¿Mármoles ahora?
Emma Fernández
28/05/12 · 19:25
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Quienes leemos cada día los periódicos sabemos en cierta forma qué dirá la prensa del día siguiente: hay pocas sorpresas, sobre todo en artículos de economía. Nada sin embargo, me es más ajeno que el discurso financiero-mercantil, cargado de cifras, porcentajes, términos y augurios apocalípticos sobre déficits, ajustes, recortes o anulación de partidas presupuestarias. Entre el maremágnum de artículos sobre tijeretazos a la educación, a la sanidad, a los empleos públicos y algún clamoroso suicidio que ocupa con justicia páginas de economía en lugar de una columna en la sección de sucesos, se filtran las cuotas perdidas en cultura, que en países como Grecia parecen, más que recortes, amputaciones vitales.

Sin mencionar un solo número, sin desglosar una proporción, busco un adjetivo para calificar la reducción del dinero destinado en Grecia a la cultura; trágico podría ser, porque es además una palabra muy griega.
Mientras pienso en ello me viene a la memoria la imagen de Melina Mercouri en la década de los ochenta, ya desprovista de los atavíos de Stella o de Blanche y de la compañía de un Pigmalión ingenuo y devoto… pero a la vez me parecen incorporados a su semblante todos esos personajes que por agregación ayudaron a formar el mito Melina y que de algún modo permanecieron detrás de su sonrisa amplia, la misma sonrisa con la que cantara una y otra vez “Je suis grecque” que en ella, más que una melodía, sonaba a declaración de principios, rotunda, indubitada, política y feliz. Esos mismos principios fueron la divisa de su trabajo como Ministra de Cultura, y a la fuerza mediática de su carisma sumó, quién se atreve a negarlo, inteligencia y compromiso nacional. Grecia, país marcado por heridas profundas tanto o más que las de otros, miraba a Europa con optimismo justificado y auténtico; creo que el mejor testimonio de aquel estado de cosas es la voz de Melina Mercouri anunciando un programa de rescate para el regreso a la Acrópolis de los mármoles del Partenón. ¿Qué mejor escenario que la integración europea para restituir a sus lugares de origen piezas que tras el expolio continuado desde el siglo XVIII se exhiben en museos franceses, alemanes o británicos?
En 1995 una amiga me escribía desde su fugaz paso por Londres emocionada al contemplar en el British Museum los frisos del templo de Atenea; desafortunadamente la campaña emprendida por Melina Mercouri una década atrás no había dado aún los frutos esperados. En julio de 2002 mi amiga viajera me obsequiaba una camiseta azul adornada con los aros olímpicos, me refería su visita al Museo de la Acrópolis donde se distinguían en perfiles de distinto color los relieves que quedaron en el templo frente a los que fueron llevados a Inglaterra, y me contaba con entusiasmo la esperanza de los griegos en que esta vez, víspera de las olimpiadas, las gestiones diplomáticas sí conseguirían el regreso de los mármoles en un clima de prosperidad del espacio común europeo. Los juegos se celebraron, pero no volvieron las piedras.
El 20 de junio de 2009 se celebró la ceremonia de inauguración de una nueva, magnífica sede del Museo de la Acrópolis. Todo hay que decirlo: una de las “exigencias” británicas para la devolución de los frisos era la construcción de un emplazamiento que garantizara sus condiciones de conservación. Lo cierto es que extraña, porque los ingleses tienen fama de ironías más finas; pero en fin, como si el resto del Partenón no siguiera a la intemperie, el nuevo museo se construyó y su inauguración se antoja hoy triste, como canto de cisne, porque muy poco después el fantasma de la intervención y la bancarrota cayó sobre el país: ¡sarcástica cabeza de turco en la crisis de la deuda soberana! Desde entonces no se habla ya del rescate de los frisos, sino en un vuelco eufemístico, del rescate de Grecia.

Dentro de los múltiples disfraces con los que se presenta el poder, hay uno en particular que suele mostrar un perfil más noble, humano o desinteresado, como si discurriera al margen de oligopolios y carreras de ratas: la hegemonía cultural. Europa abonó concienzudamente esa parcela en tiempos de bonanza, durante los que vieron la luz planes millonarios para el establecimiento de una pretendida, a la vez que políticamente imprescindible, unidad identitaria europea. El dinero fluía en programas de investigación o divulgación orientados a este fin en universidades, fundaciones, simposios, muestras, festivales. No había perfil cultural que no alcanzara un pellizco: teatro, literatura, cine y desde luego también la filosofía, la crítica, o el estudio en su sentido cultural-antropológico más amplio.
Es de Perogrullo que en el espacio geográfico, pero sobre todo en el espacio lingüístico y social griego se gestaron en la Antigüedad las bases del pensamiento occidental. La Grecia de hoy pues, dispuso parte de su cuota presupuestaria en materia de cultura en función de la integración más allá de su legado antiguo, en la difusión de la continuidad de su cultura a lo largo de siglos, entronizando así su modernidad con sólidos pilares de legitimación. Profesores de todo el mundo se beneficiaron con becas para el aprendizaje del griego moderno, universidades de toda Europa abrieron cátedras o departamentos que incluían la enseñanza de esta lengua, así como trabajos de traducción e investigación literaria. Todo ello se ve hoy reducido a nada: no se escucha con el mismo entusiasmo el discurso inaugural que promete fondos importantes para la restauración museística o la publicación de libros y tesis doctorales, que el discurso preconizador de austeridad, por más que se repitan las mismas personas en el pódium y en el auditorio. El mismo poder que desde Bruselas dijo abrazar la cultura y se esforzó en que suecos, portugueses y griegos se sintieran partícipes de un patrimonio común, hoy llama deficitarias las partidas en materia de cultura. Tanto así, que hasta la plantilla de custodios de sitios arqueológicos se ve reducida porque el presupuesto no alcanza para pagar sueldos a todos y cualquier ladronzuelo de tres al cuarto ata a una silla a la vigilante de un museo de Olimpia y saquea lo que encuentra en la vitrina más próxima.

Quien haya estudiado la historia reciente de Grecia, lo sabe. Quien no la haya estudiado, lo ve: el nervio indómito que no todos los pueblos tienen (si bien muchos lo cacarean en la arena internacional) se rebela casi a diario en las calles de Atenas. Se nos han hecho familiares las imágenes de las protestas en una Plaza de Sintagma llena de gente que puede conocer o no la importancia de un legado histórico, que puede haber leído o no a sus poetas contemporáneos, que ignorantes unos, cultos otros, saben que es inútil tirar piedras al río, que la ilusión del regreso de los mármoles del Partenón se diluyó junto a la ilusión de bienestar; pero gente que también recuerda la respuesta de Melina a Pattakos en horas difíciles y saben que pueden actualizarla contra cualquier forma de ambición o de afán congénito y extranjero de dominio.

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