
Egipto es civilización antigua, cultura milenaria, pero también es desarrollo y miseria, atraso y modernidad, religiones y gente. Sobre todo, Egipto es su gente. Esa gente amable hasta el servilismo, simpática, cercana, «tocona» y comerciante, que ante el turista ofrece su mejor cara, aunque no siempre esa cara sea la que refleja el espejo en que se mira el país.
Visitar Egipto es sumergirse en otra cultura, en una civilización y un pueblo que desde hace miles de años nos enseña que no siempre los que venimos de fuera tenemos la patente de lo que es correcto, está bien o puede ser aceptable. El turista que visita esas tierras, casi siempre por una sola vez y a la carrera, se enfrenta a este país con prejuicios nacidos principalmente de las diferencias culturales y religiosas.
La vida del turista es por unos días la vida de un rey. Un ejército de personas, casi siempre hombres, con una sonrisa en los labios, están a tu disposición para servirte, acompañarte, guiarte y enseñarte las maravillas que Egipto atesora. A menudo entre los viajeros se escucha una frase repetida mil veces: "la vida del turista es dura". Tal vez sea porque nos pasamos todo el tiempo cual alocada hormiga corriendo de un lado para otro, madrugando a horas intempestivas, pasando calor y sed. Todo para ver la mayor cantidad de lugares turísticos en el menor tiempo posible. En una alocada carrera contra el reloj, cada vez nos parecemos más a los japoneses, que a la manera de una marabunta bien organizada, son capaces de visitar Europa en una semana.
Mientras los «sufridos turistas» recorremos el Nilo en barcos más o menos lujosos -para los egipcios siempre lo son- o visitamos las pirámides, una pléyade de afanosos trabajadores se encarga de hacernos la vida lo más agradable posible. Con una sonrisa iluminando su cara y una amabilidad que siempre desconcierta y sorprende.
Nabil es nuestro guía en este recorrido por Egipto. Lleva más de 25 años acompañando a los turistas. Nos cuenta que tiene un máster en egiptología -todos los guías parecen ser licenciados en historia o en arte-, pero que trabaja en el sector turístico porque su salario es mucho más alto que el de un profesor de universidad o un médico. Desde el primer momento parece empeñado en ofrecernos una visión diferente no solo del antiguo Egipto, sino también del país actual.

Un buen guía
Por anteriores visitas y comentarios de otros viajeros, sabemos que los guías pertenecen a dos grupos: aquellos bien formados, preocupados de que conozcamos su país, pero también están los otros, los que ofrecen con desgana una visión de Egipto más cercana a películas de aventuras tipo Indiana Jones que a la realidad.
Si de verdad aspiras a conocer cómo es esta tierra y sus gentes, reza para que te toque alguien como Nabil. Habla apasionadamente de sus compatriotas, tanto de los que habitaron estas tierras hace 4.000 o 5.000 años, a los que parece haber dejado solo hace un rato rezando en sus templos o comprando en el mercado, como de los actuales, a los que no duda en criticar por sus actitudes machistas, su poco respeto por las ciudades en las que viven, las desigualdades sociales o por su vuelta a la ortodoxia más ultramontana en materia religiosa. No en vano pertenece a la minoría copta en un país mayoritariamente musulmán.
Escucharle es acercarte por unos días a ese país soñado por todos nosotros, ignorantes de su cultura milenaria y de unos monumentos a los que ciertamente en una sola visita no podremos sino echarles un vistazo. Pero también es conocer la realidad actual de un país con grandes desigualdades económicas y sociales, con un presidente, Hosni Mubarak, que dirige Egipto con mano de hierro desde hace más de treinta años, empeñado en perpetuarse a través de su hijo, en lo que se parece ciertamente a una dinastía faraónica. Sucesión ampliamente contestada por el pueblo que desea elecciones libres y democráticas. Y sobre todo impregnado por una vuelta a los valores más ultras en materia religiosa.
Tras dos guerras que perdieron contra Israel, Egipto se ha convertido en un país pobre, no hay más que pasearse por sus ciudades y pueblos, y con una dependencia cada vez mayor de Arabia Saudí que, a cambio de la ayuda económica imprescindible para subsistir, impone un concepto de la religión mucho más conservadora que la que existía no hace mucho. Cada día son más los egipcios ultra ortodoxos que hacen gala de su forma de entender la religión y la vida como una cruzada contra los que no son como ellos. En Egipto no ser musulmán, algo que consta en el pasaporte y en la tarjeta de identidad, es estar condenado como minoría a no poder ejercer determinados puestos de relevancia tales como rector de universidad o especialidades médicas de prestigio. Las mejores universidades, financiadas por Arabia Saudí, son musulmanas y está vetada la entrada para aquellos que no pertenezcan a esta religión.

Vivir en Egipto
Vivir y trabajar en Egipto supone una carrera de fondo, en la que el sueldo, casi siempre bajísimo, se complementa con trabajos en «negro», propinas, mercadeos sospechosos y trapicheos mil. Es imposible saber lo que gana un egipcio, pues su magro sueldo, de menos de 100 euros mensuales, en la mayoría de los casos se complementa con ingresos «bajo mano». Si dos egipcios se saludan, es posible que al hacerlo no solo estrechen sus manos, sino que además se produzca un intercambio monetario. El dinero, en propinas más o menos veladas, corre de unas manos a otras a gran velocidad. Además se considera normal y aceptable el soborno a funcionarios, policías o gentes de cierto nivel, como único modo de conseguir algo.
Ser mujer en Egipto es pertenecer, salvo honrosas excepciones, a otra minoría, esta vez silenciosa, velada y tapada, que en las zonas rurales apenas se ve por las calles y en las ciudades transita apresurada hacia el trabajo, las compras o sus casas. Encontrar una que no lleve velo es casi imposible. De treinta años para acá han pasado de llevar el pelo descubierto, tirantes, minifalda o los brazos visibles a vestir de negro, casi totalmente tapadas y con solo partes de su cara o las manos a la vista. Las más osadas, casi siempre jóvenes, usan velo y ropas modernas pero decorosas y dentro de una «estricta decencia».
Durante nuestro crucero compartimos estancia con un grupo de jovencitas de la alta sociedad, no mayores de 14 ó 15 años, que estaban en viaje de estudios acompañadas de sus proferores. Pertenecientes a un colegio alemán, bastante caro según nos comentaron, disfrutaban de la piscina del barco como cualquiera de nosotros. Sin embargo, supimos que en opinión de los jóvenes trabajadores del barco eran llamadas «las putas» por su forma de vestir, a la europea, y sus risas y juegos, los propios de cualquier joven de su edad. Mejor no imaginar lo que pensarían del resto de los viajeros.
Con todo, este país de contrastes, está compuesto por una amplia clase baja, millones de pobres y una pequeñísima y rica clase alta. Gracias a esos millones de trabajadores se mantiene en un equlibrio precario su economía, sustentada sobre todo en el turismo. Pero es también un país feliz, que se conforma con poco para serlo, alegre, festivo, que recibe a los turistas con los brazos abiertos, dispuesto a compartir sus tesoros y a enseñarnos, a poco que nos dejemos, que otra forma de entender la vida es posible.

Egipto se prepara para enfrentarse a unas elecciones presidenciales en 2011. Dos conceptos antagónicos de cómo debe avanzar y mejorar el país pugnan por ganar la batalla. El raïs Mubarak, enfermo de cáncer de duodeno, convalece estos días de una operación en un hospital alemán, mientras que su hijo y delfín, llamado «el heredero» Gamal Mubarak se apresta a continuar la dinastía, al ser presentado por su padre y mentor como su sucesor y futuro presidente de Egipto.
Al régimen de Hosni Mubarak, tildado en algunos sectores progresistas de «dictadura blanda», se le acusa de haber amordazado la vida política, violar los derechos humanos y ser incapaz de reducir la pobreza. Esta es por tanto una sucesión ampliamente contestada por el pueblo, que desea elecciones libres y democráticas.
El principal oponente es Mohamed El Baradei, ex director del Organismo Internacional de la Energía Atómica (AIEA). Desde hace tiempo se rumorea insistemente en los medios egipcios que El Baradei podría presentarse a las presidenciales de 2011. Partidario de democratizar el sistema, su reciente entrada en escena ha reabierto el debate en una sociedad narcotizada por un régimen que no permite muchas veleidades democráticas.
El Baradei, de 67 años, ha dado a entender que podría presentarse a la presidencia con la condición de que se levanten las numerosas restricciones legales a las candidaturas independientes. En él hay depositadas grandes esperanzas por aquellos que desean un país más democrático, pero Gamal Mubarak sigue teniendo el apoyo del establishment y del ejército.
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Boletín Radiofónico DIAGONAL 139