o con otros.

La burla masiva, de dimensiones globales, que tuvo lugar en Grecia se nos lanza a la cara como un triunfo. Nadie puede ocultar el tufo de la farsa, pero es preciso continuar sonriendo, dentro de no tanto se moverán muchos sillones y quien no esté atento perderá la llamada que lo intitule, lo nombre o le sea asignado un cargo. Los que voluntariamente rechazan esa vida, se unen al resto de millones de seres que ni siquiera han sido llamados. Sin derecho a voto vagan también por las calles. Los que han muerto para esa forma de vida política vagan y acechan. A veces los asesinan los policías como en los viejos tiempos, solo que son nuevos, y los obreros son manteros.

¿Pueden hablar los zombies?

La política fue secuestrada por el biopoder, «una forma de poder que regula la vida social desde su interior, siguiéndola, interpretándola, absorbiéndola, rearticulándola” y teniendo como objetivo “la producción y la reproducción de la misma vida» dijeron Hardt & Negri. En esta vida –producida, reproducida y administrada– no se busca profundizar la politización existencial, sino traducir lo político según los códigos establecidos por los dispositivos de poder, que dominan lo visible y lo enunciable y prefiguran al ser-en-el-mundo mediante «una escisión que lo separa de él mismo y de la relación inmediata con su entorno» afirmó Agamben.

La política ha llegado al desierto que un día anunció Nietzsche. El desierto bárbaro de un mundo líquido marcado por la unidimensionalidad, la crisis de la presencia, la nuda vida y la “muerte del hombre” como agente de la historia. Desierto cuyo paradigma de habitabilidad es la metrópoli (la ciudad que todo lo tiene), que «aparece como un vacío, una prisión apenas disimulada en la cual cada sistema social, como individuo, se mueve por pasillos claramente diferenciados y regulados por el conjunto» (Tiqqun, 2001). Desierto administrado por comunidades terribles, es decir, jerárquicas instituciones permanentes cuyo rasgo distintivo es el de la gestión represiva en medio de una parálisis total.

Es absolutamente indispensable matar esa forma de vida. Destruir esa política que la domina y que nos trata de expulsar de la historia. Es preciso desatar la magia social que
levante los cadáveres de nuestras hermanas para matar a los blancos propietarios, comernos sus cerebros… Asumimos las palabras de Houria Boutledja:

"Los indígenas de la República conmemoran sobre todo para rendir homenaje a sus muertos. A todos aquellos en Madagascar, en Senegal, en Vietnam, en Túnez y en otros lugares, masacrados por las tropas coloniales. Conmemorar es recordar, es dar vida a estos muertos, es rehabilitar su combate, es devolver a los muertos su dignidad, es hacerles justicia. Conmemorar es borrar simbólicamente su dolor, es transformar a las víctimas en héroes. Los indígenas se niegan a olvidar porque olvidar sería dar por inútiles estas muertes. Rendir homenaje a estos muertos es perpetuar su recuerdo, significa inmortalizarlos, transformar estos muertos en actores de luchas actuales que son la continuación de sus batallas."

Las no vivas, las que estamos fuera de su vida política pensamos que lo político no se mide en tiempo y espacio, sino en intensidad. Es el resultado del encuentro entre diferentes seres-en-común inter-conectados por la fricción, el compartir y la construcción colectiva de un devenir-en-la-historia. Reside en el disenso, el litigio, la lucha por una vida digna de ser vivida y la guerra civil, que es «el libre juego de las formas-de-vida, el principio de su co-existencia» sentencian Tiqqun

Todo es político. Y aunque nos encontremos inmersos en una larga noche determinada por jefes, patriarcas, sacerdotes y catecismos de la historia, la historia –y en este caso, la política– la hacen los pueblos, redes rizomáticas de multiplicidades que van más allá de los principios superiores de gubernamentalidad y trabajan por su tierra y su nomos, sus ritos y sus formas-de-vida sin dejar que otros manejen su existencia.

Nada falta al triunfo de la civilización.
Ni el terror político ni la miseria efectiva.
Ni la esterilidad universal.
El desierto ya no puede crecer más: está en todas partes.
Pero aún puede profundizarse.
Frente a la evidencia de la catástrofe, están
los que se indignan y los que toman nota, los que denuncian y los que se organizan.
Estamos del lado de los que se organizan.

–Llamamiento, Anónimo

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