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Opinión | Fiestas populares y maltrato animal

Media hora de agonía, media hora de bárbara diversión

Como cada verano, se repite una vez más por pueblos y ciudades españolas la bárbara tradición de los toros alanceados, apaleados, cosidos a dardos, la defenestración de cabras y patos desde torres de iglesias o las carreras en las que pollos y otras aves son los trofeos que se consiguen tras ser descabezados.

Maribel Martínez
Jueves 15 de septiembre de 2011.
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Unidos contra el maltrato animal. Imagen cortesía del blog Ética y ciudadanía

Si un ciudadano de un país lejano me preguntara cómo es la sociedad española, entre las muchas informaciones que tendría que darle para explicarle cómo somos, debería decirle que una de nuestras señas de identidad más rancia y vergonzosa es, sin duda, el salvajismo y la violencia con que tratamos a nuestros animales.

Dicho esto, seguro que a continuación se levantarían innumerables voces, contrarias a esta tajante afirmación, que expondrían razones mil para asegurar que en este país se trata bien a los llamados seres irracionales. ¿Quién tendría razón?, probablemente las dos opiniones.

En este país nuestro, como en otras muchas cosas, los ciudadanos nos dividimos entre los que aman y respetan a los animales, los consideran como algo importante en sus vidas, de quienes reciben una impagable lealtad, la necesaria compañía que no tienen y, a acaso, incluso razones para seguir adelante, y por los que sienten cariño, respeto y empatía. Frente a estos se encuentran aquellos otros, de los que sin duda hay millones, que no ven en estos seres más que esa presunta irracionalidad. Son personas como usted o como yo, capaces de demostrar hacia su familia y semejantes toda clase de cariño y amor. Imagino que incluso dispuestos a las mayores heroicidades, si de lo que se trata es de salvar a un ser humano.

Pero, ¡ay amigo!, su comportamiento con los animales es bien distinto. Lo vemos a menudo en plazas de toros, fiestas populares o incluso en su vida diaria. Son capaces -y sin inmutarse- de asistir a la ceremonia terrorífica de ver maltratar, apalear, lancear y por fin matar a un animal sin que les tiemble el alma. Y lo que a mi modo de ver es peor, sin que siquiera se planteen que eso que acaba de suceder es una abominable ceremonia de agonía y muerte gratuita y terrible.

Dice el dicho popular que la cultura de un país se demuestra entre otras cosas por el trato de sus ciudadanos a los animales. Si hemos de medir nuestra cultura por cómo se los trata aquí, desde luego en España salimos mal parados. Como sociedad, la española se considera moderna. Los españoles nos miramos al espejo y creemos ver a ciudadanos trabajadores, medianamente cultos y, sobre todo, grandes defensores de los derechos humanos. Nos gusta presumir de que formamos parte de esa Europa moderna, a veces como ahora, maltrecha económicamente, pero que ha sido capaz de grandes avances en temas sociales.

Todo eso más o menos es cierto, pero en lo que a derechos de los animales se refiere, dejamos mucho que desear. Países como Alemania, Países Bajos, Dinamarca e incluso el Reino Unido tienen normativas rigurosas y bien definidas por la Unión Europea que determinan el trato a los animales, no solo los destinados a compañía y solaz de las personas, sino también aquellos que al final de la cadena terminarán en nuestra mesa. Mientras, en este país seguimos permitiendo el maltrato y abandono de los animales de compañía o las peleas de gallos. Dejamos sin castigo a los cazadores que al terminar la temporada cuelgan de un árbol a su perro o lo abandonan en medio del campo, atado y sin comida. Se consideran como una demostración del más racial arte y de la más genuina cultura, incluso como parte del patrimonio hispano, las corridas de toros, las fiestas y carreras de pollos, las cabras tiradas desde las torres de las iglesias, los toros perseguidos con dardos, alanceados, acorralados a golpes y otras barbaries que jalonan las fiestas patronales de nuestros pueblos.

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Integrantes del PACMA rompen una lanza en Tordesillas. Imagen cortesía del Partido Animalista Contra el Maltrato Animal (PACMA)

No hay pueblo que no programe en sus fiestas una de estas salvajes ceremonias. La valoración que hacen los convecinos de su ayuntamiento gana puntos cuando éste incluye en el programa de fiestas encierros, corridas y cualquier otra mal llamada “fiesta” en la que los toros y otros animales tengan presencia. Para ello se constituyen asociaciones y patronatos como el del Toro de la Vega en Tordesillas (Valladolid), al amparo no solo de esos ayuntamientos, sino con el beneplácito de sus párrocos, que permiten la defenestración de los animales desde las torres de sus iglesias como en Manganeses de la Polvorosa (Zamora) o bendicen a los participantes que se acogen al manto protector del patrón o patrona religioso de turno. Participantes que no ven mal alguno en estas sangrientas fiestas. Se consideran con derecho a perpetuarlas y transmitirlas como un precioso valor a sus hijos. No permiten críticas ni injerencias, son tradiciones de toda la vida, y como tales deben de continuar.

Es indudable que a muchos de nosotros tales prácticas nos repugnan, nos revuelven las tripas, mostrando nuestra repulsa por tales actos bárbaros y sin sentido. No le encontramos la gracia ni el sentido y clamamos por un trato digno para aquellos mal llamados irracionales. Esta actitud, que en cualquier país europeo pasaría por ser normal e incluso se castigaría de no ser respetada, en el nuestro de pandereta, a pesar de las tímidas reformas legales sobre el trato a los animales de granja o los destinados a experimentación, se permiten y fomentan tales festejos por la autoridades al socaire de que es culturalmente una tradición de siglos, que atrae turistas y visitantes y deja pingües beneficios a empresarios y ayuntamientos.

Nos tachan de locos, ilusos e incluso de provocadores. Desde su punto de vista somos unos incultos, pues estamos en contra de estas bárbaras prácticas que para ellos son arte, cultura y tradición. ¿De verdad lo creen así? En ese caso tal vez sería necesario cambiar algunas nociones básicas sobre estos temas. Porque hasta hace bien poco también se consideraban como patrimonio cultural las cabezas reducidas de los jívaros; arte, matar elefantes para hacerse con sus colmillos, transformándolos en objetos de arte suntuario y religioso; o tradición, la caza indiscriminada y hasta el borde de la extinción de miles de animales en África.

No sé qué opinarán ustedes, pero para mí arte, cultura y tradición son otras cosas. Tal vez si estos ciudadanos leyeran más libros, visitaran más museos o conocieran de primera mano la zooterapia, el trabajo que con animales se hace en cárceles, hospitales y asilos, por poner un ejemplo, sus opiniones cambiarían.

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