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Nuestro tiempo ya ha cambiado. Nuestra poesía, la de nuestras latitudes, no. No fue nuestra poesía lo que cambió el mundo.
El peor destino que le cabe en suerte a toda poesía es ser, a lo largo del tiempo, previsible.
Hoy, el objeto de un poema político es decir lo evidente imprevisible.
La articulación de esa evidencia imprevisible es, sin embargo, imposible de decir si no lleva consigo una cierta intensidad en las fracturas del lenguaje. Un lenguaje rabioso que, de tanto encontronarse con las aristas de lo real, corte.
Cada vez más, uno no puede espantar la sospecha de que buena parte de nuestra poesía reciente lo que no deja de disfrazar es sus móviles. Nosotros reivindicamos un tiempo de excepción para la construcción de nuestros poemas.
Un poema político no tiene por qué ser “transparente”. No es necesariamente en lo transparente donde siempre acaece una comunicación. No siempre en lo ya conocido se producen los encuentros. Y no necesariamente en la claridad, el abrazo y la Protesta. Un buen poema político no “mueve el mundo”. Ayuda a recobrar aliento. Un buen poema político no “hace caer a la injusticia”. Le da nombre y dirección.
No deberíamos distraernos demasiado por el hecho incuestionable de que no es más necesaria la poesía política que seguir insistiendo en los intentos liberadores de la acción social organizada. La poesía no es una estructura inocente.
Un buen poema político no se ciñe a la representación de un mapa... sino a la posibilidad de qué viaje podemos emprender.
El despliegue temático de la poesía política carece de bordes. Pero no interesa de ella tanto su posible tematización (que podría ser hasta difusa) como el gesto concreto que convoca ante el mundo y en el medio del mundo, así como su posicionamiento real ante las lenguas del poder.
Quien elige tener que elegir entre conocimiento y comunicación jamás escribirá un buen poema político.
Debería inquietarnos lo altamente inofensiva que resulta la poesía actual.
En la palabra de la herida, nosotros hablaremos la palabra de los vínculos.
Es indispensable que el poeta político recoja mucho más material de lo que se ha venido haciendo hasta hoy. La poesía política ha de ser, siempre, la más insatisfactoria de las prácticas literarias de su tiempo.
Cuando nuestros poemas se vuelvan excesivamente autónomos, intensificaremos nuestra militancia en las organizaciones sociales de base y el trabajo en los talleres barriales de escritura.
Cuando nuestros poemas se vuelvan lastimosamente previsibles, reanudaremos la práctica del buceo en los abismos de la conciencia. Desde esta tensión acuciada a la intemperie, no esperamos ser plenamente acogidos ya en ningún hogar.
Boletín radiofónico Diagonal Periódico, número 89
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