Periódico Diagonal

Luces desde el insomnio

ISABEL PÉREZ MONTALBÁN , autora de Cartas de amor a un comunista, Siberia propia, El frío proletario o Nocturnos de tinta.
Jueves 1ro de noviembre de 2007. Número 64

CLASES SOCIALES

Con seis años, mi padre trabajaba de primavera a primavera. De sol a sol cuidaba de animales. El capataz lo ataba de una cuerda para que no se perdiera en las zanjas, en las ramas de olivo, en los arroyos, en la escarcha invernal de los barrancos. Ya cuando oscurecía, sin esfuerzo, tiraba de él, lo regresaba níveo, amoratado, con temblores y ampollas en las manos, y alguna enredadera de abandono en las paredes quebradizas de sus pulmones rosas y su pequeño corazón.

En sus últimos años volvía a ser un niño: se acordaba del frío proletario, porque era ya substancia de sus huesos, del aroma de salvia, del primer cine mudo y del pan con aceite que le daban al ángelus, en la hora de las falsas proteínas.

Pero su señorito, que era bueno, con sus botas de piel y sus guantes de lluvia, una vez lo llevó, en coche de caballos, al médico. Le falla la memoria del viaje: lo sacaron del cortijo sin pulso, tenía más de cuarenta de fiebre y había estado a punto de morirse, con seis años, mi padre, de aquella pulmonía. Con seis años, mi padre.

SISTEMA

Compañera, tus uñas azules y no rojas:

Estudio de las falsas teorías. Los adioses muy blancos como mares de nieve y los negros perfiles, los sicarios del miedo. Se retrasó la Historia, sentí el frío letal del fracaso, la ruina, las vértebras cansadas.

Se necesitan cursos intensivos y largos sobre el ciclo del hielo y su andamiaje, para así contemplar los tanatorios del hambre, las plegarias tan humildes sin respuesta precisa desde los rascacielos. Sólo existe un sistema, sin reglas ni principios, que practica -algo torpe- el desescombro que arroja de aplicar el salvajismo.

Se necesita química, terapia, indiferencia, para no vomitar ni desmayarse como lo haría un maldito cobarde.

CAMPO DE CONCENTRACIÓN

Compañera, destinataria del fósforo: Dónde se halla la edad, las resinas de amor derramándose como tintas de ámbar en el recordatorio de tu piel. Dónde está aquel presidio, dónde la suave permanencia de tu abrazo.

Pero yo estuve en otras cárceles, viajé en un tren sediento hasta la entrada. Me concedieron una estrella de raza o de política y la llevé sobre un gris uniforme. Desde entonces mi pelo siempre tiene un olor insepulto a crematorio.

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Portada número 167
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Boletín radiofónico Diagonal 150
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