"ANÁLISIS // LOS ACUSADOS SON ""CHIVOS EXPIATORIOS"""
Un auto de fe

Para el autor, profesor de antropología social en la Universidad
de Barcelona y muy activo en la denuncia de
este caso, la sentencia consagra lógicas islamofóbicas.

19/01/10 · 23:49
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La sentencia del caso conocido
como de los ‘11 del Raval’,
obra y gracia del juez
Javier Gómez Bermúdez,
no es tal. Es más bien una ceremonia
orquestada para sancionar con
un veredicto de culpabilidad un
nuevo ejemplo de esa “amenaza yihadista”
que, según diversas instancias,
nos acecha.

Contra lo que cabría esperar de un
proceso judicial, el objetivo de la sentencia
no ha sido tanto el de dirimir
unos hechos como el de la búsqueda
afanosa de la Verdad, con las mayúsculas
enfatizadas por el ministerio
fiscal en su alegato final, lo que no
podía sino redundar en la transformación
del acto judicial en un auto
de fe público. La finalidad del auto
ha sido, ante todo, exhibir públicamente
a los responsables del Mal,
mostrar la severidad y eficacia del
sistema judicial y consagrar en definitiva
el dictum que pretende convencernos
de que existe una amenaza
real y permanente que justifica
las políticas de vigilancia y control
aplicadas sobre la población inmigrante –musulmana y no musulmana–
y, por extensión, sobre la totalidad
del cuerpo social. El enaltecimiento
del miedo como instrumento
y pretexto para el control social encuentra
en las lógicas islamofóbicas
una manifestación actual.

Contradicciones

Sólo así puede comprenderse la
ofuscada retórica inculpatoria que
atraviesa la sentencia de principio a
fin, el desprecio con el que se rechazan
sin más los argumentos de la defensa
y la apelación a silogismos falaces
más o menos groseros para enrocarse
en la confirmación de una
culpabilidad que parece darse por
sentada. Se otorga, en este sentido,
plena veracidad a las manifestaciones
de F1, el testigo protegido, al
tiempo que se rechaza toda vía de investigación
que pudiese responsabilizarlo
de los hechos que éste imputa
a los 11 condenados, convirtiendo al
principal protagonista de la trama –y
único terrorista confeso– en una especie
de agujero negro a salvo de toda
escrutación. En otro orden de cosas,
se admite como prueba una confusa
entrevista con un líder religioso
del Waziristán, de autoría desconocida
y con evidentes problemas de sincronización
entre las pistas de audio
y vídeo, por la sola mención que dicho
líder, poseedor de un historial de
falsas atribuciones de atentados, hace
de un suceso que habría tenido lugar
en Barcelona y que, conviene recordarlo,
jamás tuvo lugar.

En fin, se reconoce que la asociación
religiosa Jama’at at-Tabligh,
que había estado en el centro del huracán
durante la instrucción sumarial
y en consecuencia en los medios
de comunicación, es en realidad una
entidad apolítica y pacífica que “no
justifica las acciones violentas”, pero
acto seguido se impugna la pertenencia
de los 11 detenidos porque, contra
las propias afirmaciones de aquéllos
y de sus familiares, “no se estima
probado el contraindicio de que los
acusados sean seguidores de esa corriente”.

En otras palabras, se ratifica
contra todas las evidencias la autenticidad
de los testimonios de F1 y del
jeque “Mauvi Umar” (sic) mientras
se infiere la condición de mentirosos
de los 11 imputados y de sus familias.
Si no se estimaba confirmada su
pertenencia a dicho grupo, bueno
hubiera sido proceder a su comprobación,
de manera que el desdén de
esa voluntad probatoria sólo puede
indicar una convicción personal de
que no eran tablighis.

Así, la sentencia no se detiene a
discutir lo que se le antoja evidente,
esto es, la necesaria culpabilidad de
los acusados, y esa certeza se impone
a fuego sobre el propio despliegue
de los hechos. Los acusados no
fueron convocados para demostrar
su inocencia, sino simplemente para
aseverar un orden de representaciones
que los ha erigido en verdaderos
chivos expiatorios.

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_ Por Alvar Chalmeta / Madrid

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