
Su presencia es tan cotidiana que pasan inadvertidas. Sin embargo, las cámaras de videovigilancia están ya presentes en transportes públicos, centros educativos, cajeros automáticos, parques, calles y carreteras. Y su número se multiplica. Con el argumento de que protegen nuestra seguridad, la omnipresencia de los sistemas de videovigilancia amenaza con convertirse en una de las mayores herramientas para el control de los ciudadanos.
Basta con observar los datos. En Valencia, a las 565 existentes habrá que sumar otras mil nuevas ‘cámaras inteligentes’ que vigilarán las calles de la ciudad. En Madrid, las 12.000 personas que pasean diariamente por la plaza Mayor también pasarán a ser observadas. En Andalucía, más de 150 institutos poseen circuitos de vídeo desde donde se controla lo que sucede en pasillos, patios e incluso en el interior de la aulas. Y situaciones similares se producen en la mayoría de institutos de Secundaria de todas las Comunidades Autónomas.
Sin apenas darse cuenta, la sociedad se encuentra bajo un grado de vigilancia sin precedentes. Ningún dato personal se encuentra a salvo. A través de la tecnología es posible obtener con facilidad una imagen detallada de nuestra situación financiera o de las ayudas sociales recibidas, el estado civil y de salud, las transacciones telefónicas, nuestros gastos económicos e incluso nuestra filiación religiosa o lugar de procedencia. Es lo que se conoce como la vigilancia a gran escala. Cualquier movimiento económico queda registrado en los ordenadores. Cotejando unos con otros no cuesta obtener un completo perfil personal. Y las cámaras de vigilancia dan el último paso: poner imagen a la información.
Numerosos institutos recurren a sistemas de videovigilancia
La sociedad de la vigilancia a gran escala