
En general a la TV se la critica siempre desde el mismo lado: telebasura, manipulada políticamente, violenta y demás, y ahí se acaba la crítica. Pero hay dos cosas mucho más importantes que no suelen ser objeto de revisión:
¿qué hace medio mundo mirando una bombilla de colores durante tantas horas y qué deja de hacer mientras tanto?
la naturaleza esencialmente comercial de la TV: más allá de la manipulación política, la verdadera manipulación es la comercial, las grandes empresas del mundo se sirven de esta herramienta de re-programación de nuestros cerebros para servicio de sus intereses.
A pesar de ser omnipresente resulta invisible a cuestionamiento político y social. Pero no sólo, también desde un punto de vista científico, la TV no es mencionada en ningún manual de psicopatologías a pesar de ser un factor clave de producción de las mismas. Evidentemente no es por casualidad, y merece, por tanto, algunas reflexiones al respecto.
Fernando Cembranos, sociólogo, psicólogo y militante de Ecologistas en Acción, analiza las características de él mismo denomina bombilla de colores y el proceso de trasplante de su microchip a nuestros cerebros, una cirugía psicológica totalmente sorprendente, que tras su aparente inocuidad esconde daños irreversibles.
Sirvan los siguientes datos a modo de contextualización de la gravedad del daño que la bombilla de colores infligiendo en nuestro cerebro y en nuestra forma de ver el mundo.
Aparte de internet, videojuegos y demás, el ciudadano español dedica, de media, cuatro horas diarias a ver la televisión, lo cual constituye una ocupación de más del 60 % del tiempo no regulado – tiempo libre. Lo que antes durante los últimos 50.000 se dedicaba a relacionarnos, procesando información y creando cultura, ahora se destina a recibir directamente en el fondo del cerebro mensajes más o menos emocionales sin posibilidad de hacer nada al respecto.
Por cada 10.000 minutos que en la TV se habla a favor de las grandes empresas, únicamente cabe un minuto de cuestionamiento de las mismas. Ello explica la verdadera naturaleza de la TV, y deja en entredicho la posibilidad ilusoria alimentada desde sectores progresistas de que de que se pueda hablar de ver críticamente la televisión.
Una pareja media norteamericana ve más de 30 horas a la semana de TV y hablan entre ellos 30 minutos. Esta cifra puede ser trasladada a nuestra realidad sin temor a cometer grandes errores.
Cabe imaginarse, sin ser muy exagerado, una familia normal con un niño que se levanta con prisas por la mañana, para acelerar el desayuno se ayudan del Disney channel, para no evitar molestias en el coche premian al niño con unos dibujos animados en el DVD del reposacabezas, cuando llega a la escuela ya encuentra encendido un ordenador para aprender los colores de manera interactiva y a la vuelta, por la tarde, y como la calle está secuestrada por los coches o la peligrosidad social, dedicará el tiempo de juego a superar los niveles propuestos por la gameboy o a ver los dibujos animados. Durante el fin de semana, y para desconectar, le trasladarán a la naturaleza, a saber, un centro de interpretación con estupendas pantallas que le introducirán también interactivamente en el conocimiento de la misma y la descripción de las estaciones del año, la flora y la fauna.

Durante los últimos 30.000 años el ser humano ha construido su manera de ver y de interactuar con el mundo a través de la observación y experimentación en el mismo, la naturaleza, sus animales y plantas, el territorio. La vida diaria en la actualidad para más de la mitad de los habitantes del planeta ha sido trasladada a entornos artificiales, carentes de ambientes estimulares, como son los hogares y centros de trabajo en los se pasa una gran parte del tiempo y en los que se toman las decisiones importantes. En un entorno así, simple, homogéneo, sin estimulación, una bombilla de colores resulta muy atractiva, y mediante un proceso de alimentación estimular la TV termina por construir la realidad.
La trascendencia de este aspecto es fundamental, es la TV la que ahora construye realidad, la cual en sí misma no sólo es una realidad virtual, sino que son los propietarios de los contenidos televisivos quienes además deciden cuál ha de ser esta realidad, deciden cuál ha de ser nuestra realidad.
A la postre hemos quedado desposeídos del territorio y, por tanto, hemos perdido interés por la gente cercana, y de forma más exagerada en ciudades grandes. Los personajes de nuestras vidas son virtuales, el número de personas reales ha disminuido de forma preocupante.
Por tanto, la televisión se ha constituido como un agujero negro de la interacción social, un sumidero destructor que suprime las relaciones sociales entre la gente para desplazarlas por relaciones espectador - pantalla, en las que no se da la comunicación o cuando se da viene acotada por una agenda impuesta por la misma televisión. La estructura del mundo llega impuesta por la TV, de ahí la facilidad de crear el pensamiento único. Todo ello ayudado por la idea de modernidad que constituyen las tecnologías de la información y la comunicación, lo digital y la alta definición, y sin emisión de residuos, etc., el fenómeno es muy grave y no se habla de él.
Ver la TV va más allá de la simple compañía y distracción, si la introducción de la TV en el cerebro es efectiva es porque apunta directamente a la misma línea de flotación, las emociones. Una revisión científica – psicológica – ayuda a comprender los mecanismos básicos.
El sistema nervioso necesita constantemente determinada cantidad de estimulación – alimento estimular -; genéticamente somos inquietos, siempre a la espera o a la búsqueda de ver algo ocurra, “nos gusta” que acontezcan cosas, tanto es así, que experimentos habidos de retirada de estimulación del sistema nervioso en seres humanos en poco tiempo provocaban psicosis irreversibles.
¿Qué está ocurriendo? Sin quererlo la atención – la mirada – se desplaza al lugar donde está el foco estimular, el sistema nervioso lo hace porque tiene esta característica. Esta necesidad primaria de recibir estímulos va más allá del argumento de que la TV informa o distrae. Antes la necesidad era resuelta de distintas maneras, se buscaban otras fuentes de estímulo, explorar un valle, ver los animales, cotillear con los vecinos. Ahora es la propia TV la que ofrece ese alimento estimular, ni siquiera hace falta que informe o sea interesante, simplemente basta con que entre el “ruidillo” por el sistema nervioso.
Por otro lado, el sistema nervioso no ha conseguido desarrollar a lo largo de la historia un órgano que distinga con claridad la diferencia que hay entre la realidad real y la realidad virtual. Esta característica es especialmente grave y de mayor trascendencia. A saber, después de medio millón de años en los todo aquello que veía era verdad, ha quedado programado que cuando el sistema nervioso ve una imagen en movimiento tiende a creérsela de forma intrínseca, mucho antes de racionalizarla. Por tanto ha pasado de preocuparse de historias reales, que ve y protagoniza, a preocuparse de historias virtuales, representadas en la pantalla.
Aunque en principio parece que cabe la distinción, el sistema emocional no lo interpreta así, ¿o es que no lloramos cuando vemos una película? Precisamente por esta falta de distinción se ha ido desplazando la relación entre los seres humanos y la realidad real - otros seres humanos, territorio - por una realidad virtual en movimiento, empobrecida, manipulada, pero que la interpretamos como la realidad misma.
La TV se opone, inhibe o interfiere con el sistema cognitivo complejo. La propia tecnología de la TV consiste en un continuo flujo estimular de imágenes al cual la abstracción - pensamiento complejo - se opone; si la TV funciona es porque lleva a lo concreto, obligando a desprenderse de lo abstracto tanto que al final resultan incompatibles. La TV va dirigida al sistema cognitivo primario, al emocional, funciona con otras reglas, cuando alguien intenta argumentar en la pantalla la audiencia no aguanta, la TV en general no es para eso. Lo cual también desarma la ilusión de ver críticamente la TV, como mucho cabría hablar de reflexionarla críticamente, pero siempre de forma posterior al proceso de recepción de las imágenes.
No sólo el sistema cognitivo, nuestra memoria aún distingue peor. Nosotros somos nuestra memoria, la cual constituye la huella de todas las estimulaciones recibidas a lo largo de la vida. Pero la memoria termina por olvidar las fuentes de información, quedándose sólo con la propia información. Cuando uno tiene memoria de algo – el otoño, un sindicalista, etc. – en general no tiene idea del origen de esa memoria, salvo en casos específicos. Por tanto, ya no sabemos cuánto de nosotros mismos somos directamente Telecinco.
El ser humano siempre se ha caracterizado por recurrir a la imaginación, ya sea para obtener alimento, ya sea para tener alternativas y construir otros mundos posibles, o simplemente para distraerse. A veces incluso con apoyos visuales y verbales. Pero la imaginación y la TV son incompatibles, con ventaja para ésta última por el menor esfuerzo requerido. El ejemplo de Harry Potter es suficientemente clarificador, en el Estado español primero llegaron los libros y los niños imaginaron su propio Harry Potter, cuando llegaron las imágenes todos los niños terminaron por tener el mismo Harry Potter.
Relacionado con lo anterior está la relación esfuerzo – rendimiento. Los seres humanos tienen que dedicar un esfuerzo alto para casi todas las actividades - relación, autorrealización, creación, etc. –, sobre todo al principio, y con el tiempo se van obteniendo resultados - satisfacción emocional. Con la TV esta relación o curva queda rota, el esfuerzo es casi nulo – darle a un botón y aguantar cuatro horas – y el rendimiento es inmediato, aunque no sea muy alto.
Lo que entra en el cerebro queda en su interior. Así nos vamos construyendo como personas, las experiencias, las relaciones. Pero también queda en el interior la basura que introduce la TV, desde Ana Rosa Quintana a Vicente del Bosque.
En general, pues, el cerebro “es ocupado” por lo que uno hace, por lo que “cuatro horas de TV en nuestro cerebro” están ocupadas por productores de contenidos televisivos con instrucciones muy fijas y otros intereses, además de que lo que se vive a partir de cosas que cuentan las pantallas son emociones, no experiencias, y encima incompletas, pues sólo utilizan dos de los cinco sentidos. Y todo lo analizado hasta ahora sin entrar en cuestiones de contenidos.

Mucha gente sostiene el argumento que la tecnología de la TV es neutral, que el problema radica su utilización. Particularmente con la TV este debate se mantiene incluso entre las mentes más progresistas. Dos características ayudan a desmontar esta falsa idea.
La propiedad y acceso a la tecnología.
En esencia el proceso establecido a través de la televisión consiste en que una persona con un micrófono habla a millones de personas. Eso nunca puede ser neutral, para llevarlo a cabo tiene que estar en manos de grandes concentraciones de poder. Podría contraponerse la pequeña videocámara familiar o incluso una TV comunitaria, pero nunca serán comparables con el fenómeno televisivo de masas, porque éste necesita la posesión y el manejo de satélites y tecnología aeroespacial, vinculada a los ejércitos, los consejos de administración de las cadenas televisivas, en general, ese entramado no es ni podrá ser nunca de propiedad colectiva. El sueño de una buena televisión nunca ha prosperado porque la TV sirve más para un tipo de mensajes que para otros, más para una forma de ver el mundo que para otra. Y ello sin entrar en el problema comercial, esencia misma de la TV.
El tipo de mensajes que caben ser transmitidos.
Los mensajes que transmite la TV son inherentes a la propia tecnología de la TV. En general a la TV le resulta más fácil transmitir lo simple que lo complejo, pero para entender el mundo en que vivimos sobra decir que es necesaria un poquito de complejidad. También prefiere narrar los hechos que las causas, pero muchos de los problemas son sistémicos y para resolverlos hay que conocer sus causas. Es evidente que se desenvuelve mejor en lo concreto a lo abstracto, pues esto último haría perder audiencia. Prima lo individual a lo colectivo, busca protagonistas, caras conocidas y pocas, nada de asambleas que son muy difíciles de televisar. Resulta más rentable la competición a la cooperación, ésta última no vende, aunque el mundo sobreviva sobre todo por la cooperación. Más ejemplos de prioridades en los mensajes que transmite la TV: lo extravagante frente a lo común, los hechos frente a las relaciones entre los mismos, los sucesos frente a los procesos, los datos frente a los significados de los mismos, la tensión frente a articulación, las relaciones mecánicas frente a las orgánicas, los líderes antes que los pueblos, los excluidos antes que la exclusión, la fuerza antes que la razón, en definitiva, la jerarquía más que la democracia.
La concepción del mundo que pretende la TV – más bien quienes la poseen y controlan - pretende reducir la diversidad a la uniformidad de sólo aquello que poseen las propias empresas que se publicitan en la televisión, tanto en productos como en servicios. Suprimir las miles de maneras que la población tenía de resolver sus necesidades, en función generalmente de los datos de sus territorios, para que esa cantidad de gente y de culturas más o menos resuelvan sus necesidades – y caprichos – en función de las ofertas de unas pocas compañías. Con esa esencia nació la TV. Todo lo que se achaca de la TV se explica más por esta idea que por cualquier otra.
Es decir, crear unas necesidades para ser satisfechas por los propios creadores de dichas necesidades. La TV, junto con el sistema financiero, han sido los mayores aceleradores de la globalización y la uniformización. De esta manera se está suprimiendo la diversidad cultural, que además era mucho más eficiente a la hora de afrontar y resolver sus situaciones.
En definitiva, pues, la naturaleza misma de la TV es hacerte desear lo que no necesitas.
El mensaje que se transmite de que el mundo está bien llevado por las compañías y que necesitamos recurrir a sus productos y servicios se realiza a través de procesos muy simples de creación de asociaciones emocionales que van al fondo del cerebro. Ya postuló en su día Narciso Ibáñez Serrador que la programación para el gran público era necesario diseñarla para una edad mental de trece años porque el cerebro de una persona de trece años funciona con este tipo de asociaciones. Ejemplo de esto puede ser la Nestlé, que a pesar de su impacto en las personas y en el medio ambiente, ha conseguido ser distinguida como natural, hogareña, cálida, tradicional, tierna, siempre utilizando este tipo de asociaciones sin argumentar.
Las personas aseguran que “eso son tonterías”, incluso las encuestas no terminan de demostrar la eficacia de estas relaciones argumentales simples; son los estudios de mercado los que sí demuestran que los mensajes han llegado al fondo del cerebro: quienes nos construyen y venden el mundo “no pueden ser tan malos”. Todo el capitalismo verde lleva trabajando estos mensajes con una eficacia asombrosa durante los últimos años.
Investigadores y sociólogos críticos con la TV aseguran que aunque esta teoría de la conspiración de la TV no está tan bien hecha como parece ni es de resultados inmediatos, sí que poco a poco va ayudando y el resultado final se va alcanzando. Ha conseguido que seamos incapaces de ver la verdadera guerra de las grandes compañías contra las personas y contra el planeta. La tecnología de la TV consigue con ideas simples y el marketing que las rodea que estemos ciegos ante lo que está ocurriendo.

En niños y niñas se produce un reemplazo de experiencias propias. Durante los quince primeros años de vida pasan tres y medio viendo la TV, eso en la época de desarrollo rápido de la persona constituye demasiado tiempo en el que han dejado de tener experiencias propias, para tener experiencias implantadas e incompletas porque la parte motora no existe.
Implanta también un discurso psicótico dentro del cerebro. La programación de la TV se crea a base de retales, ahora telerrealidad, ahora ficción, ahora telediario, ahora anuncio, etc. Se pierde el orden de las cosas y la argumentación, ya no se conocen los ciclos de los materiales, que las actividades requieren esfuerzo, etc. Cuesta entender cosas sencillas y se tiene una idea fantástica de la realidad.
Elimina el desarrollo de habilidades sociales y de organización y, lo que es peor todavía, desaparecen las habilidades de poder, para desarrollarlas hay que estar en las actividades, debatirlas, arriesgar, convencer, actuar y conseguir resultados, todo eso desaparece. Se tienen emociones sin acciones. Va, pues, en contra el desarrollo del sistema cognitivo complejo, lo cual es particularmente peligroso en edades de construcción de la persona.
En las personas mayores produce soledad, se puede llegar a hablar incluso de un proceso de exclusión del mundo real para pasar a estar en el de la ficción. Por eso están triunfando las redes sociales, porque establecen relaciones de baja intensidad emocional y lejanas, con poco contenido de información.
También importa miedos, sobre todo en sitios pequeños en los que todo el mundo se conoce y no ocurren grandes cosas extraordinarias; recibiendo mensajes de secuestros a todas horas la realidad emocional ya no tiene que ver con la realidad real del pueblo sino que parece que en el pueblo todos los días se secuestra a gente. El comportamiento finalmente se desordena, sobre todo en relación con los hijos.
Produce una configuración del pensamiento único, una restricción del discurso político, configura la idea qué se tiene de la tecnología, del desarrollo, y la economía. Esta es la parte más conocida de la crítica a la TV.
Con relación a la relación con el planeta. Acelera la globalización, es el principal agente productor de pensamiento único. También dificulta la retroalimentación con el territorio, lo cual es muy importante, porque los seres humanos iban modificando su cultura en función de lo que pasaba en el territorio, el circuito cultura-territorio se ha roto, la cultura de ha desadaptado con respecto al mismo y éste es susceptible de degradación con mucha mayor facilidad.
Por otro lado, produce desorientación temporal y espacial. Para muchos procesos es clave la observación de los mismos, pero la TV rompe su velocidad, se rompe el flujo estimular natural para mantener la atención. Eso va contra la percepción humana.
Finalmente se introduce una contaminación semántica de los términos. El más paradigmático es calidad de vida, lo cual se ha hecho equivaler a tener electrodomésticos en casa, nada que ver con los afectos y los proyectos colectivos.
En general, ha convertido al medio ambiente en algo curioso y residual. Cuanto más destructora es una empresa más asociada está su publicidad con la misma, como el sol de Repsol, la concha de BP, etc. A cambio el futuro pasa por la tecnología, alejado de la naturaleza. El aire, el suelo, la biodiversidad, etc. va a menos, cada vez más se dice que se tiene una economía intangible, que no depende del territorio, etc.
Lo que hay que hacer contra la TV no es directamente contra ella, sino que pasa más por lo que se podría hacer si no se viese: más relaciones humanas, más relación con el entorno, aumento el poder local, etc.
Otra cosa que se puede hacer es problematizarla. En los movimientos sociales no se entiende en general a la TV como un problema, y la crítica que se hace no está actualizada.
También hay que criticar su esencia. Aún habiendo ejemplos de buenas gentes en la TV en general constituyen una ilusión, experiencias poco significativas o directamente fracasadas. La esencia de la misma es unidireccional y eso hay entenderlo así para poder defenderse de ella. Reconvertir la idea ilusoria de mucha gente “progre” de que se puede ver la TV de forma crítica teniendo en cuenta que tiene serias dificultades de reforma interna.
Finalmente, y en el terreno de psicología, habría que incluir ver una bombilla que produce emociones al margen de la realidad como patología en la medicina, y actuar en consecuencia.
Boletín Radiofónico DIAGONAL 139