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Saberes
Observatorio político, social y cultural de Oriente Medio y el Magreb.

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30 de Ago 2016
Layla Martínez

El 15 de marzo de 2011, el mismo día en que comenzaba la ocupación de Sol, las tropas desplegadas por el gobierno de Baréin desalojaban con extrema violencia a los manifestantes que habían tomado la plaza de la Perla, también en el centro de la capital. No era la primera vez. La represión había sido enormemente dura desde el comienzo de las protestas, la tarde del 14 de febrero, y durante todo el mes no había hecho otra cosa que empeorar. El gobierno temía la extensión de la Primavera Árabe en el país y trataba de impedirlo por todos los medios. Una de las primeras medidas había sido la imposición de la ley marcial, que permitía la suspensión de los derechos de la población y la utilización de todos los medios coercitivos del Estado por parte del gobierno, sin ningún límite o forma de control. La ley marcial empeoraba las cosas, pero de todas formas los bareinís sabían que significaba poco. El gobierno tampoco respondía a ningún mecanismo de control sin ella.

Bajo la fachada de una monarquía constitucional, Baréin esconde una dictadura dirigida por la familia Al Jalifa, que monopoliza el poder ininterrumpidamente desde finales del siglo XVIII. Aunque hay elecciones de forma periódica para seleccionar a los miembros de la Cámara Baja, los candidatos tienen que contar con el apoyo tácito de la familia real y no pueden formar parte de ningún partido, ya que este tipo de organizaciones son ilegales. Los miembros de la Cámara Alta son designados directamente por el rey, igual que el gobierno. El primer ministro actual, Jalifa Bin Salman Al Jalifa, lleva cuarenta y un años en el cargo y también pertenece a la familia real. El rey ostenta el título de jefe de Estado y dirige en exclusiva la política del país. Aunque en el momento de su subida al trono Hamad Al Jalifa introdujo una serie de reformas destinadas a establecer mecanismos de control del poder que permitiesen una mayor garantía de los derechos humanos, lo cierto es que no se apenas se han aplicado. En un informe emitido por el Observatorio de los Derechos Humanos en 2011, justo antes de que comenzasen las protestas, la situación del país en esta área se calificaba de “pésima”. Ahora, después de cinco años de protesta, no parece arriesgado intuir que es todavía peor.
 

La longevidad de los Al Jalifa en el trono se explica por su gran capacidad para plegarse a poderes extranjeros. Temiendo una invasión de Pers, el actual Irán, se pusieron bajo protectorado británico en 1861, convirtiéndose de facto en una colonia. Gran Bretaña controlaba así un punto clave en el Golfo Pérsico y los Al Jalifa mantenían el dominio sobre la población. Cuando se descubrió petróleo en 1932, la colonia se convirtió en una de las más rentables del imperio y la familia real aprovechó para aumentar enormemente su patrimonio. La independencia se produjo en 1971, pero Gran Bretaña continuó controlando una buena parte de la economía del país. Además, los Al Jalifa encontraron otro aliado en Estados Unidos, al que cedieron territorios para la construcción de una base naval. El Parlamento, que en ese momento disponía de más poderes que en la actualidad, se negó a ratificar el acuerdo. El rey decidió disolverlo, poniendo fin al breve periodo de monarquía constitucional en la historia del país. Actualmente, Estados Unidos tiene en Baréin el mando militar de la Quinta Flota, encargada de resguardar sus intereses en el Golfo Pérsico. Pero además, en ese tiempo, los Al Jalifa han encontrado otro aliado en Arabia Saudí, que ha establecido un régimen neocolonial sobre Baréin. Los saudíes no sólo controlan una parte muy importante de la economía del país, sino que también tienen una enorme injerencia en su política. Sólo dos días después de la ocupación de la plaza de la Perla, las tropas saudíes entraban en Baréin para frenar el levantamiento. A nadie le extrañó.

El fracaso en los intentos de evitar las protestas durante el mes de febrero llevó al Gobierno a probar una estrategia distinta. Si no puedes vencer a tus enemigos por la fuerza, siempre puedes dividirlos. El rey convocó a la oposición a debatir sus puntos de vista en una serie de reuniones conocidas como Diálogo Nacional. Sin embargo, para ello seleccionó a un único interlocutor, el partido ilegal Al Wefaq. Al Wefaq había tenido una parte activa en las protestas y constituía una fuerza de peso dentro de la oposición, pero no representaba ni mucho menos a la mayor parte de los manifestantes. El rey había dejado fuera deliberadamente al ala más radical, que había protagonizado las protestas en las calles. Esta ala se había organizado en el Movimiento 14 de Febrero, carente de líderes y jerarquías y compuesto sobre todo por jóvenes y mujeres. A pesar de que las mujeres habían sido tradicionalmente marginadas y excluidas del espacio público, constituyeron una parte muy importante del conjunto de los manifestantes y participaron activamente en la organización y la toma de decisiones, además de en actos públicos como lectura de poemas y pronunciamiento de discursos. Uno de los rostros más conocidos fue el de Ayat Al Gormezi, encarcelada y torturada por participar en la revuelta y leer un poema criticando la falta de libertad en su país. Otro de ellos fue el de Zainab Al Khawaja, en prisión actualmente por quemar un retrato del rey durante una de las protestas.

La escasa representatividad de la mesa de diálogo y la nula voluntad del gobierno de emprender reformas llevó a Al Wefaq a abandonar las reuniones. Hasta ese momento, la estrategia de división no había sido muy eficaz, así que el gobierno lo intentó de otro modo. Mientras continuaban las revueltas, comenzó a acusar a los manifestantes más radicales de terroristas e infiltrados iranís, afirmando que buscaban la desestabilización política del país para incrementar la influencia de Irán sobre Baréin. Los argumentos no calaron demasiado en la población, pero acallaron las críticas internacionales y proporcionaron cobertura al régimen para seguir asesinando, torturando y deteniendo manifestantes. Esto contribuyó también al silencio informativo sobre la revuelta, que apenas ha tenido cobertura en los medios, ni del mundo árabe ni del occidental. Al contrario de lo que sucedía en lugares como Túnez, Egipto o Siria, los intereses económicos, políticos y geoestratégicos presentes en Baréin aconsejaban el apoyo al régimen, que de esta forma lograba perpetuarse. Mientras Gran Bretaña y Arabia Saudí seguían vendiendo armas y dando apoyo a las labores represivas, la poca prensa internacional que cubría la revuelta la trataba como un problema religioso entre chiís y sunís, retorciendo la realidad hasta lo inimaginable. Es cierto que la minoría suní, a la que pertenece la familia real, disfruta de una posición privilegiada respecto a la chií, pero afirmar que la cuestión religiosa es la que está detrás de las revueltas es simplemente una mentira. Por supuesto, el factor religioso puede ser un elemento a tener en cuenta, pero quieres ocuparon las plazas y quienes han mantenido durante todos estos años las protestas, no lo hicieron porque se negasen a ser gobernados por sunís, sino por dictadores.

Los manifestantes están pagando un precio muy alto. En estos cinco años de enfrentamientos con el Estado han sufrido torturas, registros domiciliarios, encarcelamiento, agresiones sexuales, detenciones y deportaciones. Los organismos internacionales creen que al menos 89 personas han sido asesinadas durante las protestas y 250 han perdido la nacionalidad por “deslealtad”.  Se desconoce el número de encarcelados, pero no parece exagerado pensar que deben de ser varios miles. Además, la disolución de Al-Wefaq y el encarcelamiento de su secretario general en junio de este año, no hacen pensar que el gobierno tenga mucha intención de negociar una salida al conflicto. Sólo nos queda esperar que la crueldad de la represión no siga aumentando. 

04 de Abr 2016
Layla Martínez

 

Afganistán estaba en guerra. Era una guerra distinta a la actual, pero ambas acabarían estando estrechamente relacionadas. Un levantamiento militar había derrocado a Mohammed Daud, que gobernaba el país desde 1973, cuando él mismo había protagonizado un golpe de Estado que había expulsado del poder a su primo Mohammed Sahir. Los nombres se sucedían unos a otros, pero el poder se concentraba en las mismas manos. Las reformas prometidas por Daud no habían llegado. La mitad de los niños moría antes de alcanzar los cinco años y los que llegaban a adultos acababan enfermando de tuberculosis o malaria, que afectaban al cincuenta y al veinticinco por ciento de la población respectivamente. La esperanza de vida no llegaba a los cuarenta años y prácticamente toda la población era analfabeta.

El hambre y la miseria habían servido como caldo de cultivo para la oposición a un régimen que se mostraba cada vez más incapaz de controlar a la población. La rabia había estallado en forma de revueltas en las áreas rurales, pero el régimen de Daud había conseguido acabar con ellas una a una. Sin embargo, en la capital la oposición había sido liderada por el Partido Democrático de Afganistán, de ideología marxista. Mejor organizados y con una importante cantidad de miembros en el ejército, el PDPA acabaría entrando en el palacio presidencial y asesinando a Daud. La Revolución de Abril dio el poder a Nur Mohammed Taraki, que estableció un gobierno marxista. Las primeras medidas debían ganarse el apoyo de la población, consolidar el gobierno revolucionario. Taraki prohibió la usura, inició una campaña de alfabetización, legalizó los sindicatos, estableció el salario mínimo, implantó una reforma agraria radical y comenzó el proceso de separación entre el Estado y el Islam. Las medidas beneficiaron directamente a más de once millones de campesinos de una población total de diecisiete, pero eso no iba a garantizar la estabilidad del gobierno. La oposición islamista se organizaba y crecía, alimentada por el apoyo de Estados Unidos, Arabia Saudí y Pakistán. El gobierno norteamericano armaba y financiaba a los insurgentes islamistas, que a partir de entonces recibirían el nombre de muyaihidines. La guerra se preparaba, y con ella vendrían muchas otras.

El 27 de diciembre de 1979 la Unión Soviética desplegaba tropas en territorio afgano. El Ejército Rojo invadía el país con el objetivo de apoyar al gobierno y frenar el avance de la insurgencia, que ganaba terreno día a día. Afganistán se convertía en uno de los ejes clave de la geopolítica mundial, y a partir de entonces no dejaría de serlo. El abril de 1980, cuatro meses después de la invasión, una enorme manifestación de mujeres recorrió las calles de Kabul. Protestaban contra la presencia soviética, contra el ejército que había tomado las calles de la ciudad y controlaba las decisiones del gobierno. No eran partidarias de los muyahidines, organizaciones como RAWA -La Asociación Revolucionaria de Mujeres de Afganistán- se habían opuesto también a ellos, pero no querían que la Unión Soviética controlase el país. Nahid, una estudiante de instituto que había ayudado a organizar la protesta, se detuvo delante de un oficial que la apuntaba con su fusil. La manifestación estaba a punto de llegar al palacio presidencial, pero los tanques soviéticos les cortaban el paso. Nahid insultó al oficial, le gritó algo que él ni siquiera entendió. El oficial disparó y Nahid cayó al suelo. Los disturbios que siguieron a su muerte fueron contenidos por el ejército soviético, que empleó a fondo la violencia. Las muertas y heridas se contaron por decenas. Nahid se convertía en un símbolo de la resistencia de las mujeres afganas.

La entrada de las tropas soviéticas en el país marcaría el inicio de una guerra que se prolongaría durante más de diecisiete años, hasta 1996. Como todas las guerras, el conflicto afgano también traería consigo la devastación y la miseria: a las matanzas de civiles había que añadir el exilio de cuatro millones de personas y la deportación interna de tres, en lo que suponía el mayor desplazamiento de población de la historia hasta el momento. La etnia pastún, a la que pertenecía aproximadamente la mitad de la población afgana y que era mayoritaria en ciudades tan importantes como Kandahar o Peshawar, fue una de las más afectadas por los desplazamientos de población debido a la situación fronteriza de sus tierras. Aunque no existen registros demasiado fiables, se calcula que al menos tres de los cuatro millones de exiliados eran pastunes. La mayoría de ellos pasó a Pakistán, donde fueron hacinados en enormes campos de refugiados.

                                                                   

La vida de los refugiados se desarrollaba en la miseria, la enfermedad y el hambre. Las tropas soviéticas habían abandonado Afganistán en 1989, pero la guerra civil continuó, haciendo imposible el regreso de la población. Sin embargo, las terribles condiciones del exilio produjeron también un nuevo auge de los landays, los poemas breves de la cultura pastún. Estos poemas anónimos, compuestos por dos versos de nueve y trece sílabas, habían formado parte de la tradición oral pastún desde hacía siglos, pero la devastación de la guerra y la miseria de la vida en el exilio habían producido un auge en su composición. Los nuevos landays dejaban a un lado el amor y el erotismo, que habían sido temas fundamentales hasta entonces en estas composiciones, y se centraban en la nostalgia de la tierra, en la llamada a la guerra santa, en la glorificación de los mártires y la muerte en combate, en la exaltación del honor y el heroísmo: "Un mártir es como un relámpago que brilla y se extingue/ el que muere en su casa tan solo deshace el lecho", "¿Qué puedes hacer sino luchar?/ Sometido, no serás más que el esclavo de un esclavo". Donde solo había guerra, solo podía hablarse de la guerra.

La llegada al poder de los talibanes en 1996 puso fin al conflicto armado, pero abrió una de las etapas más oscuras de la historia de Afganistán. La devastación de la guerra se unía a la consolidación de un régimen extremadamente machista y fundamentalista basado en una interpretación ultraconservadora de la sharia, la ley islámica. Una gran parte de los refugiados volvió a Afganistán, pero lo que les esperaba no era muy diferente de la miseria en la que habían pasado los últimos años. Para las mujeres, el régimen talibán suponía una sujeción absoluta al hombre, del que dependían en todos los aspectos de su vida. Como denunció la organización RAWA, las mujeres afganas dejaron de poder trabajar en empleos remunerados, de salir solas a la calle, de mostrar el rostro, de estudiar. Los hombres tenían derecho a maltratarlas, violarlas, encarcelarlas. El burka se convertía en el símbolo de la dominación, pero esta tenía raíces mucho más profundas.

En octubre del 2001, el ejército estadounidense invadía Afganistán apoyado por una coalición internacional. El atentado contra las Torres Gemelas servía como excusa para intervenir de nuevo en un país clave para la geopolítica mundial. Estados Unidos había contribuido a poner a los talibanes en el poder, pero los intereses habían cambiado y el régimen debía caer. La operación "Libertad Duradera" daba comienzo a una  nueva fase en las relaciones de poder en Oriente Medio que había tenido su prólogo en el atentado de Manhattan. La guerra empezaba de nuevo.

Como parte de la propaganda favorable a la intervención, los medios de comunicación occidentales se llenaron de fotografías de mujeres afganas desprendiéndose del burka. Hasta entonces nadie parecía haberse preocupado demasiado de su situación, pero la invasión inauguraba un discurso que asociaba la entrada de las tropas americanas con la llegada del progreso y la liberación de la mujer. En realidad, lo único que había era la sustitución de un discurso machista basado en la religión por otro basado en el paternalismo y el colonialismo, pero a los occidentales siempre nos ha parecido mucho más decoroso dominar a las mujeres por lo segundo que por lo primero. Lo cierto es que, salvo algunos pequeños núcleos de población radicados fundamentalmente en Kabul, la invasión estadounidense no había cambiado las condiciones de vida de las mujeres, como tampoco lo había hecho la subida al poder de los talibanes. La inmensa mayoría de las mujeres afganas vivían en un régimen de terror y explotación por parte de los hombres desde hacía siglos, antes y después de la caída de los talibanes. Es cierto que durante las dictaduras de Sahir y Daud y el periodo de control soviético se habían puesto en marcha medidas que favorecían la independencia de las mujeres, pero habían tenido un impacto muy escaso. Como sabemos, la aprobación de las leyes es distinta a su cumplimiento: una mujer puede tener derecho a trabajar fuera de casa, pero si su marido se lo impide a base de malos tratos o la presión social se lo niega, el derecho deja de tener validez.

Esta situación de opresión extrema había sido reflejada desde hacía siglos en los landays compuestos por mujeres. De la misma forma que en los campos de refugiados estas poemas habían servido para expresar la crueldad de la guerra y la nostalgia del exilio, las mujeres las habían utilizado tradicionalmente para hablar de la violencia a la que eran sometidas. Y para rebelarse contra ella. Una forma de hacer es el suicidio. En ocasiones, las mujeres pastún se quitan la vida como forma de lucha con la dominación: en lugar de hacerlo con las numerosas armas que los hombres guardan en casa, se quitan la vida ahogándose en el río. Demuestran así que la decisión última siempre les pertenece y que para llevarla a cabo no necesitan las armas de los hombres. La otra forma de rebelarse es el poema. Las mujeres pastún tienen prohibido leer y escribir, pero componen landays orales que van pasando de boca en boca. En ellos se denuncia la violencia que sufren, pero también se ridiculiza a los hombres y se habla abiertamente de sexualidad. Obligadas a casarse muchas veces con ancianos y adolescentes, las mujeres subvierten esa situación buscando amantes y riéndose de sus maridos, a los que en los landays llaman "pequeños horribles": "Amor mío, salta a mi lecho y no temas nada./ Si se rompe, el pequeño horrible está ahí para repararlo", "El pequeño horrible no quiere morir de fiebre./ He decidido, mañana, enterrarlo vivo". La única experiencia del amor, que en la sociedad pastún es visto como una amenaza, se da con el amante: "La noche pasada tuve un sueño que se ha realizado:/ mi temeroso amante me ha tomado en sus brazos en pleno día". El castigo por el adulterio, sin embargo, es la muerte: "Dame la mano amor mío y partamos a los campos/ para amarnos o caer juntos bajo las cuchilladas". A diferencia de los landays compuestos por hombres, en los de las mujeres no hay apenas referencias a Dios o a la religión. En cambio, están llenos de alusiones al erotismo y la sexualidad, muchas veces reprimida: "¿No hay un solo loco en esta aldea?/ Mi pantalón color de fuego arde sobre mis muslos", "Con gusto te daría mi boca, / pero ¿por qué mover mi cántaro? Ya estoy toda mojada". El landay se convierto así en un acto de rebeldía allí donde es imposible, en un grito de libertad donde solo hay silencio: "Hermanas mías, anudaos los velos como cinturones,/ tomad los fusiles y partid al campo de batalla". 

                                                                             

Layla Martínez

Layla Martínez es licenciada en Ciencias Políticas por la UCM. Habla castellano, inglés y portugués y estudia árabe. Trabaja como redactora para distintos medios y como traductora independiente de inglés. Ha publicado dos libros y varios relatos en distintas antologías, además de algunos artículos en forma de fanzine. Desde 2014 está a los mandos de su propia editorial, Antipersona.

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