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Jarvis es Jarvis Cocker sin Pulp y sobre cualquier referencia que se escriba del disco planeará la sombra del grupo que lideró durante un cuarto de siglo. Aunque no había ninguna duda, el disco evidencia quién fue el cerebro del asunto: Jarvis fue el artífice de la mejor banda de pop británico de la pasada década. Coincidieron en el tiempo y el espacio con la resurrección del brit pop de los años ‘90 y por ello la crítica más miope los situó en su seno; sin embargo, Pulp venían de más lejos y se quedaron a recoger después de aquella fiesta. A diferencia de Blur u Oasis, Pulp no se conformaron con una puesta a punto de la preciosa herencia del pop inglés que recorre desde The Kinks hasta The Jam. Al contrario, Pulp decidió contaminar la tradición con ritmos hipnóticos, música de baile y unas gotas de cabaret. Hubieron de pasar más de diez años y recorrer el camino que va desde su Sheffield natal a Londres para que el crescendo de Common people los alzara al número uno que merecían desde hace tiempo.
Jarvis Cocker tuvo claro desde temprano que “I’m not like everybody else”. Su carrera es la lucha por superar su destino como hijo de familia disfuncional en Sheffield, una de las ciudades más deprimidas de la Inglaterra de Margaret Thacher. La música se cruzó en su vida en forma de guitarra y a partir de ahí comienza a recopilar fracasos que hubieran logrado que cualquier otro arrojara la toalla. Sin embargo, una de las principales virtudes de Jarvis es su capacidad de observación, la cual le advertía del triste destino que le esperaba al renunciar a la música y que, en última instancia, fue la que le granjeó el éxito, cuando el público percibió que era el perfecto trovador de la poesía destilada por la miseria. Entre tanto, reclutó en sus filas a una banda cuyos integrantes podrían opositar al título de Rey de la Colleja en cualquier instituto, pero juntos convertían su estética trasnochada y su aspecto marginal en una de sus bazas más poderosas. Porque, aunque cueste creerlo, aquella panda de feos, gordos y gafotas fueron lo más cool del momento durante su minuto de gloria. El éxito no les vino regalado, vale que a lo mejor no tuvieran más oportunidad que intentarlo o disolverse en el gris anonimato de la clase obrera, pero es que además obraron el milagro de forjar un sonido propio y, permítanmelo, acojonante. Ensuciando el pop británico con ritmos discotequeros y con un líder unas veces crooner otras espasmódico, evolucionaron desde atmósferas oscuras hasta las pistas de baile donde cosechan los frutos tantos años deseados. En su trayectoria dejaron discos magníficos y tres imprescindibles: His ‘N’ Hers, que supuso la concreción de un sonido propio, Different Class, el campanazo, y This Is Hardcore, la perfección formal, su obra cumbre. Con su siguiente trabajo We Love Live y contra pronóstico, entonan su canto de cisne, clausurando dignamente una de las trayectorias más honestas de la música de los últimos tiempos.
No soy como los demás
No resulta difícil comprender que alguien capaz de renunciar a la gallina de los huevos de oro decidiese apartarse del negocio musical durante largo tiempo. Jarvis Coker nunca se reprimió a la hora de morder la mano que lo alimentaba. Es por ello que inicia un periodo experimental orientado a borrar de su mente la memoria de la gloria efímera. Durante este tiempo ha flirteado con proyectos marginales, como su incursión en el rock electrónico con Relaxed Muscle y ha cedido canciones a grandes damas de la canción como Marianne Faithfull o Nancy Sinatra. Entre tanto, aquel tipo capaz de beberse una botella de coñac para escribir del tirón todas las letras del Different Class recoge sus trastos y marcha a París huyendo de la vorágine londinense, para reaparecer felizmente casado y en ciernes de ser padre.
Regresa un viejo amigo
Ha pasado el tiempo y es obvio que Jarvis no es de los que están por la labor de pasarse el día pegado a un entrenador personal que camufle los estragos de la edad. Porque, frisando los cuarenta, demuestra un estado de forma impecable. Y como prueba nos regala su primer disco en solitario: una extensa colección de canciones que demuestran que el que tuvo retuvo. Jarvis es una joya del pop incontestable que, lógicamente, nos devuelve el sabor de aquellos Pulp que lideró. Pero es otra cosa: aquí no encontraremos aquellos ritmos reiterativos ni desmadres instrumentales, lo cual certifica que si bien era el jefe, no era el único talento del grupo. Sin embargo, supone el reencuentro con una de las voces más personales del pop contemporáneo y con un genio de la melodía. Algo más pausado de lo acostumbrado, Jarvis supone el regreso de un viejo amigo al que da gusto ver así de bien. Y que sea por muchos años.
SHEFFIELD: MUSIC CITY
Recorrer las calles de Sheffield deja la misma impresión que una velada con la Norma Desmond de El Crepúsculo de los Dioses: decadencia en estado puro. Más conocida por la película Full Monty que por su pasado como capital del acero, cada rincón es un expositor de grandeza venida a menos. Suntuosas mansiones a punto de derrumbarse comparten espacio con fábricas abandonadas: restos de una antigua industria que atrajo un capital que, tal como llegó, se fue. Sus ciudadanos educados en el subsidio pasan el día entre la televisión y el pub y si no fuera por la universidad hoy sería un pueblo fantasma. Hay pocas salidas: o emigras, o ahogas la falta de expectativas en cerveza o te haces músico. Quizás por eso la vida nocturna sea tan animada y cualquier día de la semana se puede escoger entre una amplia oferta de conciertos, sesiones y fiestas. Tal vez Sheffield ya no exporte acero, pero durante las últimas décadas han salido de allí algunas de las bandas más notables de la música moderna. Antes que Pulp, Cabaret Voltaire nos enseñaron a situarlo en el mapa y recientemente los célebres Artic Monkeys. The Long Blondes son su siguiente entrega y seguro que no será la última.
Boletín radiofónico Diagonal Periódico, número 89
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