
“Hasta mediados de los años ‘80, Arauca (Colombia) era una región desconocida para el Gobierno y para las compañías multinacionales. Pero el descubrimiento del campo petrolero de Caño Limón modificó la vida en el departamento. Provocó la desaparición de la laguna de Lipa, el desplazamiento de los indígenas guahibos, la militarización de la zona y la destrucción del ecosistema”. Dicho campo, operado por la transnacional estadounidense Oxy y en el que participa Repsol YPF, es un ejemplo de lo que ha significado para Arauca el desarrollo: “La destrucción de muchas cosas para construir menos cosas”.
Así relataba Adelso Gallo, miembro de las Organizaciones Sociales de Arauca, los efectos que ha tenido en esa región colombiana la llegada de las multinacionales petroleras. Éste y otros testimonios pudieron escucharse el pasado sábado 16 de junio en Madrid, en el transcurso de una audiencia del Tribunal Permanente de los Pueblos que estuvo dedicada a juzgar simbólicamente a la empresa multinacional española Repsol YPF por los efectos negativos de su presencia en Colombia y en el resto del mundo. En dicha audiencia tomaron la palabra miembros de diversas asociaciones, investigadores sociales, ecologistas, documentalistas, defensores de los derechos humanos y personas afectadas por la presencia de la petrolera en su territorio, que coincidieron en acusar a Repsol de contribuir a la destrucción ambiental del planeta y al desplazamiento de diferentes poblaciones indígenas, fomentar el robo de recursos en países del Sur y operar en lugares donde se cometen violaciones de los DD HH.
Colombia: campo de pruebas
La audiencia, aunque trató abusos a
lo largo del planeta, se centró de forma
específica en el caso colombiano.
Como contó César Carrillo, ex
presidente de la Unión Sindical
Obrera (USO) de Colombia, ése es
“un país con inmensos recursos naturales...
que están en poder de las
compañías multinacionales”. Por
ello, compañías transnacionales como
Oxy, BP, Texaco y Repsol YPF,
entre otras, son las que dominan la
explotación de los hidrocarburos,
en una nación en la que el petróleo
representa el 25% del total de las exportaciones
legales. Eso sí, en
Colombia, que es escenario del conflicto
armado más antiguo de América
Latina y, como dijo Carrillo, “es
donde más sindicalistas se asesinan
de todo el mundo”, la presencia de
las multinacionales petroleras está
relacionada con la persecución a los
movimientos sociales, el deterioro
de los ecosistemas y el hostigamiento
a las culturas indígenas. Las zonas
de Colombia que poseen recursos
valiosos, como el petróleo, son
las más militarizadas y las que tienen
un mayor índice de violaciones
a los derechos humanos.
En este contexto, Repsol ha centrado sus actividades en el departamento de Arauca, fronterizo con Venezuela, donde está presente en casi todos los campos que cubren la región. Como, por ejemplo, en el citado Caño Limón, en el que, por su participación del 35%, Repsol ha adquirido una corresponsabilidad en crímenes de lesa humanidad al prestar apoyo al Ejército norteamericano y financiar a unidades militares que acumulan denuncias en materia de derechos humanos.
Entre ellas, la Brigada XVIII que, tal y como afirmó Germán Suárez, dirigente de la USO, tenía el cometido de “vigilar a los trabajadores petroleros para evitar que crearan sindicatos”.
O también en la zona del pozo Capachos, que, después de que Repsol anunciara la existencia de crudo en 2002, sufrió el auge del paramilitarismo en los dos años siguientes.
Y, en 2005, tras el incremento de los crímenes contra la población civil y de los niveles del desplazamiento forzado, Repsol comenzó a producir petróleo. Por último, qué decir del campo Catleya, en el que Repsol está tratando de asegurarse nuevas reservas de hidrocarburos crudo sin tener en cuenta que esa área de exploración se superpone con resguardos indígenas u’was.
En definitiva, como se encargó de recordar Adelso Gallo, “la represión a las organizaciones sociales y a la población civil ha sido muy fuerte en Arauca” y, por ello, “en los últimos años, la región ha batido todos los registros de asesinatos y violaciones a los derechos humanos” de toda Colombia. Y, en todo ello, “la responsabilidad es compartida entre las multinacionales petroleras y el Estado colombiano”, como dijo Suárez, ya que “no podrían haber acabado con los pueblos indígenas y los ecosistemas locales sin el entreguismo de los sucesivos gobernantes que ha habido en el país”. De lo que se trata es de que, como recoge la sentencia final del tribunal, “en el caso de Colombia se ha venido constatando que las empresas trasnacionales han operado en un contexto de violencia estructural y violaciones constantes de los derechos humanos, del que no sólo no se han desmarcado sino que, en muchos casos, han contribuido a favorecerlo”.
Conciencia ética de los pueblos
El Tribunal Permanente de los Pueblos
(TPP), que tuvo su origen en
1966 con el llamado ‘Tribunal Russell’
y el juicio a los crímenes de
cometidos en la guerra de Vietnam,
se constituyó formalmente en 1979.
Está integrado por un amplio número
de miembros nombrados por el Consejo
de la Fundación Internacional
Lelio Basso por el Derecho y la Liberación
de los Pueblos, y sus juicios
están basados en las convenciones
internacionales y de alguna manera
representan la conciencia ética de
los pueblos.
Antes del capítulo Colombia, el TPP se ha reunido en 36 ocasiones para juzgar situaciones de muchos países y pueblos, hechos de genocidio o instituciones internacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.