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El Día Internacional de las Montañas, declarado por Naciones Unidas para alertar sobre el peligro que supone la destrucción de estos entornos, pasó el día 11 de diciembre completamente inadvertido e ignorado por los medios de comunicación. Hubiese sido una gran ocasión para contraponer unos valores a otros en lo que tiene que ver con el desarrollo de las zonas de montaña.
Es hora ya de reivindicar la ética de los planteamientos conservacionistas ; ética, entendida como compromiso con los valores ambientales, sociales, científicos, educativos y estéticos y cuya defensa se convierte en una obligación moral. Estos valores son justo los contrarios de los otros ‘valores’, los que se miden en euros y abogan por el desarrollo local, pero sólo como excusa para su intervención en las zonas de montaña ; nunca su interés ha sido el bienestar de los pobladores locales sino la explotación mercantil de los recursos de montaña en la búsqueda de pingües beneficios.
Lo cierto es que el desarrollo, o es sostenible (perdurable en el tiempo y compatible con la naturaleza) o no lo será. Es preciso reivindicar sin complejos la ‘utopía ecológica’ y contraponerla a la ‘quimera desarrollista’ : la primera es un horizonte deseable, posible y además necesario ; la segunda, la que nos ofrece la industria del ocio y la construcción, es una ilusión falsa, inviable e incompatible con la vida.
En España, tenemos muchas razones para estar preocupados por nuestras montañas. Barrunta sombrío el horizonte y el escenario parece desolador. Una vez expoliado el litoral y habiendo agotado las posibilidades de explotación de sus recursos (algunas zonas de costa han sido tan degradadas que han perdido su ‘atractivo’ de mercado, un claro ejemplo de insostenibilidad), el mercado se plantea el desembarco sobre un territorio virgen : las montañas. La lógica productivista basada exclusivamente en la remuneración del capital nos llevará a cosas como construir estaciones de esquí donde no hay nieve, campos de golf donde no hay agua o puertos deportivos donde no hay costa. A nadie se le escapa que lo de menos es el deporte de la náutica, el golf o el esquí, y que todos estos proyectos van unidos a macrourbanizaciones y proyectos inmobiliarios. Este tipo de actuaciones se irán expandiendo por las cumbres españolas. Ya se inició el proceso hace cuatro o cinco años, en los Pirineos, Sierra Nevada, Guadarrama, Gredos, Picos de Europa, en la Cantábrica.
El poderoso sector de la construcción asociado al turismo intensivo ya ha empezado a desarrollar megaproyectos alpinos en connivencia con las administraciones locales o regionales, proyectos que, desechados hace años en la Europa alpina, han hecho saltar todas las alarmas : estaciones de esquí por doquier, incluso donde la innivación es mínima y las previsiones derivadas del cambio climático peores, accesos masivos a entornos sensibles, resorts de montaña con sus infraestructuras, remontes, antenas, túneles, líneas de tensión, etc. acabarán con los valores a los que me refería al inicio. Y todo ello en un escenario donde el respeto por la legislación ambiental es mínimo y el esfuerzo de las administraciones por hacerla cumplir también. Aún estamos a tiempo ; la Carta de las Montañas, unas directrices muy valiosas para su protección y un mandato parlamentario al Gobierno para su ejecución duermen, de momento, el sueño de los justos. Esperemos que, mientras el Ejecutivo reflexiona sobre sutilezas jurídico-administrativas o de oportunidad política sobre su puesta en marcha, la degradación de las montañas españolas no llegue a ser irreversible.
Pero no, no se pensará en el desarrollo local a partir de alternativas como el turismo sostenible de baja intensidad, ni las administraciones realizarán inversiones en las montañas que generen riqueza a partir de cientos de posibles actividades alternativas, como por ejemplo las agrícolas, ganaderas y forestales tradicionales, la guardería y vigilancia, la estancia y la formación de jóvenes en campamentos y albergues, la agricultura ecológica, la gastronomía, la conservación del folklore y el patrimonio histórico, cultural o social, la recuperación del paisaje y las repoblaciones de fauna y flora, el deporte respetuoso con el medio, los centros de alto rendimiento, la capacitación rural, los guías de montaña, la observación y la caza fotográfica... cientos de actividades que nunca jamás se pasaron por la imaginación de los políticos y mucho menos por la de los industriales. Increíblemente aquellos que jamás se preocuparon del bienestar de las poblaciones de montaña ni del desarrollo de zonas rurales, abandonadas a su suerte desde siempre, ahora se erigen en vanguardia de su desarrollo. Los burócratas se empeñan en cosas a las que ponen nombres complejos que legitimen su actividad, como Programa de Desarrollo Comarcal para la Gestión Integrada de los Recursos Territoriales, y que al final consiste en que van a construir un Spa-Resort de montaña con el concurso de varias multinacionales, es decir, un hotel para ricos a costa de la degradación irreversible del entorno alpino circundante. En estos momentos cruciales, en los que se están gestando grandes intervenciones en los entornos alpinos, es preciso sensibilizar, llamar la atención sobre un hecho : las montañas y sus gentes valen más, mucho más que los beneficios derivados de su explotación industrial.
Boletín radiofónico Diagonal Periódico, número 83
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