
En la génesis de los bancos de tiempo reseñamos varias experiencias europeas de los años ‘80 como el Sistema de Comercio e Intercambio Local (LETS, por su siglas en inglés) del Reino Unido, el Sistema de Intercambio Local (SEL) o el Movimiento de Redes de Intercambios Recíprocos de Saberes (MRES), ambos en Francia. En Cataluña surgen las Redes de Intercambio de Conocimientos en Castelldefels, Girona, Barcelona, L’Escala y Mataró.
En cuanto a antecedentes propios de banco del tiempo como tal, destacan dos experiencias: los Time Dollar estadounidenses (Time Bank en Reino Unido), extendidos después por todo el mundo y orientados a la mejora de las condiciones de vida de los colectivos más desfavorecidos, y los bancos de tiempo del sur de Europa, especialmente de Italia (actualmente hay más de 300), la mayoría creados por redes de mujeres como medida de ayuda a la conciliación personal, familiar y laboral.
En el Estado español en la actualidad hay múltiples experiencias de trueque de servicios, de muy diversa naturaleza. En primer lugar, los organizados por colectivos sociales y vecinales, como una más de entre diversas iniciativas de autoorganización, economía alternativa, consumo responsable y mejora de la calidad de vida a través de una gestión humana y sostenible de los usos del tiempo. Como ejemplos, las madrileñas Cooperativa Trueque en acción de bienes y servicios de Ecologistas en Acción, el Banco del Tiempo del Plan Comunitario de Carabanchel Alto, la Cooperativa de trueque el Foro o el Trocódromo. En Baleares la asociación de Trueque de Baleares COR, en Andalucía el Trueque Kotruco de Córdoba, o en Cataluña la Xarxa d’Intercanvi de Nou Barris de Barcelona y el mercado anual de trueque de Banyoles (Girona).
Por otro lado se producen las de iniciativa y gestión municipal, habitualmente provenientes de concejalías o delegaciones de Participación Ciudadana o bien de Mujer, vinculadas a políticas de conciliación y a favorecer los usos del tiempo de las mujeres, a menudo subvencionadas por iniciativas comunitarias. Múltiples ejemplos en barrios y localidades de Cataluña y Madrid, así como Valladolid, Sevilla, San Javier, Alicante, Pamplona, Chipiona, Bilbao o Granada. Y en tercer lugar, destacan algunas experiencias de banco del tiempo monográficos o temáticos, relativos a un tipo de servicio o a un colectivo destinatario concretos.
Lazos de ayuda mutua
Un primer y evidente objetivo es el
establecimiento de lazos interpersonales
de solidaridad mutua que
promueven un sistema económico
alternativo a partir de una riqueza
social que se comparte en interacción
y confianza con el resto de integrantes
de una red comunitaria.
Se parte de la premisa de que todos
sabemos hacer cosas. Frente a la
posible respuesta de “no sé hacer
nada” se propone una mirada interna
a toda la riqueza que atesoramos
y que apenas valoramos como
útil, ni mucho menos valiosa para
los demás. Así, se visibilizan saberes
y conocimientos no valorados
socialmente como todos los relativos
a labores domésticas (ámbito
laboral no remunerado e invisibilizado)
o los habitualmente categorizados
como “poco cualificados”, reforzándose
así el autoconcepto positivo
y la autoestima.
Otra de las aportaciones de los bancos del tiempo es que el reglamento establece que no sólo hay que dar sino también recibir, necesitar, cosa a la que, en esta sociedad de la autosuficiencia y los voluntariados, no estamos tan acostumbrados. Como objetivo último, con este tipo de iniciativas estamos consiguiendo una gestión más humana y voluntaria de nuestro tiempo para ser un poco más libres y felices.
Cheques de tiempo
Se puede intercambiar una amplia
gama de cosas, casi tantas como se
sepan hacer y se quiera poner a disposición:
relativas a todo tipo de labores
domésticas, cuidados, acompañamiento,
aficiones, manualidades,
pequeños arreglos, transporte,
enseñanzas varias, idiomas...
Salvo en algunas experiencias
en que se negocia y cuantifica el
valor de los servicios y que tienen
moneda propia, en la mayoría la
unidad de intercambio es la hora,
con independencia del servicio
prestado, igualando así su utilidad
o valor social: valdría lo mismo una
hora de clases de Linux que una de
elaboración de croquetas o de corte
de pelo.
Una secretaría suele centralizar la gestión de ofertas y demandas, poniendo en contacto a las personas, así como, en clara comparación con la metáfora bancaria que lo titula, llevando el estado del saldo de horas, garantizando por reglamento que no se acumulen demasiadas horas dadas o recibidas.
Todo ello se regula con el intercambio físico de unos cheques de tiempo cuyo talonario se da a las personas participantes al inscribirse. Los intercambios no son bilaterales (“yo te doy algo y tú me das algo”), sino multilaterales, es decir se ofrece y demanda a la bolsa de servicios del banco del tiempo.
Ventajas y amenazas
Los bancos del tiempo pueden ser
un buen ejercicio de “participación
activa”, pues ponen en interacción
a dos personas que pueden no conocerse,
que a menudo acaban intercambiando
en sus propias casas,
con lo que esto tiene de apertura
de puertas físicas y psicológicas.
Por otra parte, plantean una
alternativa autónoma al sistema
capitalista favorecedor de dinámicas
individualistas, en la que la
ciudadanía se sitúa como mera
consumidora o usuaria.
No obstante, en el terreno de las amenazas, los bancos del tiempo son programas golosos y fácilmente instrumentalizables por las administraciones, ávidas de medallas políticas progres. La premisa de equilibrar lo que se ofrece y lo que se necesita intenta evitar las acciones de voluntariado asistencialista, donde se da pero no se es capaz de recibir y donde quien recibe a menudo se sitúa en una posición de necesidad e inferioridad, ‘incapaces’ de la reciprocidad.
Los bancos de titularidad municipal no convencen
Acudiendo a las cifras,
observamos que muchos
de los bancos del tiempo
de titularidad municipal
están teniendo una participación
escasa. Distingamos
algunos de los
motivos:
La implementación vertical e impuesta del programa, donde el ayuntamiento promueve una buena idea copiada de la iniciativa social, la empaqueta en papel de colorines y le dice a la vecindad que nunca demandó este espacio y no lo siente como suyo, que “se autoparticipen”.
La falta de recursos, medios y continuidad habituales en los programas sociales externalizados por contrato menor, a menudo subcontratados en condiciones precarias a entidades privadas.
El proceso necesita fraguar a fuego lento. Para alcanzar tan magnos objetivos como la confianza en el otro, la solidaridad comunitaria, el saber valorarnos como capital social autónomo capaz no sólo de recibir sino de dar, o el ser capaces de plantear un modelo económico alternativo donde no hay rastro de los euros, hay que desaprender años de deseducación en una sociedad individualista, atomizada, capitalista y monetarista, algo que difícilmente se puede lograr en dos días.