DIAGONAL: ¿Cómo llegaste a la persona de Antonio Llidó?

MARIO AMORÓS: En 1998 conozco a la hermana de Antonio, que me muestra la correspondencia, llevaba entonces dos años estudiando sobre Chile con la idea de hacer la tesis doctoral, al descubrir las cartas me quede conmovido por su testimonio. Revelan el compromiso de un modesto cura valenciano con el proceso de construcción del socialismo que encabezó Allende, con un partido revolucionario como el MIR y su papel como fundador de un movimiento que fue muy importante en Chile como era Cristianos por el Socialismo. Con el tiempo pensé que sería interesante escribir esta historia para la memoria de Chile sobre un periodo que despertó el interés en todo el mundo, y desde una perspectiva a veces olvidada: desde abajo.
D.: Hay un recorrido que empieza en las parroquias de Alicante, luego en Ferrol y después en Chile...
M.A.: Es una evolución, su trabajo en Chile no se puede comprender sin su experiencia previa, primero su trabajo pedagógico cerca de Alcoy, allí toma contacto con estudiantes que pertenecen a organizaciones de izquierda, algunos al PCE; luego en Ferrol, donde marcha castigado a hacer la mili por el obispo de Valencia, se aproxima a los quintos, a los reclutas, y toma contacto con estudiantes gallegos y vascos, también de la resistencia antifascista. Luego ya en su viaje a Chile ayuda a unos guerrilleros ecuatorianos, que le hablan de la revolución cubana, pero en Chile es el choque con la pobreza de las poblaciones, la desigualdad, la injusticia y la miseria. Él, párroco en Quillota, cerca de Valparaíso, se va implicando socialmente hasta que pide el voto para Allende en las elecciones de 1970 y posteriormente, en el ‘71, cuando el MIR se organiza en la provincia de Valparaíso, cuando Llidó ya tenía una visión pesimista de la vía chilena al socialismo, pasa a ser uno de sus dirigentes. No hay duda de que su viaje a Chile le hace ir formando una conciencia de que las cosas tienen que cambiar, y que la alternativa tiene que producirse a través de una lucha revolucionaria. Desde el principio lo manifiesta: para cambiar Chile y Latinoamérica lo que hace falta es una revolución.
D.: ¿Cuál es su influencia ?
M.A.: Existe un gran recuerdo, tanto de sus amigos de Valencia como sus compañeros en Chile. Allí es importante su compromiso con las luchas del pueblo, con su apoyo a la reforma agraria, a los obreros de las industrias en Quillota, también a los pobladores y la gente pobre, forma una comunidad cristiana de base. Tras el golpe de Pinochet, el MIR levanta la consigna de ‘el MIR no se asila’, prohibiendo a sus militantes refugiarse en otros países, pero recomienda a sus militantes extranjeros que salgan. Antonio decide quedarse. En sus cartas a amigos y familiares, les dice que no pude dejar sólo al pueblo en un momento como ése. Un importante miembro del MIR en Valparaíso me contó que incluso la dirección propuso a Antonio salir a Europa para hacer trabajo político en torno a la solidaridad; Antonio, con lágrimas en los ojos, rechazó esa oferta pidiendo que nunca más le propusieran salir. Luego tuvo otras oportunidades y siempre se negó a marcharse. Los que más tarde le conocieron en los centros de tortura de la DINA hablan de un compromiso ejemplar: era el que animaba en momentos muy duros, llamaba a la resistencia y la esperanza. Es una persona cuyos compañeros han mantenido su memoria durante más de 30 años, espero que el libro sirva para dar a conocer su compromiso y su ejemplo humano.
D.: ¿Cómo fue viviendo la familia el golpe y la falta de información?
M.A.: Con mucha angustia porque ellos, después del golpe de Estado, reciben algunas cartas cada vez mas espaciadas; saben que Antonio está clandestino y por la prensa internacional saben de la terrible represión. En octubre del ‘74 reciben una carta de un compañero de Antonio que les comunica que ha desaparecido. Entonces empiezan un año de gestiones hasta que en el ‘75 se dan cuenta de que ha sido asesinado, porque el obispo de Valparaíso, uno de los que mas apoyó a Pinochet y que en un principio les confirmó su detención dice que ya no sabe nada de él, ahí es cuando sospechan de su muerte. Pero, hasta el día de hoy, siguen luchando por saber su paradero. En el ‘92, en la ‘transición chilena’, inician una querella por su desaparición y ahora la cúpula de la DINA está procesada, aunque el proceso está estancado. Ya hay dos sentencias por la desaparición de dos militantes del MIR. Es probable que algún día los responsables de la detención, tortura y asesinato de Antonio tengan que presentarse ante la justicia y sean condenados.
“Pueblo, conciencia, fusil... ¡MIR, MIR!”
El MIR se fundó en agosto de 1965 a partir de una crítica radical a la estrategia de la ‘izquierda tradicional’ (principalmente del PC) y de la apuesta por la lucha armada para conquistar el socialismo. Con la victoria de Allende y la aceleración del proceso revolucionario, el MIR priorizó la lucha de masas en torno a la propuesta de construcción del poder popular, sin dejar de ser el único partido que intentó hacer un trabajo político-militar que pretendía alcanzar también a los suboficiales y soldados del Ejército. En noviembre de 1971, Miguel Enríquez, su secretario general, proclamó que Chile ya sólo tenía una alternativa: “socialismo o fascismo”. A pesar de los constantes llamamientos unitarios de Allende, el MIR mantuvo su estrategia política, que desde finales de 1972, con la aparición de los cordones industriales y la agudización del conflicto político y económico, halló un cierto eco en la UP. En 1974 el MIR fue exterminado por el aparato represivo de la dictadura.
La Iglesia del pueblo
Chile fue el primer proceso de cambio social donde confluyeron marxistas y cristianos. En 1970, varios sacerdotes apoyaron públicamente a Allende en las elecciones presidenciales y un año después, en septiembre de 1971, nació el movimiento Cristianos por el Socialismo (CPS), que reunió inicialmente a un centenar de curas, así como monjas y laicos. CPS apoyó al Gobierno de la UP y sus militantes se involucraron en las luchas sociales y políticas para construir la nueva sociedad. Histórico fue el encuentro de los CPS con Fidel Castro el 29 de noviembre de 1971 en la Embajada cubana en Chile y el Primer Encuentro Latinoamericano de CPS celebrado en 1972 en Santiago. Mantuvieron una ácida polémica con los obispos, quienes dos días después del golpe condenaron este movimiento y situaron a sus militantes en el punto de mira de la represión.