Cuando se trata de invertir en el
desarrollo de fármacos, el porcentaje se reduce al
1%. La investigación aplicada vive de filantropía y
choca con el sistema de patentes. Aun así, la comunidad
científica regala esperanza. Ya hay vacunas
propuestas para la malaria o la leishmaniasis.
Por cada diez euros invertidos en investigación sanitaria, tan sólo uno va a parar a estudios sobre enfermedades endémicas en los países empobrecidos. El dato, que ha difundido la organización Médicos sin Fronteras (MSF), explica por qué patologías como la enfermedad del sueño o la leishmaniasis únicamente responden al nombre de ‘enfermedades olvidadas’. Olvidadas, según para quién. Aproximadamente, 2.000 millones de personas en todo el mundo son posibles ‘clientes’ de estas patologías.
MSF cita algunos ejemplos: la malaria, quizá la afección más conocida del grupo, mata a más de un millón de personas al año, muchos de ellos niños. El mal de Chagas, una infección transmitida por un insecto denominado vulgarmente ‘vinchuca’, sin terapia efectiva en su versión crónica, reúne a unos 18 millones de afectados y un ‘público objetivo’ de casi 100 millones de personas, concentradas en Latinoamérica. Muchos números y un mensaje entre los colectivos que trabajan in situ: la investigación es insuficiente.
Con todo, la primera línea de fuego no parece la investigación básica, que es la que más recursos públicos reúne (al trabajar en el origen del problema, no siempre se garantizan resultados). Vicente Larraga, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas que estudia la leishmaniasis (enfermedad que afecta a unos 12 millones de personas en 88 países y también se transmite por picadura de mosquito), se muestra esperanzado con los avances en este campo, aunque no oculta que sigue faltando mucho dinero.
La situación se torna dramática en la fase preclínica, el salto al mercado, un sector que lidera la industria farmacéutica. Michel Latrowska, enlace de la Iniciativa para Enfermedades Olvidadas (DNDi, en su acrónimo inglés), explica las razones: “Las multinacionales farmacéuticas se mueven dentro de la lógica empresarial, aunque se trate de vidas humanas. Si no hay expectativa de negocio con un determinado tratamiento, no hay inversión en I+D”. Y aquí se rompe la ecuación. El 10% del gasto global queda reducido a un 1%. Éste es, según datos de DNDi, el dinero que se gasta el sector sanitario en el desarrollo de fármacos para enfermedades olvidadas.
La organización facilita más datos: entre 1975 y 2004, aparecieron 1.556 medicamentos nuevos y sólo 21 de ellos constituían terapias para ‘enfermedades de pobres’. Tanta innovación mueve dinero. En concreto, unos 518 billones de dólares en 2004, siempre según DNDi. La mayor parte del pastel de las inversiones en investigación se lo llevan las enfermedades cardiovasculares y la creciente demanda en oncología, gran esperanza blanca de un sector que, como advierte el reciente informe Intelligence 360, tiene el crecimiento de negocio un tanto estancado.
Hay esperanza con reservas y, como mínimo, a medio plazo. Un buen ejemplo son los avances en malaria. “Se están abriendo nuevas vías más allá de la búsqueda del medicamento mágico”, explica Santiago Merino, coautor de un reciente estudio que ha identificado en un ave silvestre, el herrerillo común, un mecanismo de defensa frente a parásitos que podría dar pie a nuevas terapias para frenar el contagio del paludismo. Una de las razones para el optimismo compartido es la vacuna contra la enfermedad que ha propuesto el científico español Pedro Alonso.
Su trabajo ha recibido una inyección económica de la Fundación de Bill y Melinda Gates, que tan pronto ganan el último premio Príncipe de Asturias a la Concordia como protagonizan editoriales en periódicos como Los Angeles Times, que acusan a la institución de invertir en empresas responsables de los problemas que dicen querer resolver.
Avances para el futuro
Pero no sólo de filantropía privada
vive la investigación. Como explica
la doctora Graciela Diap, consultora
de la DNDi, “como mínimo el
50% de la inversión debe provenir
del sector público”. En ello está empeñada
esta organización internacional,
que se ha marcado el objetivo
de desarrollar entre seis y ocho
fármacos contra enfermedades olvidadas
para 2014. En marzo, presentaron
ASAQ, un nuevo fármaco
contra la malaria que se administra
en una dosis fija combinada de artesunato
y amodiaquina. Costará
menos de 50 céntimos de euro para
niñas y niños, menos de un euro para
personas adultas, y estará libre
de patentes. Es sólo la primera piedra
del castillo. Según sus estimaciones,
se necesitan 255 millones
de dólares en los próximos 12 años
para tener un portafolio equilibrado
de proyectos contra enfermedades
olvidadas y esos seis u ocho medicamentos
circulando.
La cura de los perros ricos
La leishmaniasis, que
padecen unos 12
millones de personas
en todo el mundo,
tiene como fuente de
infección los animales,
y afecta a roedores,
perros y diversos
mamíferos salvajes
que sufren la enfermedad
en algunas regiones
de África de forma
endémica. En seres
humanos, el mayor
riesgo está en la
‘mochila’ de los portadores.
Los grandes
desplazamientos por
guerras o emigración
económica llevan al
parásito a nuevos
lugares y provocan
epidemias como la
denunciada recientemente
en Afganistán,
con 100.000 afectados
según la OMS.
Podrían ser muchos
más. La cura de la
leishmaniasis podría
ser posible a medio
plazo. Quizá, uno de
los motores sean los
perros ‘primermundistas’,
que también
están afectados. Y
aquí aparece la paradoja.
De un tiempo a esta parte, estos animales domésticos se han convertido en auténticos miembros de la familia. “La gente no escatima en gastos para curar a sus mascotas”, explica el investigador Vicente Larraga. Las empresas farmacéuticas han visto el filón. El grupo de Larraga, al igual que otros equipos, trabaja en el desarrollo de vacunas y tiene patentado un compuesto que bloquea un receptor clave para que el parásito se una a las células humanas fagocíticas. A pesar de innovaciones como ésta, se necesita más dinero. Parece que, en leishmaniasis, la esperanza para el acceso a fármacos en países empobrecidos está en la cura de los perros ‘primermundistas’.