
Se habla mucho de la crisis o falta de valores de nuestra sociedad. Políticos –sobre todo de derechas–, comentaristas y tertulianos de los medios de comunicación pontifican sobre el asunto, henchidos de dignidad. También se dice que no es noticia que un perro muerda a un hombre, sino lo contrario: es decir, sólo es noticia lo extraordinario. Sin embargo, el pasado mes de julio se produjo en nuestra ciudad un hecho que por lo extraordinario debería haber suscitado la atención de medios y comentaristas, pero que, apenas reseñado en breves columnas un día, desapareció al siguiente en el pozo del silencio y del olvido. Nos referimos a la victoriosa huelga de los trabajadores de Saica, los cuales, tras 16 días de paro prácticamente total en las factorías del Picarral y el Burgo de Ebro, consiguieron frenar el despido de 22 compañeros que pretendía la empresa.
Hacía mucho, muchísimo tiempo, que los trabajadores de Zaragoza no conseguían mantener una huelga de estas características y alcanzar sus objetivos. Su lucha ha sido, además, un ejemplo de esos valores que algunos tanto echan en falta escandalosamente, para silenciarlos sin pudor cuando se producen. Los trabajadores y trabajadoras de Saica no han luchado por subirse el sueldo. Lo han hecho por sus compañeros despedidos. Su lucha ha sido un ejemplo de solidaridad, de compañerismo, de unidad de todos por encima de los intereses meramente personales.
La movilización de Saica tampoco ha sido como las que estamos acostumbrados a ver por los EREs o los convenios, que se reducen a concentraciones en las puertas de las empresas o en la plaza de España. No requieren otro esfuerzo que aguantar las inclemencias del tiempo y la indiferencia de los mirones. Y si hay paros suelen ser prácticamente simbólicos, más con el fin de llamar la atención de la opinión pública que de ejercer una presión real sobre la empresa.
Es el signo de los tiempos. No hay que olvidar tampoco el problema de los servicios mínimos. Baste recordar a los trabajadores de Tuzsa, por ejemplo, cuyos paros han chocado reiteradamente con unos servicios mínimos abusivos que hacían prácticamente inoperante el derecho de huelga. O la huelga de la limpieza de 2008, en la que, por la inauguración de la Expo, las trabajadoras fueron sometidas a unos servicios mínimos del 75% (poco más y las militarizan).
La huelga de Saica
Todo comenzó el 18 de junio pasado cuando la dirección comunicó al Comité de Empresa que pretendía “externalizar” la sección de Almacenes de Repuestos, lo cual suponía la supresión de cinco puestos de trabajo en la fábrica del Picarral y seis en la del Burgo de Ebro. Esta medida se haría efectiva el 1 de julio. La empresa afirmó de palabra que no habría despidos, ofreciendo como alternativa jubilaciones anticipadas, traslados a otras empresas del grupo Saica (en Almendralejo o Betanzos, por ejemplo) o la recolocación temporal de los “no despedidos” para cubrir puestos del periodo vacacional. Asimismo informó de su proyecto de reorganizar las secciones de Preparación de Pastas y Centrales de Energía, que podía suponer la supresión de otros 11 puestos de trabajo. La empresa no habló de despidos, pero se negó a garantizar por escrito la recolocación de los trabajadores y, lo que es peor, a mantener ninguna negociación al respecto.

Ante esta situación, la sección sindical de UGT, y ante la falta de acuerdo con los otros sindicatos para convocar a los trabajadores en nombre del Comité de Empresa (UGT es mayoritaria en el conjunto del Comité, aunque está en minoría en la planta del Burgo de Ebro) decide convocar asambleas en los dos centros de trabajo el 24 de junio. La postura de UGT es clara: la respuesta de los trabajadores debe ser inmediata y contundente, pues, una vez que la empresa haga efectivas las medidas y dada su absoluta falta de voluntad negociadora, es evidente que no dará marcha atrás. Tampoco valdrían las protestas parciales que no supondrían una verdadera presión sobre la empresa y sólo servirían para darle tiempo a ejecutar sus planes (“una vez despedidos, a ver quién es el guapo que los recoloca…”). Así lo entendieron también los trabajadores reunidos en dichas asambleas que decidieron consultar a toda la plantilla la declaración de huelga indefinida desde el primer día en que la empresa pretendía hacer efectivas sus medidas, es decir, el 1 de julio.
A ningún trabajador le gusta hacer huelga. Supone perder los jornales que tanto necesita su familia; supone exponerse a represalias por parte de la empresa, a poner en peligro su puesto de trabajo, a soportar tensiones y malos rollos entre compañeros... Tal vez por ello, las votaciones secretas dieron un estrecho margen a favor de la huelga. Sin embargo, he aquí otra gran lección de los trabajadores de Saica: el respeto de todos a las decisiones de la mayoría; un gran ejemplo de democracia y de hacer prevalecer la unidad de los trabajadores por encima de las opiniones personales.
El seguimiento de la huelga fue total desde el primer día en la factoría del Picarral, oscilando entre el 40 y el 100%, según los turnos, en la del Burgo. Esta diferencia podría explicarse por ser una plantilla más reciente, falta de la larga experiencia sindical del Picarral y formada por trabajadores más jóvenes que, como algunos señalan, están “más hipotecados”.
Como es natural, la huelga no estuvo exenta de tensiones. Si un baloncico que se mete entre tres palos levanta pasiones, lógico es que cuando están en juego los salarios y el futuro de cientos de hombres y mujeres se alteren los ánimos y se produzca algún incidente. Máxime cuando la empresa, saltándose la legalidad vigente –como dictaminó Inspección de Trabajo– trató por todos los medios de anular la huelga fomentando el esquirolaje, obligando al personal de oficinas a trabajar en las máquinas, realizando jornadas de más de 12 horas, etc., todo con el fin de no parar la producción.
No lo consiguieron. Las existencias de los almacenes, por cuya abundancia la empresa había justificado dos EREs de 14 y 12 días hacía bien poco, se vaciaron conforme pasaban los días. Inspección de Trabajo confirmó las prácticas ilegales de la empresa para mantener la producción. En el Burgo cada vez eran más los huelguistas, y la unidad de los trabajadores cada vez mayor. Por fin, el día 16 de julio la empresa firmó su compromiso de recolocar a todos los trabajadores en sus plantas de Zaragoza y negociar la reestructuración que tenía planteada.
Boletín Radiofónico DIAGONAL 139