
Desde el final de la Guerra Civil española, economía y transformación social se han ido distanciando hasta protagonizar un divorcio. Los trabajadores y trabajadoras, en términos generales, llegaron a separar su emancipación de quien les explotaba, de la gestión económica. Y puesto que no queríamos ni sabíamos ser empresarios, no necesitábamos entender la economía tal y como funciona hoy, que es una de las vías para aprender a cambiarla.
En respuesta, la economía solidaria pone a la persona en el centro del circuito económico. Crea empresas de personas que se autoorganizan para satisfacer las necesidades de otros. El consumidor no es el rey ni el incauto. El papel de productor y productora o prestador de servicios, el de consumidor o cliente, y el de ahorrador que pone sus finanzas al servicio de que estas empresas puedan existir, están destinados a adoptar diferentes roles por parte de las mismas personas en diferentes momentos del día a día, en un circuito de economía solidaria.
Esta propuesta pretende que haya una economía que pueda dar respuesta a todas las necesidades de todos y todas, y que respete otras esferas de la vida natural y humana sobre el planeta. Ya no estamos hablando de recursos humanos como una variable en la ecuación del cálculo de costes de producción. La economía solidaria aún está empezando a consolidar sus redes y sus espacios de finanzas solidarias y mercados sociales. Aun así, la propuesta a futuro, y que es cada vez más una realidad, es que cada persona sea tomada en cuenta con todo lo que es, y no simplemente se tome de ella sus horas o su fuerza de trabajo.
Algunos ejemplos
Hace unos diez años, un grupo de
amantes de la bicicleta, de Zaragoza,
decidieron ampliar el ámbito
de sus reivindicaciones sociales a
su trabajo y montaron una cooperativa
de bicimensajería. A base de
compromiso, trabajo, salarios bajos
pero dignos, decididos como todo
lo demás en asamblea, han logrado
no solo resistir, sino servir
de apoyo a otros. En este tiempo
han ayudado a montar otras cooperativas
relacionadas con el sector
y ahora son el Grupo La Veloz,
pero nunca han olvidado de dónde
venían y por qué querían convertirse
en empresarios, así que fomentan
las redes e instrumentos
que permiten que ningún éxito sea
un éxito aislado. La Veloz fue uno
de los impulsores de la Red de Economía
Alternativa y Solidaria (REAS)
en Aragón.
Vinculado también a REAS, pero con total autonomía, en Cataluña se creó hace años la Xarxa de Economía Solidaria (XES), donde se dan cita colectivos productivos, en su mayoría cooperativas, empresas de inserción, redes de consumo y hasta corrientes sindicales autogestionarias. En esta red participa por ejemplo L’olivera, una cooperativa de trabajo asociado del ramo agrícola (sobre todo vinos y aceite ecológicos), que además de emplear personas en riesgo de exclusión social, ha recibido varios premios por la calidad de sus vinos. No vende barato, porque economía solidaria no suele significar abaratamiento de costes, sino al revés, un esfuerzo extra por hacer las cosas con calidad, con dignidad y con cariño.
La economía solidaria cada vez abarca más sectores productivos y de servicios y más formas jurídicas. Desde la fabricación de moldes y matrices de Mol-matric, miembro de XES, hasta las plantas de reciclaje de Residuos Sólidos Urbanos de la Fundación Deixalles, miembro de REAS Baleares, pasando por la Cooperativa de Importación y Distribución de Comercio Justo cordobesa IDEAS, miembro de RUFAS, con sección de crédito incorporada para aportar prefinanciación a los productores del sur. Desde la librería asociativa Traficantes de Sueños y el Grupo de Ahorro y Préstamo Solidario (GAP) -miembros de REAS Madrid-, hasta la tienda de productos ecológicos Ecogermen, en Valladolid. Desde el Hotel de la Risa y el Centro de Zooterapia -sobretodo con caballos - de la emergente Red de Economía Alternativa y Solidaria de Extremadura, pasando por la cooperativa de viviendas en Galicia, el Fondo de Solidaridad Paz y Esperanza de Granada, los centros de gestión de programas sociales y de apoyo a emprendedores solidarios de Navarra -Gaztelán-, Euskadi -Sartú-, Zaragoza, Madrid, Valencia y Barcelona. Estas iniciativas, en el caso de REAS, responden a unos principios básicos, reflejados en la carta Emprender por un mundo solidario, que después se desglosan en subindicadores, que no son de obligado cumplimiento, sino más bien una carta de principios.
La economía solidaria ya no es una suma de iniciativas frágiles con un pie en la tumba, como se suele ver a estas empresas, sino un movimiento emergente. Con sus contradicciones, sus dificultades y sus desafíos, pero apuntando a la transformación social.
Cambiar las reglas
La visión del mundo que tradicionalmente
se asumía y transmitía
desde los movimientos sociales ha
sido fragmentaria. Cada uno hacía
la guerra por su cuenta y casi
nadie se ocupaba de las cuentas.
Son demasiado recientes las coordinaciones
intermovimientos. Las
bancas éticas, las finanzas solidarias
que pueden completar el ecosistema
social, son relativamente
jóvenes y poco conocidas. Mientras
los movimientos sociales no
han tocado la economía, han
seguido presos del sistema que
se pretendía trascender. Y ahí es
donde encaja la emergencia de lo
que se conoce como economía
solidaria o economía popular.
Mientras otros gestionan la economía y nos llaman sólo para que seamos solidarios con sus consecuencias, grupos de personas se han organizado en las últimas décadas para intentar cambiar esas reglas de juego. ¿Solidaridad? Sí, pero no sólo una solidaridad de las consecuencias.