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Opinión | Actuación policial desproporcionada

¿Quién nos defiende?

Una desproporcionada y gratuita, por violenta, intervención policial en el desalojo del CSO "El Paraguas", viene a ensombrecer aún más las últimas actuaciones de las fuerzas del orden público en Zaragoza.

Indignada
Jueves 30 de junio de 2011.
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Joven apaleado durante el desalojo del CSO "El Paraguas"
Fotos: Primo Romero

Tras la dictadura que sufrió este país, y ya en democracia, se nos insistía una y otra vez en que no debíamos de tener miedo a la Policía, pues estaba para defender al pueblo. Famosa se hizo una frase que venía a decir más o menos: «si la policía llama a tu puerta de noche, no tienes por qué preocuparte, no vienen a detenerte».

Pasados los años, pensábamos que la democracia en este país era un hecho, nada más lejos de la realidad. La Policía, ese cuerpo que se supone que está al servicio de los ciudadanos y fundamentalmente para defenderlos, en realidad se ha convertido, si es que alguna vez no lo fue, en un órgano represor de ciudadanos indefensos.

Estos últimos meses y coincidiendo con la debacle en la que está sumergido el gobierno del PSOE, y sin duda preparándose para los nuevos gobernantes que pronto ocuparán su lugar, las fuerzas del orden público han demostrado en sus últimas intervenciones que son capaces de mostrar lo peor de sí mismas.

Las actuaciones que han protagonizado tanto en desalojos de centros sociales okupados, huelgas generales o en las plazas de las ciudades donde acampaban los indignados, demuestran el desprecio más absoluto de «los lacayos del poder» frente a la ciudadanía. Pasando de los derechos de éstos, actuando con una violencia desproporcionada y gratuita, se han quitado la piel de cordero que nos hacía pensar que los tiempos de la policía franquista eran historia, para demostrarnos que la violencia más indiscriminada, los malos modos, los usos represores más duros y rancios, son una realidad.

Cuando aun no habíamos olvidado la funesta y vergonzosa intervención de los mossos d’esquadra en la plaza de Catalunya de Barcelona o el salvaje desalojo del CSO Kike Mur, hoy en Zaragoza, ciudad en la que hasta ahora las fuerzas del orden público habían tenido un comportamiento aceptable con los indignados del 15-M, el desalojo del CSO «El Paraguas», en la calle Lagasca, nos ha brindado una nueva ración de violencia gratuita de la policía frente al comportamiento pacífico y de resistencia noviolenta de los concentrados a la puerta del edificio. Éstos, como se puede ver en vídeos y fotografías reproducidas en los medios de comunicación, han mostrado en todo momento una actitud tranquila, siendo reprimidos por los agentes de forma violenta y sin mediar provocación previa.

Cabe destacar, por lo gratuito de la acción, la lluvia de patadas y palos que uno de estos jóvenes ha recibido. Precisamente este joven ha sido elegido por los agentes como «muñeco de punching ball» en el que descargar toda su furia y desprecio. Mediante una patada en los testículos ha sido noqueado, aprovechando esta situación de desvanecimiento para ensañarse con él. A tal extremo han llegado en ese ensañamiento, que tras ser lanzado a los pies de sus compañeros, ha tenido que ser evacuado a un centro hospitalario.

Esta intervención marca claramente la forma de entender la democracia y los derechos fundamentales por parte de la Policía. Los ciudadanos cada vez tienen menos derechos, ya se encarga el Gobierno de recortarlos, y los pocos fundamentales como el derecho de manifestación o el de protesta son reprimidos sin miramiento y con un uso desproporcionado de la fuerza.

Estamos en franca desventaja frente a quienes tienen en su mano el uso de la fuerza. Una fuerza que usan sin miramientos, exigiendo a los demás el cumplimiento de unas normas que ellos no cumplen. Vean sino esa práctica que ya se ha convertido en costumbre de no llevar placas identificativas -es de obligado cumplimiento- o en todo caso llevarlas boca abajo para impedir una fácil identificación. O esa otra de introducir infiltrados en manifestaciones y protestas para desestabilizarlas y luego tener pretexto para una intervención fulminante.

Esos parecen ser los usos democráticos de nuestras fuerzas del orden. Ya no sólo son los inmigrantes los destinatarios de sus prácticas xenófobas y racistas, ni los jóvenes de una determinada estética tachados de radicales y contra sistema. Ahora cualquiera puede estar en el punto de mira de los represores. Sólo hace falta que salgas a la calle a protestar, que difieras de la opinión oficial, que estés en contra de los mercados o contra la reforma salarial. Cualquiera de ustedes, tranquilos y respetuosos ciudadanos, puede y debe sentir miedo cuando se cruce con un uniformado de azul, no vaya a ser que piense que es un radical y la emprenda a porrazos y patadas contra usted.

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