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Entrevista | María Galindo, socióloga y anarcofeminista

"No hablamos para las feministas, hablamos para la sociedad"

María Galindo es una mujer libre que lucha por la libertad de las otras mujeres. Lo hace desde Mujeres Creando, el grupo anarcofeminista que cofundó en Bolivia en 1992. Autoras de lemas como “nuestra venganza es ser felices”, son un referente en todo el mundo por la imaginación y la profundidad de su lucha. Ella se define como grafitera y agitadora callejera: desde la calle trabaja, filma, escribe, habla, escucha. El pasado 17 de noviembre vino a Zaragoza a presentar el documental “Amazonas, mujeres indomables”, su último trabajo contra la violencia machista.

Texto y fotos: Elvira Lozano
Jueves 14 de enero de 2010.

¿Tienes alguna vinculación especial con Zaragoza?

Tengo una relación muy política con Zaragoza, hace muchísimos años. La primera vez que vine a España me vinculé con Zaragoza a través de una feminista autónoma, Esther Moreno. Fue un vínculo muy importante y precioso, porque aquella vez tenía la expectativa de construir una relación con lo que suponía que era un movimiento feminista de otro país, y en muchos casos encontré mucha arrogancia y un desinterés general por relacionarse con un movimiento feminista boliviano o latinoamericano. Zaragoza me vinculó con un conjunto de mujeres y de procesos de reflexión, en una relación horizontal, de mucho respeto, de ida y de vuelta: lo que nosotras traíamos se convertía en algo muy valioso para las mujeres de acá, pero también ellas nos devolvían una mirada muy valiosa sobre lo que hacemos. Por eso es como un rito, cada vez que vengo a España, siempre paso por Zaragoza, y siempre que presento algún material.

¿Quiénes son las Amazonas? ¿Cómo llegaste a ellas?

Desde hace muchos años tenía en la cabeza la necesidad de hacer un trabajo audiovisual sobre violencia contra las mujeres. Me interesaba su palabra directa, pero fuera de la lógica del victimismo, del testimonio de dolor. Y era muy difícil encontrar con quién hacerlo: quién puede trascender ese lugar de víctima pero pasando por ahí. En ese proceso me encontré con las Amazonas. Hubiera querido recoger experiencias de varios grupos, estoy segura de que en muchos lugares del mundo hay mujeres que sufren maltrato, que se organizan, toman postura frente a ello y lo superan, pero hubiera sido de una envergadura y costo enorme.

Hablas de trascender el papel de víctima. ¿Cómo pueden hacerlo las mujeres?

Con la palabra. La palabra te moviliza, te saca de ahí. Lo primero que necesitas es hablar, que no es denunciar, la cuestión es con quién. Uno de los grandes problemas de las mujeres víctimas de maltrato que se quedan en su condición de víctimas es que o están mudas o cuando hablan están hablando solas. No tienen otra persona que las escuche y las saque de ahí. La magia que construyen las Amazonas es que las mujeres hablan y la que escucha es otra mujer que ha pasado por una experiencia de maltrato, que sabe cómo salir y que esa palabra la conduce. Segundo, necesitas que la persona que te escucha no te despoje de tu horizonte, tiene que escuchar aquello que quieres hacer. Tú tienes una voluntad, cuando estás hablando del maltrato es porque quieres resolverlo. Para ello tienen que dar valor a tu palabra. Las Amazonas utilizan la palabra, dejan a la mujer hablar, reconocen en lo que cuenta una voluntad, una intención, y respetan lo que esa mujer quiere hacer. Son tres elementos fundamentales.

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Amazonas, mujeres indomables
Las Amazonas son un grupo de mujeres del Bajo Flores, un barrio marginal de Buenos Aires, que decidieron organizarse para enfrentar y resolver los casos de violencia machista que sufrían. La Comisión de la Mujer de la Federación de Asociaciones de Barrios de Zaragoza (FABZ), junto con Odeonia, organizó la presentación del documental de María Galindo con motivo de la conmemoración del Día Internacional por la Erradicación de la Violencia Sexista, que se celebra el 25 de noviembre.

Es precisamente lo contrario de lo que se hace desde las instituciones.

La institución es como idiota. No sabe lo que necesitas porque no entiende lo que hablas. Pero al mismo tiempo, es arrogante. No entiende lo que dices, lo homogeneiza, cuando en realidad cada historia de maltrato es distinta. Y el tipo de acción responde a un protocolo formal: en este tipo de casos hay que hacer esto. Pero no hay “estos casos”, yo soy Juana, y en mi caso yo quiero hacer esto. La institución no reconoce tu voluntad, te mira como un ser humano sin deseo.

¿En qué momento tomaste conciencia de la necesidad de luchar y movilizarse?

No sé explicarte, vivo y trabajo en una sociedad muy dura, donde hay muchas urgencias: todo es dramático, la muerte está muy presente, y todo era para ayer. En una sociedad con toda su crueldad al desnudo, viéndola de cerca. He crecido con el sentimiento de que la sociedad hay que cambiarla, que hay que luchar, que dónde está la justicia. Y de meterme en cualquier sitio donde fuera a ser útil. El primer capítulo fue la izquierda, que te habla de cambio social, pero me di cuenta rápidamente de que la izquierda era un lugar discursivo, inactivo, muy masculino, mediatizado por esa visión masculina. Critiqué profundamente la izquierda y construí un lugar autónomo de mujeres desde el feminismo. Pero todo fue un proceso lento, precioso. Cuando fundamos Mujeres Creando, en nuestra primera acción nos insertamos en un barrio popular periférico de La Paz. Yo hacía tónicos para la desnutrición, tenía una receta buenísima, con alfalfa, miel de abeja... Éramos 15 mujeres que íbamos por el barrio, una especie de promotoras de salud, tocando a las puertas y haciendo tomar el tónico a los niños.

Pero en ese proceso, a una de las promotoras la mató a golpes su marido. Y todo el barrio condescendió. Ella era feminista, estábamos trabajando sobre la desnutrición, al servicio de la gente. Y nadie quiso señalarlo ni denunciarlo. En su entierro hubo una escena horrible porque el hombre se victimizaba, “ay ahora qué voy a hacer”, y el barrio lo amparaba. Cuando regresamos les dije a las compañeras: esta casa se cierra, no voy a volver a trabajar para ser funcionalizada por una estructura machista como esta. Hay que trabajar desde una lógica de movimiento, interpelando. No he hecho desde ese día ni una vez más el tónico contra la desnutrición.

Desde la llegada en 2006 de Evo Morales, de la izquierda, al poder en Bolivia, ¿se ha notado algún cambio en las políticas respecto a la situación de las mujeres?

Primero tenemos que cambiar el chip. Nosotras no somos ni un tema, ni una particularidad ni una periferia, sino un sujeto político. El conjunto de lo que se hace es el conjunto de lo que nos afecta. En ese contexto, creo que Evo Morales está en un proceso de caudillización, muy dañino para la sociedad boliviana. Critico sus alianzas con el ejército boliviano, que es el núcleo del fascismo y la corrupción, y sus alianzas con la banca y el sistema financiero. Creo que Evo, si bien fue una parte importante del proceso, se ha centrado completamente no en las transformaciones sino en el control del poder. Dentro de sus políticas, ha generado un clientelismo populista, a través de bonos. Uno de ellos tiene un contenido para mí fascista: es un bono para las mujeres embarazadas, como lo tenía Aznar, Hitler, o los gobiernos más conservadores del planeta. Ese bono consiste en 5 euros cada vez que se hacen la revisión médica durante el embarazo. Es miserable, se da en función de las mujeres como aparato reproductor y de la salud del niño. Cuando el niño nace ese bono tiene un año más de continuidad pero ya es para él. Es un escándalo. Eso es su relación con las mujeres, y lo retrata de cuerpo entero.

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Foto: Mujeres Creando

Desde el lema radical de “lo personal es político”, ¿cómo se puede llegar a la gente de la calle, a las mujeres que se quieren liberar pero cuya vida no casa con el discurso feminista?

Ese problema en Bolivia nosotras no lo tenemos, porque no nacimos dentro de una burbuja, un caparazón, un refugio. Nacimos de cara a la sociedad, y tuvimos todo el tiempo la lucidez o la intuición de que ese era el lugar donde había que estar. No dejarte mediatizar por la academia, por el grupo feminista. Nosotras no hablamos para las feministas, hablamos para la sociedad. Mujeres Creando es una excepción, a nivel probablemente de América Latina, porque somos una referencia social. La vendedora de pan sabe quiénes somos, qué pensamos. No la convocamos desde la arrogancia, ni planteándonos como modelo, ni negociamos con ella un feminismo más suave, porque es mentira suponer que una mujer de barrio no va a entender un lenguaje radical. “Amazonas” está hecho con mujeres populares, de un comedor popular, y su discurso es pura nata, yo lo suscribiría mañana. Pero no lo recogen de nosotras, lo han construido desde su realidad. Suponer que el feminismo es la versión ilustrada de lo que debe ser una mujer, es una mirada clasista. El feminismo es la rebelión contra los mandatos de sumisión patriarcales, y eso está instalado en la vida de todas las mujeres, en un pequeño pueblo también. Lo que hacemos es actuar, usamos un lenguaje muy sencillo, que las ideas sean cortas y claras. Por eso entre otras cosas somos grafiteras.

Más que el discurso teórico usáis el grafiti.

Pero en el grafiti están contenidas muchas cosas, y nuestros grafitis los entiende cualquiera. Tenemos uno para las vendedoras que les gusta mucho que dice “el mercado es mi trabajo sin patrones y es mi casa sin marido”. O tantos otros, “mujer que se organiza no plancha más camisas”... Trabajamos sobre los problemas concretos, mi día a día está hecho sobre la materia prima de lo que la gente nos va proponiendo. No tenemos el problema de un discurso elitista que hay que volver más didáctico. El error está en la metodología. Nosotras partimos de la calle, de la cotidianeidad de la puta, la vendedora, la loca, la joven, la estudiante. Partimos del sujeto y luego construimos el discurso. Primero está el sujeto, y en gramática también es así.

¿Es posible intervenir desde dentro de las instituciones?

Yo tengo un fuerte discurso anti-institucional. Creo que la institución te devora, te funcionaliza rápidamente. Es una estructura con doble pliegue de poder: cuando estás dentro tienes encima a toda la institución, más la forma como la sociedad ha asumido que esa institución es y debe ser. Un policía tierno es un absurdo. Un soldado antimilitarista es un imposible. Un antimilitarista no dice “voy a entrar en el ejército para cambiarlo”, dice “lo voy a repudiar, a rechazar”. No hay nada que negociar ahí. Tengo muchos amigos en el Gobierno, pero no porque sea una mujer importante sino porque ¿quién no se ha metido ahí adentro?, y no conozco ni un solo ejemplo, ni siquiera en Evo, de entrar ahí y ser capaz de transformar esa estructura. La opción es la siguiente: dónde quieres poner tu energía como movimiento. Porque un ser humano tiene una vida corta y una cantidad de energía reducida. Yo tengo 45 años, en Bolivia trabajo 10 horas al día. No voy a poner mi energía en esclarecer la institución para que modifique un protocolo. Pero sí puedo poner días enteros en que una mujer resuelva un tema existencial de violencia. La víctima puede trascender ese lugar pero necesita no sentirse sola. Eso tiene un efecto multiplicador mucho más grande que si cambiamos el protocolo de la institución.

¿En que proyecto estás involucrada ahora?

Nosotras estamos con dos cosas muy lindas: tenemos una casa autogestionaria en La Paz que se llama la Virgen de los Deseos, donde hemos logrado conjuntar política concreta, que son las urgencias, con los sueños a largo plazo. Y creo que eso es posible. Hemos hallado allí un método muy bonito para que se encuentren la emergencia y la utopía, porque parece que cada una fuera por su lado. Otro proyecto en curso es Radio Deseo, que nos absorbe mucho trabajo. No queremos hacer el formato de radio alternativa, creemos que es muy importante la calidad. Me duele mucho cuando la lucha parece que fuera lo opaco, lo gris, lo que no seduce, lo que no es bello, interesante, lo que redunda siempre en los mismos tres o cuatro contenidos. Nosotras estamos en hacer una lucha colorida, seductora, que no sea un gueto. En nuestra radio hay 32 personas, dos cobran salario, cada quien con su discurso, sobre la base de un pacto ético general: no racismo, no clasismo, no machismo ni homofobia, para que salga toda la riqueza del ser humano. Nuestra casa es mixta, somos un grupo de mujeres feministas radicales, pero tenemos muchos escenarios de discusión e intercambio con varones. Los hombres vienen y hacen también programas en nuestra radio, pero las anfitrionas somos nosotras. Es como a la inversa. En el fondo hemos construido un modelo de intervención en la sociedad que nos hace muy felices. Y eso nos da mucha fuerza. ¿Proyectos? 35.000 pero no me atrevo a decir nada, porque todo está en el horno.

* Entrevista publicada en el nº 85 de la revista La Calle de Todos, que edita la Federación de Asociaciones de Barrios de Zaragoza (FABZ)

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