
En el norte de África sus jóvenes piden pan y libertad, pero también trabajo y poder vivir decentemente sin tener que emigrar como sus hermanos mayores. En China, hartos de callar, de ser una ingente masa de mano de obra explotada hasta la extenuación, amarrada a la máquina de coser o a ese imposible andamio que levanta en días edificios enormes sin el más mínimo respeto a sus derechos laborales o medidas de prevención de accidentes. Y hasta en Chile, no hace mucho la democracia más respetada de Latinoamérica, ahora en manos de un gobierno de derechas presidido por el neoliberal Sebastián Piñera.
En Chile sus jóvenes luchan por una educación digna. Y no lo hacen solos, sus profesores y una gran parte de la sociedad chilena les acompaña en esta reivindicación. El movimiento estudiantil chileno ha transcendido las fronteras de la universidad y viaja de la mano de trabajadores, sindicatos y el ciudadano de a pie. No se reclaman favores imposibles, no se exigen promesas de difícil cumplimiento, simple y llanamente se pide un derecho largamente reclamado: Educación, eso sí de calidad y al alcance de todos.
Como era de esperar, la derecha chilena desde la atalaya del gobierno, prepotente y habituada a gobernar sin el más mínimo respeto por los derechos fundamentales de sus conciudadanos, se ha apresurado a mostrar su más absoluto desprecio por quienes salen a la calle y se manifiestan al grito de “estudiar es un derecho, no un premio”. Ante las manifestaciones su respuesta ha sido contundente, reprimiéndolas de forma salvaje y brutal. Los gases lacrimógenos se utilizan sin mediar provocación y como medida disuasoria inicial ante las concentraciones. Ya son más de cuatrocientos los estudiantes detenidos. En palabras de quienes salen a la calle se escuchaba esta pregunta: “¿Acaso no tenemos derecho a protestar y a manifestarnos?” Mientras la prensa del régimen abre sus telediarios y primeras páginas con estos altercados, pero solo para denostar a los estudiantes, sin entrar en el gran problema que acucia a Chile. La educación, y principalmente la universitaria, solo está alcance que unos pocos, aquellos que se la pueden pagar.
Y mientras, desde el gobierno se hace oídos sordos a las reclamaciones de los estudiantes o se lanzan ridículas propuestas para solucionar esta crisis, como la del presidente Piñera al crear el GANE (Gran Acuerdo Nacional por la Educación). En Chile esta iniciativa ha sido acogida en medio de chanzas y burlas, pues más allá de la ocurrencia de algún cerebro a quien se le ocurrió la brillante idea de semejante nombre, aprobado y celebrado por más de un dirigente inepto, subyace la evidencia de que en Chile quien no paga no estudia. Ya lo dijo el presidente chileno: "Nada es gratis en esta vida, alguien tiene que pagar". Al parecer Sebastián Piñera ignora la existencia de países donde la educación es gratuita.

Este gran problema, como reclaman estudiantes y profesores, debe ser afrontado con un cambio de la Constitución chilena, impuesta hace ya años por el dictador Pinochet. Otra herencia que los chilenos no han sido capaces de sacudirse y que planea sobre la sociedad, agarrotando cualquier posibilidad de cambios. Como sucedió durante la transición española, también Pinochet dejó “atada y bien atada” la educación en Chile. Sistemáticamente se impide cualquier intento de cambio estructural en materia educativa y, lo que es peor, tras ya cuatro gobiernos de concertación, que se haga el más mínimo progreso.
Tal vez por eso, la aparición en escena de Eduardo Frei, solidarizándose con el movimiento estudiantil y criticando a Sebastián Piñera, resulte ridícula y absurda. El señor Frei parece que ha olvidado rápidamente su paso por la presidencia de Chile, en donde sin duda y de haber tenido voluntad, bien podría haber puesto los cimientos para el desarrollo de una educación digna, de calidad y al alcance de todos.
Mientras, las protestas siguen en las calles de Chile. Al caer la tarde en su capital, Santiago, y en muchas poblaciones y barrios, sus gentes, que ya no tienen miedo, salen a la calle y manifiestan su hartazgo a cacerolazos, como se hacía durante la dictadura. En estas concentraciones se pueden ver a los jóvenes estudiantes, a sus profesores y con ellos a adultos, ancianos y niños que acuden con sus padres. Este será su bautismo de fuego, deberán aprender a defender un derecho que ya desde pequeños se les regatea, el derecho a recibir una educación de calidad y gratuita.
Boletín Radiofónico DIAGONAL 139