Con bastante ingenuidad y pecando de optimismo, algunos creíamos que con la llegada de Obama a la Casa Blanca algunas cosas cambiarían en la política internacional de EEUU.
Las promesas escuchadas durante la campaña electoral del primer presidente negro de Norteamérica nos llevaron a pensar que por fin ese país abandonaría el camino seguido por los Bush -padre e hijo- en su política intervencionista y abrazaría, con todas las prevenciones posibles, una línea de actuación más cercana a la que se estila por Europa.
El balance tras el primer año de gobierno demócrata no puede ser más desesperanzador. Probablemente, por lo rompedora que era su campaña; por su figura, no solo política, sino porque también encarnaba los sueños de una importante parte de la población americana; y por ser el primer hombre de color en acceder a la presidencia, todos en el planeta esperábamos mucho de él. Y Obama no ha hecho en este primer año de legislatura casi nada de lo prometido.
Es difícil no remitirse a nuestro presidente Rodríguez Zapatero y a su promesa de sacar a las tropas españolas de Iraq, llevada a cabo nada más tomar posesión del cargo en su primera legislatura, al ver cómo una y otra vez se alargan los plazos de la prometida retirada de las tropas estadounidenses de Iraq.
También Obama hizo la misma promesa, pero pasado este primer año, no solo no la ha cumplido, sino que con el horizonte puesto en el 2012 como posible fecha de salida, ha reforzado la presencia de las tropas norteamericanas en Iraq con varios miles de efectivos más. Hay que asegurar la situación antes de abandonar el país.
A este avispero que para la política norteamericana constituye Iraq, se han ido sumando otros frentes, principalmente en Afganistán y Pakistán, en los que cada vez es mayor la presencia de tropas de EEUU.
Sembrando guerras
Pero parece como si una maldición acompañara a las tropas norteamericanas cada vez que el gobierno de turno decide iniciar una nueva confrontación. Aunque su misión fuera y es la de perseguir a los elementos terroristas que en esos países se asientan, causantes de la mayor etapa de atentados que se recuerda en el planeta desde la guerra de Vietnam, la realidad es que cada intervención se convierte en un nuevo frente.
Una nueva guerra larvada, de creciente intensidad, contestada violentamente y con numerosos atentados por los terroristas a los que se pretende atacar y fulminar. Que conlleva en todos los casos un gran sufrimiento para la población local, amén de hambrunas, miseria, huidas forzadas de sus habitantes de los lugares en guerra y un gran número de muertos y heridos, en lo que las autoridades militares llaman eufemísticamente como «daños colaterales». Desgraciadamente aquella frase de «matar moscas a cañonazos» tiene en estos países un gran sentido.
Ahora, en lo que parece una nueva vuelta de tuerca, EEUU y Gran Bretaña amenazan con abrir otro nuevo avispero, al situar en Yemen y Somalia las nuevas bases de entrenamiento de células terroristas de Al Qaeda. Sin duda dos de los países más paupérrimos del cuerno de África. Presas fáciles para los terroristas, ya que el desgobierno está instalado en las instituciones de ambos países igual que la anarquía, el hambre, las luchas tribales o los señores de la guerra que campan a su aire y manejan los destinos de los dos pueblos.

Si a todo ello se suman acciones como la de Umar Farouk Abdulmutallab, el nigeriano de 23 años acusado de intentar hacer estallar un avión de pasajeros estadounidense que iba a aterrizar en Detroit el pasado 25 de diciembre, les sobrarán motivos a Obama y Brown para poner en marcha nuevas ofensivas antiterroristas. Toda la atención internacional se ha concentrado los últimos días en Yemen, después de que el nigeriano confesara a los investigadores de EEUU que había sido entrenado por Al Qaeda en este país.
Pero primero, como suele hacer EEUU, desembarcará esa nueva CIA que Obama pretende crear, exportando los nauseabundos métodos que con tanto éxito –para ellos- aplicó en pasadas décadas en América Latina, Asia o África. Una nueva agencia «para el exterior» con licencia para todo, y ya sabemos lo que significa la palabra todo para estas gentes. Se encargará de defender los intereses de los dos países de los posibles o hipotéticos ataques terroristas, así como de impedir la formación de los llamados ejércitos del terror allí donde parece que se asientan. También formarán y equiparán a los servicios secretos y a los militares en la lucha antiterrorista. Resulta una dialéctica demasiado oída y usada en los últimos tiempos. ¿No es así como empezaron las cosas en Iraq o Afganistán?
Se abren, pues, nuevos frentes de batalla en los que las agencias privadas tipo Blackwater que prestan servicios de seguridad, o las empresas armamentísticas como Halliburton, propiedad del ex vicepresidente Dick Cheney, ya habían puesto sus ojos hace tiempo. Hay que dar parte del pastel a aquellos que apoyaron a Obama hace un año, permitiéndole acceder a la presidencia de EEUU.
Entonces nos ilusionamos pensando que las cosas serían diferentes, que cambiaría la política norteamericana cesando sus injerencias en otros países. El tiempo, como siempre, pone las cosas en su sitio: todo cambia para que nada cambie...
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Boletín Radiofónico DIAGONAL 139