
La persistencia de una idea única por algunos medios de comunicación respecto a lo que ocurre en algunos puntos de Latinoamérica es llamativa, especialmente desde la nacionalización de los hidrocarburos por parte del gobierno boliviano de Evo Morales. Para El País, ver la sombra de Chávez en casi todos los cambios políticos es una fijación recurrente.
Fernando Gualdoni, redactor de la sección internacional, es un ejemplo de esta práctica. En febrero de 2005 firma un reportaje bajo el título Ecuador teme a la chavización. Tres meses más tarde, ya como enviado especial a Ecuador, deja caer de nuevo la misma idea. La conexión venezolana, titula esta vez un texto suelto donde comenta cómo “la injerencia del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, en los conflictos del continente latinoamericano no ha dejado de lado a Bolivia”. Por último, recientemente le tocaba el turno a otro país: “EE UU teme la ‘chavización’ de Nicaragua”, arremetía el 5 de mayo para referirse al líder sandinista Daniel Ortega. “Su mandato”, criticaba, “marcado por el enfrentamiento con EE UU, acabó en una gran crisis económica y política tras el intento de implantar un sistema inspirado en el socialismo cubano”.
Expertos poco neutrales
En ocasiones, la agresividad que
muestran algunas crónicas está
directamente relacionada con los
intereses personales de quien las
escribe. En este sentido, el caso
de Norman Gall resulta especialmente
significativo. Los pasados
27 y 28 de marzo, la sección Investigación
y Análisis del diario
iniciaba una serie de artículos
donde bajo titulares como La dudosa
obra de Chávez y El caos
petrolero, Gall dibujaba una Venezuela
que, a su juicio, “más que
a Cuba, se parece a Nigeria”.
La visceralidad de esta crítica tiene poco de fortuita. Un vistazo a la biografía de Gall basta para ver cómo fue durante años consultor de la Exxon, petrolera estadounidense que ha ido perdiendo contratos en Venezuela debido a sus choques con el proceso político bolivariano. Gall, asimismo, ha ejercido también como consultor del Banco Mundial en los años ‘80, en pleno auge del neoliberalismo.
No más imparcial es la información que con frecuencia llega desde México. Allí la corresponsal de Prisa ha hecho las delicias de la derecha mexicana con su obra Marcos, la genial impostura, donde el zapatismo no deja de ser atacado a lo largo de 472 páginas. Otras veces se recurre directamente a las invenciones. Ludmila Vinigradoff, amiga personal de Gustavo Cisneros, antigua corresponsal de El País y actual periodista de ABC, no se despeinó cuando en pleno golpe de Estado anunció para CNN Plus la existencia de un video con la renuncia de Chávez, algo que hasta hoy nadie ha llegado a ver.
Los sucesos del 11 de abril: el golpe de las televisiones
El 13 de abril de 2002 la prensa
amanecía con la noticia de
que Pedro Carmona, líder de la
patronal, era el nuevo presidente
de Venezuela. El País, en una
crónica titulada ‘Un hombre
tranquilo tras el huracán’, le
definió como un hombre que
“raramente pierde las buenas
maneras”. Pero tanta educación
no evitó que en las menos de
48 horas que pasaron entre que
tomó el cargo y fue destituido
por la movilización de militares y
manifestantes partidarios de
Chávez, Carmona ‘el breve’ se
decidiera a suprimir el Parlamento
y la Corte Suprema de
Justicia, además de reservarse
el derecho a destituir a gobernadores
y alcaldes. El protagonismo
de la prensa en su subida al
poder hizo que los sucesos del
11 de abril se considerasen el
primer golpe mediático de la
historia. La manipulación llegó
al extremo cuando un montaje
de Venevisión acusaba a chavistas
de acribillar a 15 manifestantes
opositores, lo que sirvió
para justificar el golpe; si bien,
años más tarde quedaba
demostrado que los disparos
procedieron de los propios golpistas.
Pero no sólo los medios sirvieron de apoyo. Otto Reich, polémico subsecretario de EE UU para Latinoamérica y vinculado a casos de guerra sucia contra Cuba, se reunió con Cisneros y miembros de la oposición. Y el embajador español, fue el segundo, tras el de EE UU, en reconocer al Gobierno golpista. La posición de El País se refleja en una frase: “El ejército, espoleado por la calle, ha puesto fin al sueño de una retórica revolución bolivariana, encabezada por un ex golpista que ganó legítimamente las elecciones para convertirse desde el poder en un autócrata peligroso para su país y el resto del mundo”, aplaudía el diario tras el golpe.