Un día tiene 24 horas

 

09/12/12 · 14:46

 

Llegada la medianoche comenzaba otra huelga. General. Los nervios se tensan desde las agrupaciones sindicales. Hay que parar la producción, y así sucede en las principales fábricas, desiertos quedan los polígonos industriales. Se ha de interrumpir el flujo de mercancías, sabotear el consumo. En MercaSevilla llevan ya una jornada de paro, amenazando con el paro indefinido. En muchas casas las compras del día entrante estaban hechas, la comida planteada, lo básico cubierto. Hubo quienes apagaron las luces y la televisión e internet, saltaron los plomos a la hora convenida. Son las 00:00. En no pocos hogares se dormía, o estaban próximas las buenas noches. Algunos despertadores lucían horas inacostumbradas. Cuando la huelga toma cuerpo la realidad queda sacudida, estado de excepción. Hay que regular los medios de comunicación, quedando metro y autobuses bajo los mínimos acordados, sin incidencias notables. Las más contundentes intervenciones policiales tendrán lugar cuando se intenten cortocircuitar los accesos a la ciudad. Pero los primeros piqueteros caminan trenzándose por calles prácticamente vacías, mientras la policía secreta patrulla indiscretamente. En las inmediaciones de las sedes sindicales el acoso policial es explícito, con identificaciones y registros de mochilas. Al tiempo que los piqueteros se encuentran en los puntos acordados y marchan a los diversos tajos formando nutridos grupos, otras figuras se mueven por las sombras dedicadas al sabotaje. A lo largo de la noche la redacción de Diagonal se fragmenta e incrusta en los diversos frentes por donde se despliega la actividad que ha de apuntalar la jornada de huelga. Se registrarán momentos de tensión, pero ningún altercado de gravedad. Los medios de comunicación harán cumplido recuento de los incidentes en una huelga que, pese a todo, se desarrolla a baja intensidad, remarcarán, pues se busca desdibujar su alcance y no interesa subrayar percances. Que al amanecer la policía entre en la universidad violentando el ejercicio de la labor informativa de los piquetes no ha de ser noticia, tampoco las imputaciones de desórdenes si pasabas por el sitio equivocado en mal momento. En varias ocasiones los piquetes logran rescatar forcejeando a quienes iban a ser detenidos de modo arbitrario, como por el simple hecho de hacer fotografías revelando los modos de actuación de las fuerzas del orden. Lo cierto es que el día llega calmo, con tráfico fluido, pequeños y medianos comercios abriendo con normalidad, exceptuando el centro de la ciudad bajo presión piquetera. La manifestación del medio día aglutina las horas previas y posteriores al mediodía. Por riadas se acude desde los barrios a los centros neurálgicos de la ciudad, muchos provienen también del área metropolitana y aún del resto de la provincia. Dos mayúsculas manifestaciones, con trayectos que finalmente convergen, sirven como detallado muestrario de la diversidad de sindicatos, colectivos y entidades ciudadanas de diversa índole que sustentan la huelga, quedando patente el polimorfismo de esta jornada de lucha. El buen día que hace subraya a la sevillana el tono lúdico-festivo de la marcha, pareciendo que la jornada de huelga acaba con medio día de adelanto y que ya es domingo. Aún siendo una formidable demostración del descontento y deseos de cambio el que decenas de miles se manifiesten haciendo suyas las calles, si buscamos impresiones, damos con el impreciso rumrum de que algo se escapa, o no se muestra. La situación que se denuncia y las salidas que se defienden, la palpable energía que late en las gentes y que un día de huelga cataliza, todo ello debería, al menos para quien pretende una crónica de lo acaecido, cargar el ambiente con una electricidad que no era sentida. Se diría que estábamos, pese a todo, ante otra jornada más de lucha a bajo voltaje. Hubo un repunte inusual cuando, horas después de finalizada la bífida manifestación en la línea de fuga del Prado, las gentes volvieron a concentrarse esta vez rodeando el Parlamento de Andalucía, proyectando un espíritu de lucha que se resignaba a tener tan temprano término. Tras un largo día, que para muchos comenzara a primeras horas de la noche, al atardecer varios miles aún continuaban, clamando contra muros que devolvían el eco. Finalmente, en torno a las ocho de la noche, los últimos se dispersan y la normalidad se hacía dueña de la ciudad. Un grupo de cornetas y tambores, que acostumbran a reunirse frente al Parlamento para ensayar todo el año con vistas a la Semana Santa, tomó el relevo y nos despidió con marchas procesionales.

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