Lolita Chávez y Jesús Alemancia
Activistas indígenas
"Las multinacionales presentes en nuestro territorio representan una segunda colonización"

Las empresas transnacionales ocupan el territorio de diversas comunidades en toda Latinoamérica. Entrevistamos a Lolita Chávez y Jesús Alemancia, portavoces indígenas.

Barcelona
22/01/13 · 16:57
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Lolita Chávez / Human Rights Commission

Hace un año que las comunidades ngäbes buglés en Panamá se levantaron contra la explotación hidroeléctrica prevista por el Gobierno en el río Tabasará, que supondría un daño irreversible contra sus bienes naturales, el desplazamiento de decenas de personas y un ataque frontal contra lo que estas comunidades consideran la madre tierra.

La principal represa proyectada en Panamá es la de Barro Blanco, en cuyo diseño y aprobación participaron empresas españolas como Soluziona (hoy, Indra), los consultores Novotec y CSI, y la propia Asociación Española de Norma­lización y Certificación (Aenor), que certificó el megaproyecto. Las protestas se saldaron con varias personas indígenas muertas y cientos de heridas. Pero las obras siguen sin poder dar comienzo.

Jesús Alemancia es activista y portavoz de los procesos de resistencia contra las transnacionales. Sociólogo de formación, acompaña al pueblo ngäbe buglé en su lucha contra las represas.

En esa misma lucha está Lolita Chávez, portavoz electa del Consejo de Pueblos K’iche’s de Guatemala, donde participan las comunidades, autoridades ancestrales y dirigentes que están velando por el respeto, la recuperación y la defensa del territorio. Según afirma Lolita, ni la veintena de denuncias que se han cursado en su contra, ni las amenazas y los atentados que ha sufrido durante el último año conseguirán que abandone. Ella participó en la coordinación de la consulta comunitaria en su municipio, Santa Cruz del Quiché, en la que 27.000 personas se pronunciaron en contra de cualquier proyecto minero o hidroeléctrico que pretenda llevarse a cabo en sus territorios.

Pero esta activista también es consciente del desprecio con el que actúa el Gobierno presidido por el general retirado Otto Pérez, acusado de genocidio. Conoce de cerca el caso de la represa Hidro Santa Cruz, concesionada por la empresa gallega Hidralia Energía y aprobada a pesar de la negativa de la población, que desembocó en la declaración de un Estado de sitio en el municipio de Barillas y la muerte de un dirigente comunitario, presuntamente a manos del personal de seguridad de la corporación.

Un mapa de conflictos

Estos casos están ya recogidos y denunciados en el mapa sobre conflictos entre pueblos indígenas y empresas transnacionales recogidos por la Coordinación por los Derechos de los Pueblos Indígenas (CODPI). Esta organización trabaja en Latinoa­mérica para denunciar las violaciones de los derechos de los pueblos indígenas por la entrada de las corporaciones de capital español. Entrevistamos a Jesús Alemancia y Lolita Chávez, que están trabajando en ese proceso de denuncia contra los efectos de las multinacionales.

DIAGONAL: ¿Qué supone para las comunidades indígenas la entrada de transnacionales en su territorio?
JESÚS ALEMANCIA: Tiene que ver con la enajenación. Las empresas transnacionales se están apropiando de grandes extensiones de tierra, lo que significa quedarse con los recursos que son de las comunidades. Es un ‘señor’ que nadie invitó, que viene y violenta la vida. Da igual de dónde vengan, el resultado es el mismo. En esta fase del neoliberalismo, como ya no quedan muchas cosas de donde obtener beneficios y renta, ellos ponen las manos en la naturaleza. Eso afecta también al futuro del planeta: se está presionando mucho a la tierra.
LOLITA CHÁVEZ: Soy parte del pueblo k’iche. Como pueblo, amamos la vida. Es un compromiso cosmogónico. En todo Ixim Ulew [en castellano Tierra del Maíz, actual Guatemala] y en toda Abya Yala [América Latina] la presencia de las transnacionales y sus megaproyectos los consideramos como un nuevo ciclo de invasión, tienen un objetivo claro de despojo y saqueo.

Para estas empresas, la existencia de los pueblos, de la madre tierra, del aire, de las montañas, de las energías, sólo se conciben como mercancía. Y para ello cuentan con los apoyos de los gobiernos de turno y de las oligarquías, que tienen esa codicia del desarrollo, de la exploración, explotación y acumulación. Y, a nivel local, de los gobiernos y funcionarios que no tienen sentido de comunidad.

Las multinacionales también están vinculadas con los delincuentes, con los que trafican armas y drogas. Todo esto va unido a estas empresas, porque no tienen principios ni valores, y están metidos en ese sistema patriarcal, capitalista y neoliberal, que destruye la vida. Para ellos la vida no vale nada y si estás en su camino simplemente te quitan de enmedio. Y si para quitarte es necesario cooptarte, perseguirte o encarcelarte, incluso matarte, lo hacen.

D.: Es una tarea común, la de construir una alternativa, ¿cómo podríamos hacerlo colectivamente?
L.C.: Dentro de la historia que los abuelos y abuelas nos han dejado, hay sistemas impuestos. El modelo de desarrollo también se ha impuesto, tanto en los pueblos de acá como de allá, por parte de personas que se han desconectado de la madre tierra y de la vida. Ese modelo lo imponen las multinacionales con violencia.

Por ejemplo, el hecho de que alguien viva bien, si es a costa de otras vidas. Eso no es una relación armónica con la vida. En la existencia hay un compromiso en el que tiene necesariamente que haber equilibrio con la humanidad y con la naturaleza.

La actual es una crisis existencial que se vive con mucha angustia y las personas están siendo afectadas. Lo que hay que hacer es generar comunidad. Deben ser las propias comunidades las que determinen cómo quieren vivir, cómo quieren organizarse y cómo elegir sus autoridades, incluso sin, necesariamente, pertenecer a un Estado. Y en este elegir y decidir, está el fortalecimiento del llamado derecho a la libre determinación de los pueblos.

J.A.: Ahora se habla de que el calentamiento global es irreversible. Pero yo creo que podría llegar a ser combatido si lo hacemos conjuntamente, de forma global. Y esto tiene que ver con el sentido del beneficio y del desarrollo: ¿Vamos a seguir enriqueciendo a gente que son ‘ciegos del futuro’ porque están pensando que lo más importante es tener plata?

No se dan cuenta de que están destruyendo la casa común que tenemos todos. Desde ese punto de vista, yo creo que el movimiento indígena tiene posibilidades de ir aportando para construir valores, que pueden proponerse como un proyecto de vida muy distinto, que no pase por el tú o el yo, de otra manera.

Aquí hay que plantearse la propuesta del Buen Vivir [concepción indígena basada en su experiencias]. Mientras que el Occidente capitalista piense que tiene la verdad y que no hay otra, nunca vamos a poder ver la vida de otra manera. La ruptura consiste en hacer que los valores de las comunidades y el pensamiento indígena sean formas de ver la vida, formas que tienen racionalidad y fundamento científico.

Además, es importante cómo afrontar la crisis de alimentos que viene. Por eso valdría la pena dar el salto y construir la propuesta que planteamos. Cualquier planteamiento hecho en papel que no haya salido de las asambleas comunales no tiene futuro. Una propuesta que nace del corazón de las comunidades tiene posibilidades. Y ésa es la única democracia que entendemos.

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