
ELLOS
No sentí miedo cuando ellos vinieron
y se llevaron a todos mis conocidos.
No sentí miedo cuando los sustituyeron
por unos dobles perfectos,
cuerpos sin alma que no experimentaban
las sensaciones más
básicas.
No sentí miedo cuando descubrí
con pesar que no se relacionaban
conmigo, que nunca se acercaban
a mí; que nunca me hablaban.
No, en aquel momento no sentí miedo. El pánico se desató cuando ellos vinieron a por mí y, tras observarme con atención durante una eternidad, decidieron que no era necesario sustituirme.
VIVO EN TU ARMARIO
Vivo en tu armario, oculto
entre tus ropas. Por el día
duermo, una de mis cabezas
apoyada sobre tus
zapatillas viejas, el cuerpo
colgando de una percha de
plástico. Por la noche me
despierto y te espío por la
rendija que tu madre deja
abierta. Sé que sabes que
vivo aquí, sé que se lo has
dicho muchas veces a tus
padres.
Sólo por eso te odio. Por descubrirme.
Me gustaría salir y despedazarte con mis dientes, hacerte pagar lo que me debes por delatarme.
Pero no lo hago. Me escondo entre tus ropas y espero, como he hecho siempre, soportando mi miedo en silencio. Porque yo no acecho; yo me oculto. Me oculto del monstruo que vive debajo de tu cama.
SOLO
-Hola, ¿estás solo? -susurró una
voz a mi lado, y las paredes del
ataúd ahogaron mis gritos.
DESNUDA
-¡Oh, por favor, vístase! ¡No puede
permanecer así, desnuda, delante
de estos jóvenes! -dijo el forense,
y varios alumnos dejaron escapar
una risita nerviosa.
OLVIDADIZO
Siempre he sido algo despistado.
Olvidaba lavarme los dientes al
levantarme, olvidaba hacer la cama,
olvidaba recoger la mesa.
Olvidaba acudir al médico, olvidaba
recoger las multas de tráfico
en el Ayuntamiento, olvidaba las
reuniones de trabajo a horas intempestivas.
Siempre de un lado para otro,
siempre olvidándolo todo.
Mis familiares, mis amigos, mis enemigos, todos me advirtieron. Varias veces me dijeron que un día, uno de aquellos en los que me mostraba más despistado, me olvidaría la cabeza en cualquier parte. Y acertaron. Ahora espero aquí, en una caja de cartón, en una olvidada oficina de objetos perdidos, a que mi cuerpo vuelva para reclamarme.
LOS MEJORES CLIENTES
-Si algo me gusta de mis clientes -dijo el encargado de la funeraria,
cosiendo los labios del
cadáver- es que nunca se quejan.
-¿Y si alguna vez lo hicieran? -preguntó el ayudante
con voz temblorosa.
-¿Acaso estás loco? ¿Cómo van
a quejarse? -respondió, ofendido,
el encargado- ¿No ves que coso
sus labios?
El cadáver asintió con un leve
movimiento de cabeza.
MOSCAS
Si tuviera que mencionar algo incómodo,
hablaría de las moscas.
Muchos se quejaban de nimiedades:
un brazo roto, una mandíbula
desencajada, cierta desorientación.
Nimiedades. Lo realmente molesto
eran las moscas. Revoloteaban sobre
nosotros continuamente, nubes
oscuras que zumbaban en nuestros
oídos sin piedad. Al principio tratábamos
de apartarlas a manotazos,
pero habíamos perdido coordinación
y sólo conseguíamos perder el
equilibrio y caer al suelo.
Algunos eran incapaces de levantarse
tras la caída.
Supongo que, con el tiempo, acababas por acostumbrarte, y pronto te olvidabas de las larvas que crecían en tu interior y se alimentaban de la carne podrida. Al fin y al cabo, podías sobrellevarlo medianamente bien, si controlabas la necesidad de devorar los cerebros de aquellos que, aterrados, huían de nosotros recordándonos que estábamos muertos.
HIDALGO
-¡Disimulad, creo que nos ha descubierto! -dijo una de aquellas criaturas
extraterrestres a sus compañeros,
invasores del espacio exterior
de cuerpo cónico, cabeza negra
terminada en punta y cuatro brazos
en forma de aspa.
Avanzadilla de una invasión de
características cósmicas, permanecieron
inmóviles, aterrados en presencia
de aquellas dos criaturas tan
dispares que identificaban como
humanos.
-¿Qué gigantes? -dijo Sancho
Panza.
-Aquellos que allí ves -respondió
su amo- de los brazos largos, que
los suelen tener algunos de casi dos
leguas.