
¿Quiénes son los nuevos esclavos en la vieja Europa? Principalmente la mujeres, víctimas de la explotación sexual a manos de mafias organizadas que trafican con ellas como si de ganado se tratase. Está por demás señalar que a estas mujeres no se les respetan los más mínimos derechos, tales como la vida, la libertad de movimientos o el trabajo.
A esta lacra que desde hace siglos es permitida o aceptada de facto por los gobiernos de todo el mundo, se une ahora una nueva explotación femenina, la de la fuerza del trabajo en el servicio doméstico. Porque hay que ser sinceros, en Europa se explota a quienes trabajan en nuestras casas. Con pocos derechos laborales, en largas jornadas de trabajo, casi siempre sin contratos de trabajo ni seguridad social, y con unos míseros sueldos, siempre rateados por los empleadores, que no tienen ningún empacho en rebajarlos hasta límites escandalosos.
Y junto con las esclavas sexuales y domésticas, otros muchos campos para la explotación se han abierto con la crisis económica mundial. La trata se extiende a la fuerza de trabajo laboral, principalmente en sectores necesitados de mano de obra barata y prescindible como son la construcción, la agricultura, la hostelería y la restauración.
¿Alguna vez nosotros, ciudadanos del “primer mundo”, nos preguntamos cómo son y a qué precio se pagan esos servicios que diariamente recibimos de los que nos ponen un café, recogen y seleccionan nuestras frutas y hortalizas o cuidan a nuestros ancianos y niños? Si lo hiciéramos, sabríamos que están mal pagados, que trabajan muchas más horas que nosotros y que, en muchos casos, no están ni siquiera inscritos en la Seguridad Social.
La OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa) alertó recientemente sobre este fenómeno, que es mundial pero que en la Unión Europea muestra una tendencia imparable en su crecimiento. En la conferencia internacional celebrada en Viena los pasados días 20 y 21 junio se trató extensamente esta lacra, de la que se puede afirmar que no se conoce, en cifras, más que una mínima parte, pese a las denuncias constantes en los medios de prensa y de las ONG y sindicatos que trabajan con los afectados.

EL ESPEJISMO EUROPEO
Hacia ese espejismo de la riqueza y la abundancia acuden, desde países africanos y asiáticos principalmente, esa fuerza de trabajo que es explotada en España, Italia, Francia, Países Bajos o el Reino Unido, entre otros miembros de la UE. Y una vez aquí, traídos desde sus países de origen bajo falsas promesas de trabajo y sueldos decentes, caen en las redes de la explotación, obligados por las mafias a trabajar en condiciones que se asemejan mucho a las de la esclavitud vergonzante de siglos pasados.
No hace tanto conocimos la situación en la que trabajan los braceros extracomunitarios, sobre todo subsaharianos, en Nápoles. Un informe de la OIT (Organización Internacional de Trabajo) reveló que en el sur de esa región 1.200 emigrantes trabajaban 12 horas diarias en invernaderos y otras instalaciones agrícolas, sin contrato de trabajo y por sueldos miserables. Vivían en unas condiciones que para nada desmerecían a las de un campo de concentración, vigilados incluso por grupos de milicias privadas. No es extraño que quienes las sufrían, hartos y sin nada que perder, salieran a la calle para denunciar su situación, produciéndose más de un rifirrafe con la población, ya que aquella es una zona deprimida, pobre y con una alta tasa de paro. Culpabilizar al emigrante del paro, algo que Berlusconi preconiza en sus políticas económicas de choque no ayuda a que situaciones como ésta tengan vías de solución. Muchos de los habitantes de Nápoles ven en estos nuevos esclavos a ciudadanos de tercera categoría, que no merecen ser tratados como iguales, siempre en peor situación que la suya y a los que incluso ellos pueden explotar.
Europa se ha convertido en “un gran campo de trabajo”, en el que igual se explota a ciudadanos magrebíes, subsaharianos o del sudeste asiático, como a polacos o rumanos. Los propietarios de las tierras utilizan siempre la misma estrategia: se confisca la documentación, se les maltrata a base de golpes, humillaciones y agotamiento, y encima se les alimenta mínimamente, siempre en la más absoluta clandestinidad.
Mucho se ha escrito de las maquilas en los países de Centroamérica y Estados Unidos, o de los talleres clandestinos donde cientos de millones de chinos, filipinos o tailandeses confeccionan la ropa del “primer mundo”, pero ya es hora de que se hable de los trabajadores esclavos en diversos países europeos. Solo en el sector agrícola, según los sindicatos, el trabajo clandestino representa casi el 20% de toda la actividad productiva.

¿CÓMO HA PODIDO CRECER Y EXPANDIRSE ESTA NUEVA FORMA DE EXPLOTACIÓN?
Sin duda el modelo económico actual tiene una gran parte de culpa. Las capas más débiles de la población son las más expuestas a sufrir los efectos de la globalización neoliberal. Las multinacionales, esgrimiendo la ley del libre mercado, instalan sus fábricas allí donde la mano de obra es más barata y luego venden sus productos en aquellas regiones del planeta donde hay más poder adquisitivo. El nuevo capitalismo enarbola la bandera de la competitividad; las multinacionales, libres para decidir dónde instalan sus fabricas y empresas, enfrentan a los trabajadores; el objetivo es claro: hay que minimizar los costes de producción y abaratar los salarios.
Cuando esta estrategia se lleva a la Unión Europea, desestabiliza el mercado de trabajo, empeora las condiciones laborales, reduce sueldos y niega o imposibilita la labor de los sindicatos en las negociaciones con las empresas. Las consecuencias afectan por igual a los trabajadores europeos y a los que vienen de fuera. Pero siempre éstos se encuentran en peores condiciones de igualdad, siendo explotados y peor pagados.
Y allí donde hay carencia de mano de obra, cosa que ocurre en algunos sectores europeos, se utiliza a trabajadores ilegales. Los nuevos esclavos, casi siempre sin papeles, son introducidos por mafias que comercian con ellos como si de carne se tratara. Se ha llegado a denunciar la venta de braceros agrícolas, siempre migrantes, que van de un país a otro, siguiendo las estaciones del año y sin ningún derecho.
En el sector de la construcción la especialización llega a extremos inauditos: bandas organizadas “alquilan” a jóvenes extracomunitarios, sin papeles, a empresas italianas, alemanas, francesas, británicas o griegas. El negocio es redondo, ya que los trabajadores deben pagarse los gastos de viaje, el alojamiento y la manutención, siempre superior a lo que ganan. La deuda que contraen con las mafias les hacen “pertenecer” de por vida a sus explotadores.
Los trabajadores sin papeles son una mano de obra abundante, barata, dócil e inagotable. Cuando los asalariados de toda Europa claman por sus derechos laborales y sindicales, esta fuerza de trabajo ilegal y explotada sirve en manos de los patronos para bloquear y desestabilizar esas reclamaciones. No se habla nunca de quienes son los verdaderos beneficiarios de esta explotación y hay que decirlo alto y claro: los beneficiarios son los empresarios, que han conseguido su objetivo de abaratar los sueldos de todos los trabajadores al haber más oferta de mano de obra.
Y junto a los trabajadores, esclavos explotados por estos nuevos negreros del siglo XXI, ahora nace en Europa una nueva trata, “la trata legal”. Aquella que enfrenta a los trabajadores de una empresa que se dice que no da los beneficios esperados a la deslocalización a países más pobres o con menos requisitos legales para su instalación, teniendo éstos que asumir como contrapartida para evitarla la reducción de sus salarios, trabajar más horas y siempre en peores condiciones.
Es el sueño de muchos patronos: con el argumento de la crisis y la amenaza de brutales políticas de ajuste, esta trata legal, esta esclavitud moderna, pone a los asalariados ante la disyuntiva de rebajar sus salarios, derechos sindicales y de negociación, so pena de que se lleven las industrias a países lejanos en los que la mano de obra es infinitamente más barata y no planteará problemas sindicales a la hora de negociar los contratos.
Estamos ante una nueva amenaza para los trabajadores, una grave consecuencia de la globalización del trabajo, un peligroso retroceso social, que nos afecta a todos por igual, pero muy especialmente a estos nuevos esclavos del siglo XXI.

HABLEMOS DE ESPAÑA
Aunque con algunos matices, la situación no es mucho mejor en nuestro país. El mar de plásticos donde se cobijan los invernaderos de Almería es campo propicio para la explotación de los trabajadores. La creciente y permanente necesidad de productos frescos para la exportación ha convertido a España, y principalmente la zona de Almería, en la "huerta de Europa".
Tras el estallido de la burbuja inmobiliaria, miles de trabajadores extranjeros pasaron de la contrucción a trabajar, en el mejor de los casos, en la agricultura. Las condiciones laborales de éstos son deplorables. Todos hemos visto las imágenes de alquerías, casuchas o almacenes abandonados y semiderruídos en los que se alojan estos trabajadores.
Junto al turismo de sol y playa, en poblados tercermundistas miles de trabajadores viven hacinados en pésimas condiciones de salubridad, recibiendo salarios míseros, explotados por sus patronos. Muchos, por no decir la mayoría, sin papeles. Como sucede en Europa, ellos también forman parte de esa legión de trabajadores-esclavos. Mientras, con su trabajo sostienen un negocio de miles de millones de euros.
Muchas ONG, como Cruz Roja o Cáritas, y otras instituciones han denunciado repetidamente esta situación que se produce todos los años. Como también se reproducen cíclicamente, cuando ya no aguantan más, los enfrentamientos con los elementos más racistas de las poblaciones del entorno, como los altercados racistas acaecidos en El Ejido.
Tampoco Aragón se escapa a esta lacra. Este año vendrán a nuestro territorio más de 3.000 temporeros para la recogida de la fruta, la mayoría del Este de Europa. La crisis ha propiciado que hasta ahora fueran bienvenidos, ya que nadie quería esta ocupación. Hoy día su presencia es cuestionada, cuando no protestada, ya que se les acusa de ocupar puestos que podrían ser destinados a trabajadores aragoneses en paro.
La realidad es que este trabajo duro, mal pagado y con largas jornadas, raramente había sido demando por los ciudadanos de aquí, pero el paro y la crisis, lleva a elevar la demanda de estos puestos en detrimento de los trabajadores de allende nuestras fronteras.
Boletín Radiofónico DIAGONAL 139