Urbanismo
Qué hacer con la ciudad ante la gentrificación

El discurso predominante de critica a la gentrificación adolece de algunos malos entendidos tanto en su diagnostico cómo en su propuesta. Ello hace que las iniciativas que se en ocasiones se plantean para contrastar la gentrificación puedan llegar a ser contraproducentes y paradójicas.

, Doctor Urbanista por la Universidad de Arquitectura de Venecia (IUAV).
19/12/15 · 8:00
Pintada contra la gentrificación en una ciudad de Inglaterra: "necesitamos viviendas sociales, no pisos para pijos. Regeneración, no gentrificación".

Quien escribe estas notas comparte la idea de que la gentrificación es una amenaza para la supervivencia de la ciudad como lugar plural, diverso e inclusivo, pero también propone complementar el principio del derecho a la ciudad de Lefevre con una instancia de responsabilidad del ciudadano: la idea de un “deber hacia la ciudad”, no siempre explícito en el discurso progresista. Por otro lado, parece claro que la gentrificación es un fenómeno propio de un sistema capitalista. Mientras no se pueda abolir este último, el poder público debería por lo menos imponer reglas de juego capaces de mitigar los efectos más odiosos de la gentrificación, como la expulsión de población y la banalización del espacio urbano.

Sin embargo a menudo es la propia acción institucional la iniciadora de procesos gentrificadores. Son ejemplo de ello tanto algunos programas de recualificación de cascos históricos o periferias, como la organización de grandes eventos lúdicos o deportivos como olimpiadas y expos.
 

 

Es opinión de quien escribe que, cuando el ciudadano es abandonado a su suerte por los poderes que deberían defenderlo de la gentrificación, tiene todo el derecho a luchar para preservar su espacio urbano. La cuestión es cómo conseguir hacerlo eficazmente y sin infringir la ley. La reflexión que aquí se propone tampoco tiene una respuesta a este dilema. Su objetivo, bastante más modesto, es prevenir a los activistas contra la gentrificación sobre algunos errores frecuentes en una cierta conceptualización del problema para evitar iniciativas que se puedan revelar perversas.

La primera crítica mira a las consecuencias de una lectura dicotómica de la gentrificación, por la cual se tiende a una separación artificiosa entre buenos y malos. Los colores grises y las ambigüedades, sobre todo las propias, suelen ser omitidos de la narración. Los buenos están dentro (del barrio) defendiéndose, mientras que los malos están fuera, sitiando. Por defecto, entre los buenos se tiende a incluir acríticamente a la llamada población autóctona.
 

 

Sin embargo, se detectan varias incongruencias en este argumento. Ante todo, la ciudad es el lugar del intercambio, de la mezcla continua, de la yuxtaposición de clases, razas, culturas… ¿Hasta qué punto tiene sentido ensalzar lo autóctono y lo inamovible? Y, si se hace, ¿hasta qué generación es preciso remontarse para dar con los auténticos depositarios del derecho al espacio? En la ciudad, autóctono sería en todo caso todo aquello que consiga quedarse lo suficiente como para dejar un legado, a veces a costa de otro anterior.

Parecería que lo mejor que le puede pasar a ciertos barrios es justo lo contrario: pasar desapercibidos, pero no por ello olvidados por la administración pública

Luego, aun admitiendo lo autóctono como categoría relevante para un discurso en contra de la gentrificación, todavía es preciso cuestionarse acerca de su supuesta bondad intrínseca. ¿Qué pensar por ejemplo de una familia muy asentada en un determinado barrio, pero con una larga tradición criminal? Aquí es donde lo autóctono no parece ser un argumento suficiente. El debate suscitado recientemente por el Toro de la Vega ha planteado un dilema en cierto modo parecido: ¿es lo tradicional intrínsecamente bueno y legítimo? Parecería que no.
 

 

En tercer lugar, la cohesión interna del barrio contra la gentrificación tampoco puede darse siempre por descontada; los supuestos asaltados no necesariamente son portadores de los mismos intereses y algunos pueden estar deseosos de ser “asaltados”. En ocasiones son precisamente los más arraigados, como la población anciana, aquellos que ven con mayor favor determinadas acciones de transformación y mejora que pueden enmascarar en realidad otros fines especulativos. Y cabe comprenderles: por ejemplo, situaciones de infravivienda y hacinamiento, que pueden tener cómo efecto global una depresión o moderación de los valores inmobiliarios, no son nada agradables cuando toca vivirlas de muy cerca, compartiendo con ellas el mismo rellano.

La segunda crítica se centra en el hecho de que a menudo, en los discursos en contra de la gentrificación, se menciona a la clase obrera. Este frecuente guiño a la lucha de clase marxista se produce tal vez con la intención de fortalecer la narración de la gentrificación: en la competición por la centralidad los descendientes del proletariado, legítimos moradores del barrio, son desplazados por la llegada de las avanzadillas rampantes de la nueva burguesía. Desde luego, la gentrificación implica una lucha de clases (o quizás la derrota de unas frente a otras), pero esta no es necesariamente una prerrogativa de los barrios obreros. Puede tener lugar también en barrios previamente burgueses luego caídos en desgracia (con llegada por tanto de una población más pobre), y finalmente devueltos a su antiguo esplendor (burgués), como parecería ser el caso del barrio de Chueca, en el centro de Madrid, que no surgió cómo un entorno obrero.

En cualquier caso el mismo concepto de clase obrera, si empleado como argumento de peso, debería ser objeto de mayor reflexión y actualización. Cabe preguntarse por ejemplo: ¿quiénes son los obreros del presente? En un escenario en que el sector secundario (el propiamente obrero) ha sido fuertemente marginalizado, los nuevos obreros podrían ser tal vez los trabajadores más explotados y precarizados del terciario contemporáneo: camareros, teleoperadores, limpiadores del hogar, becarios…, pero no parece manifestarse entre estos trabajadores la conciencia de clase ni la territorialización de instancias e identidades que caracterizó a la clase obrera de la ciudad fordista.
 

 

Así que argumentar la lucha a la gentrificación como un acto de defensa de la clase obrera requeriría cuanto menos la comprobación de la supervivencia y estado de salud de esta última. Y, si fuera cierto que los “nuevos obreros” son los trabajadores terciarios citados arriba, estos parecen más bien mudos sindicalmente, fragmentados, desvinculados del lugar urbano como hecho de identidad, y fundamentalmente consumistas en sus estilos de vida. Serían por tanto algo muy diferente a lo que llegó a ser históricamente el movimiento obrero y su modus vivendi sería en parte causa de su propia puesta en peligro dentro del espacio urbano.

Hasta aquí se han querido analizar unos argumentos de la retórica sobre la gentrificación que se consideran falaces. Confiar en ellos para criticar la gentrificación puede suscitar una gran adhesión emotiva, gracias quizás a cierta virtud catártica de ese tipo de narración, pero expone al riesgo de sembrar el camino de malos entendidos y promover acciones incoherentes.

Un terrible descubrimiento

Se quiere ahora poner el foco en algunas de las contradicciones que a menudo atañen a quienes son portavoces de las narrativas de la gentrificación que se han criticado. Para empezar, es necesario reconocer que la mayor parte de las personas que acuden a seminarios y debates sobre la gentrificación son, muy a su pesar, gentrificadores en potencia, inclusive quien escribe estas líneas. Asumir este hecho es doloroso, puesto que (nos) despoja del convencimiento de estar de la parte de los justos: los supuestos defensores pasan a ser involuntarios asaltantes.
 

Su condición de gentrificadores potenciales no se debe en este caso a un afán especulativo/inmobiliario (su economía a menudo no se lo permite!), sino al hecho de pertenecer a un sector de población con un nivel de educación medio-alto, y por tanto con potencial de ascenso. Este dato no pasa inobservado a los ojos del mercado, que intuye una disponibilidad a pagar, a futuro, superior a la de otra población de un determinado entorno que, sea o no de la clase obrera en el sentido histórico, no disfruta del mismo potencial.

Es una situación ciertamente paradójica que podría estar bien sintetizada por aquella pintada que criticaba la construcción de una nueva autovía para llegar a la sierra en estos términos: “Esta es la carretera que nos lleva a ver el paisaje que la carretera ha destrozado”. El aforismo parecería captar a la perfección la contradicción que atañe a muchos de los militantes en contra de la gentrificación.

Al potencial de ascenso citado antes se añaden otros factores, que se añaden por ser una proyección y visualización en el espacio urbano de apetencias y gustos singulares, no convencionales. Alguien se ha referido a ello con la expresión "la eterna búsqueda de lo auténtico" que se traduciría en el gusto por los grafiti, los muebles y objetos retro, los espacios de arte alternativos, las tiendas bio, la exaltación de lo étnico y del mestizaje…y que se materializa en un sinfín de actividades singulares: cursillos de percusión, danzas orientales, teatro experimental, cocina de fusión, y un largo etcétera.

Todo ello concurre a la singularización y a la híper-representación y simbolización (la coolness) del espacio en que se manifiesta, lo cual a su vez atrae a más buscadores de lo auténtico, que no suelen ser precisamente la clase obrera o el nuevo subproletariado que los anti-gentrificación quisieran defender.
 

 

Se propone un ejemplo para aclarar el funcionamiento paradójico de este mecanismo. Supongamos que el artista Banksy hiciera en la plaza principal de un barrio amenazado por la gentrificación un grafiti con el siguiente mensaje: “¡La gentrificación es una bazofia!”. Probablemente, y muy a su pesar, Banksy también estaría contribuyendo de esta manera al fenómeno que pretende denunciar, por el simple hecho de ser al fin y al cabo un icono de fama internacional, si bien militante de muchas causas sociales. Inevitablemente hoy en día un grafiti de Banksy está destinado a incrementar la coolness del lugar en el que se emplace y muy a pesar de su posible mensaje social. Los eternos buscadores de lo auténtico tendrán una razón de más para interesarse por ese lugar y su movimiento no pasará desapercibido a los ojos del mercado, por lo menos mientras los bienes y servicios que esta población (fluctuante o residente que sea) demanda se pague en euros y no en conchas, besos o abrazos.

Por estas razones se cree necesario criticar también todas aquellas acciones que pretenden ser anti-gentrificación, pero que incurren precisamente en este mecanismo perverso de singularización del espacio urbano. Parecería que, en realidad, lo mejor que le puede pasar a ciertos barrios es justo lo contrario: pasar desapercibidos, pero no por ello olvidados por la administración pública.

Las piedras de Harlem

Parece oportuno mencionar en el seno de estas reflexiones el caso de Cereal Killer, una tienda de Londres que vende cereales a precios elevados en un entorno claramente empobrecido y que en septiembre de este año (2015) fue atacada por grupos anarquistas. La acción de los anarquistas no fue un arrebato, sino una estrategia: emplear la violencia como elemento paradójicamente normalizador de ese entorno amenazado, una manera radical de trazar una raya y decir “hasta aquí”.
 

 

Algo parecido pasaba por lo visto en el barrio neoyorquino de Harlem en la década de los 80, cuando los autobuses de turistas que acudían a visitar su autenticidad (la de un gueto negro y pobre, pero cuna del jazz) eran recibidos a pedradas. Es posible que quien tiraba las piedras ignorase por completo la palabra gentrificación. También cabe que no había nada personal en contra de los incautos turistas, sino la intuición de que aquello era la punta de lanza de algo que acabaría por amenazar los equilibrios de su entorno, como finalmente pasó.

Sin querer hacer ninguna apología de la violencia, se cree poder afirmar que la acción de los anarquistas de Londres fue objetivamente más coherente a sus fines y más exenta de contradicciones respecto a otras acciones, desde la perspectiva aquí argumentada, caen en la espiral de la simbolización e híper-representación del espacio denunciada arriba.
 

 

A modo de conclusión, se quiere avanzar una propuesta concebida como un antídoto, cuanto menos parcial, a la gentrificación. Cabe añadir que se trata de una propuesta institucionalista, en cuanto implica la acción y una voluntad concreta por parte del poder público, y en esto puede estar su gran límite ahí donde las voluntades de la administración vayan hacia otras direcciones.

Si la singularización y la híper-representación del espacio es una de las dimensiones del problema, puede constituir una apuesta viable para su normalización una política de localización ecuánime de los usos poco deseados/deseables de la ciudad. Es decir, buena parte de aquellos que en los últimos 40 años de historia urbana han sido progresivamente y sistemáticamente desplazados hacia las traseras de la ciudad y las cada vez más embrutecidas periferias.

¿Cuáles son estos usos? Se hace referencia en general a aquellos que tienden a ejercer un efecto depresivo sobre los valores inmobiliarios: cárceles, manicomios, centros para la recuperación de drogadictos, centros para inmigrantes y tantos otros espacios en los que se ejercen funciones de alguna manera molestas o hasta vergonzosas para algunos, cómo es el caso de la prostitución.
 

 

La que se ha llamado aquí la normalización del espacio urbano vendría a funcionar en un sentido opuesto a los mecanismos de la singularización y simbolización. Llevaría un mensaje político muy claro: la ciudad está dispuesta en todo momento a reconocer y acoger la existencia de su “patio trasero”, y hace de su integración una misión constante, una praxis cotidiana.

¿Supondría este tipo de estrategia el fin de la gentrificación? Quizás esto sea imposible en una economía de libre mercado, pero podría por lo menos actuar como elemento significativo de mitigación, porque conseguiría oponer a la lógica predominante de la demanda una lógica de “anti-demanda”. Cabe preguntarse también si, bajo estas premisas, ciertos barrios acabarían siendo menos atractivos, menos cool. Probablemente sí, pero se trataría de un precio razonable a pagar si se obtuviera a cambio una ciudad mucho más incluyente y sin tapujos, sin zonificaciones y sistemáticas (e hipócritas) ocultaciones de lo indeseable.
 

 

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comentarios

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    30/05/2016 - 11:04am
    https://www.youtube.com/watch?v=_gXSeHn2dq4
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    jpaez
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    25/12/2015 - 8:34am
    Me hubiese gustado una definición clara de lo que el autor entiende por gentrificación. Compartiendo en alguna medida los "errores" tácticos o estratégicos de los "anti-gentrificación" tampoco entiendo muy bien que todo se reduzca a "una política de localización ecuánime de los usos poco deseados/deseables de la ciudad". Todo esto dicho por alguien que no es un experto en el tema.
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    Piero
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    21/12/2015 - 1:08pm
    Gracias Santiago. Hay un aspecto del artículo que quizás no queda del todo claro: no pretendo para nada faltar al respeto de quienes se empeñan en luchar contra la gentrificación. sólo intento ponerlos (y ponerme) sobre aviso respecto a las que intuyo ser contradicciones en algún momento perniciosa. Un saludo y gracias de nuevo, Piero
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    santiago
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    19/12/2015 - 7:20pm
    Por fin una lectura crítica y razonada sobre las contradicciones de las luchas anti-gentrifiación!!! Muchas gracias por objetivar de esta manera los problemas. Muy interesante la reflexión que, por cierto, la hago mía.