
En 1983, el policía que mata a Ahmed Boutelja, un joven de un barrio de Lyon, fue liberado. Esto desencadenó una ola de protestas y revueltas en los barrios que culminaron con una gran marcha en París. Cien mil jóvenes de origen inmigrante junto con numerosos franceses se unen en esta marcha “por la igualdad y contra el racismo”, dando origen a lo que se denominó el movimiento beur. De este movimiento surge el MIB.
“En aquella época de la marcha, nosotros éramos entusiastas. Pensábamos que las cosas realmente iban a cambiar -cuenta Hafid Bouchefa-. Una delegación de la marcha fue recibida por el presidente Mitterrand quien nos prometió tomar en cuenta nuestras reivindicaciones. Lo único que pedíamos como jóvenes de barrio y de origen inmigrante era ser reconocidos enteramente. No pedíamos privilegio alguno”.
En los años ‘80 se empezaban a sentir los efectos de la crisis económica de mediados de los ‘70, las empresas se deslocalizaban y automatizaban y el desempleo masivo se instalaba en la vida y en las cabezas de la gente de los sectores populares. Los jóvenes esperaban en grupo bajo las torres grises que el Estado había concentrado, por decenas, a las afueras de las ciudades.
Pero el tiempo de espera empezaría a ser cada vez más largo. Los que podían se iban yendo de las torres y eran reemplazados por gente de menos recursos, generalmente inmigrantes recién llegados que, con el tiempo, lejos de mejorar, vieron sus condiciones de vida deteriorarse.
“El presidente Miterrand -cuenta Bouchefa- nos felicitó por haber apostado por una marcha pacífica. Nosotros teníamos muchas expectativas porque considerábamos a la izquierda nuestra aliada natural. Pero pronto nuestras ilusiones cayeron.
Lo que hicieron los socialistas fue, a través de sus redes y amigos, crear una asociación sin ninguna implantación en los barrios: SOS Racismo. Le inyectaron millones de francos para organizar conciertos y toda una serie de actos mediáticos sin tocar verdaderamente los problemas de fondo de los barrios populares: desempleo, precariedad, vivienda y discriminación”. La situación de los suburbios franceses no sólo continuó degradándose sino que sirvió al Gobierno de Mitterrand y a los que le sucedieron para reforzar la seguridad y el control policial en los barrios.
Laurent Bonnelli (2) nos cuenta que esto significó un viraje importante en el enfoque de la problemática de los barrios, particularmente para la izquierda. Se pasó de la idea de que los problemas de los suburbios tenían causas sociales a la de la responsabilidad individual del delincuente y su opción racional. Según este enfoque neoliberal de la delincuencia bastaría con aumentar la represión policial y las penas para hacerla disminuir. De ahí a patologizar los comportamientos ‘antisociales’ como lo hizo recientemente el actual presidente de la República, Nicolas Sarkozy, sólo era cuestión de tiempo.
La lucha contra la ‘doble pena’
Una de las batallas más significativas
que emprendió el MIB, en los
años ‘80, fue la lucha contra la ‘doble
pena’ (prisión más expulsión).
“Si muchos de nosotros somos
franceses de origen inmigrante -dice
Bouchefa-, hay otros compañeros
que están aquí desde pequeños,
pero no tienen la nacionalidad. Con
la ley de la ‘doble pena’, después de
ir a la cárcel por haber cometido un
delito, los expulsaban del país.
¿Adónde iban a ir? Habían crecido en Francia. Su país de origen ya no era el suyo, era el de sus padres”. Desde sus inicios, el MIB ha conjugado el problema social de los barrios con la problemática de la inmigración. Ha realizado campañas a favor de la tarjeta de residencia única (que tendrá como resultado la creación de la tarjeta única de diez años) y se ha manifestado con las madres de familias víctimas de crímenes racistas.
En muchos barrios populares vive un gran número de población inmigrante que se encuentra con otros problemas (papeles, discriminaciones) además del problema social. “Muchos hijos de inmigrantes -cuenta Tarik Kawtari- se enfrentan a una contradicción que les genera mucha frustración y les es difícil de entender y es que su situación es peor que la de sus padres, quienes al llegar pudieron emplearse de obreros en las fábricas. Ellos ven que no tienen nada cuando el objetivo de la inmigración era mejorar las condiciones de vida de la familia”.
Pero, este fenómeno de ‘inmovilidad’ social afecta, en general, a todos los jóvenes de los sectores populares y es aún más frustrante porque, desde los ‘80, los adolescentes han podido beneficiarse de la escolarización masiva y alimentar esperanzas de un futuro mejor que el de sus padres, señala Bonelli. Pero esto no es lo que ha sucedido. Lo que ha habido es una “traslación del nivel educativo hacia arriba”, de manera que los de abajo -aún estando más formados- se han mantenido abajo. Esta desilusión explica que, en las revueltas juveniles, la escuela sea muchas veces el blanco de los ataques.
Los disturbios de 2005
A 15 kilómetros de París, en municipios
como Clichy-sous-Bois, donde
estallaron los disturbios de 2005, el
Instituto Nacional de Estadística y
Estudios Económicos señala que los
jóvenes menores de 25 años representan
el 47% y en el complejo habitacional
el desempleo juvenil alcanza
el 37,1%.
“Nosotros no tenemos soluciones para los problemas de empleo, eso va más allá de nuestras competencias -dice Bouchefa-. Nosotros damos la batalla desde nuestros espacios y colectivos. Intentamos que se visibilice el problema. La tendencia actual además es crear rivalidades entre la misma gente de los barrios: entre ‘franceses’ y ‘extranjeros’, jóvenes y los que no lo son, hombres y mujeres, los que tienen empleo y los que no. No es fácil”.
En ese sentido, el Foro Social de Barrios Populares3 (Saint Denis, del 22 al 24 de junio), que están organizando el MIB y otros colectivos, quiere ser un nuevo espacio de dimensión nacional donde la gente y las asociaciones implantadas en los barrios populares puedan encontrarse y plantear reflexiones y proyectos comunes. Para ello, el Foro ha decidido autofinanciarse porque no quiere ser cooptado por ningún partido político. “A muchas asociaciones de barrio intentan dirigirlas, a través de los sistemas de financiación hacia asociaciones de tipo cultural -cuenta Kawtari-. Las hacen trabajar por la “paz social”, lo que es una manera de silenciar a la gente. Nosotros no estamos aquí para mantener la paz social, somos un espacio de denuncia. En esta sociedad, si no haces ruido nadie te escucha”.
El Foro Social es una tentativa de reconstruir solidaridades entre gente y grupos que, más allá de sus orígenes y diferencias, tienen un destino colectivo común. “En los barrios, dice Kawtari, la gente sólo pide ser como todo el mundo, tener un trabajo como todo el mundo, salir a la calle sin que te controle la policía tres o cuatro veces al día ni te insulten, como todo el mundo, tener una vivienda en condiciones, con un ascensor que funcione para que tu madre no tenga que subir cada día 10 pisos a pie, ¡como todo el mundo!”.
1. Movimiento Inmigración y Periferia
2. Miembro de Challenge: libertysecurity.
3. Para mayor información: sqp.free.fr