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SHANGAI / LA PRECARIEDAD LABORAL TRAS LAS LUCES DE LOS JUEGOS OLÍMPICOS Y LA EXPO DE SHANGAI 2010

Detrás de las vallas publicitarias

Boris Svartzman , TRADUCCIÓN: Emma Gascó Falque
Jueves 15 de noviembre de 2007. Número 65
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SALARIO. Xiao Wang, jornalero en Shangai, muestra los beneficios del día, un billete de 100 yuanes (10 euros)./Boris Svartzman

Llevadas de la vorágine de construcción que acompaña a la preparación de los Juegos Olímpicos en Pekín y la exposición universal de Shangai (2010), las grandes ciudades chinas se transforman mientras ven desaparecer muchos barrios de viviendas tradicionales. Aunque lo lógico sería pensar que junto a los incontables rascacielos de Shangai nacerían construcciones modernas, muchos obreros independientes se instalan en las obras, en pleno centro de la ciudad, para aprovechar los materiales de las casas derribadas.

Cuando se tiene prevista la demolición de un barrio, los promotores inmobiliarios lanzan una oferta a los capataces para el reciclaje de los materiales que quedan. Una pequeña parte del terreno se reserva al reciclaje y al alojamiento de los obreros mientras los barrios adyacentes son demolidos, y mientras sube el precio del terreno edificable. Pero, en vez de molestarse en emplear obreros, los empresarios recurren a maestros de obra independientes que pagan un derecho por recogida de escombros de entre 6.000 y 10.000 yuanes por mes (entre 600 y 1.000 euros). Éstos revenden los materiales a las fábricas de reciclaje. Para recoger y seleccionar los escombros, los maestros de obra llaman a jornaleros que cobran por peso, en general 10 céntimos de euros el kilo.

120 euros al mes

Los capataces cuentan con un ingreso familiar de aproximadamente 400 euros mensuales, lo que roza el salario mínimo en Shangai, y son los únicos que pueden instalarse con su familia. Los jornaleros, obligados a ir solos, no ganan más de 120 euros por mes. “La vida en Shangai es tan cara que ni siquiera puedo enviar dinero a mi esposa. Pero en el campo nuestro huerto no nos es suficiente para sobrevivir”, explica Xiao Wang, jornalero procedente del norte. Xiao Wang sigue a su patrón, el señor Ma, desde hace más de dos años. A Ma le llaman a menudo las inmobiliarias. Una vez acabado el reciclaje, podrá encontrar otra obra donde instalarse y sabe que siempre podrá contar con algunas manos fieles, como las de Wang.

El señor Ma ha venido con su mujer, sus dos hijos y la abuela. Un colegio a más de una hora del centro de la ciudad ha aceptado a su hija mayor. Su esposa la lleva todas las mañanas al colegio y luego vuelve para ayudarle en la obra. Los habitantes de la ciudad creen que la inseguridad de la zona se debe a la presencia de estos minggong, los trabajadores migrantes que vienen del campo. “Es mejor que nos mantengamos escondidos porque no podemos deslucir la imagen de prosperidad de Shangai”, comenta de la forma más natural del mundo un capataz recién llegado. Estos olvidados del desarrollo reciclan literalmente la antigua China a mano. Viven detrás de las vallas publicitarias que venden las bondades de la modernización de la urbe y no se les otorga ningún reconocimiento jurídico.


PRECARIEDAD. Xiao Wang, jornalero, espera su salario diario. Lleva dos años trabajando por el patrón Ma. Dejó a su mujer y a su hija en el norte de China y no ha vuelto en dos años. La precariedad de las condiciones de vida, a la sombra de las grandes construcciones de Shangai, marca una de las contradicciones del gigante asiático./Boris Svartzman
SHANGAI, DE DÍA. Paneles publicitarios que promueven la modernización del país./ Boris Svartzman
SHANGAI, DE NOCHE. Los paneles esconden a los obreros que viven en los terrenos de reciclaje de materiales./Boris Svartzman
Boris Svartzman
Foto:Boris Svartzman

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