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Análisis | Resumen de la primera jornada del ciclo Miradas Críticas

Liberalismo, crisis económica y mutación moral: una perspectiva histórica

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Durante las tardes del jueves se desarrolla en Huesca la tercera edición del ciclo de conferencias Miradas Críticas, organizadas por los grupos locales de Huesca de Ecologistas en Acción, Los Verdes y la Confederación General del Trabajo (CGT). El ciclo se plantea como un foro de análisis y discusión de temas sociopolíticos de actualidad, con la voluntad por parte de la organización de las mismas de implicar a la ciudadanía oscense en un esfuerzo de debate permanente y plural. El ciclo consta de cinco de charlas-debate, todas ellas tendrán lugar las tardes de los jueves en la Escuela Universitaria de Estudios Empresariales del Campus de Huesca de la Universidad de Zaragoza. El eje central de esta edición aborda distintas cuestiones alrededor de la crisis. Como herramienta para el análisis y el debate se junto a la crónica de cada una de las jornadas se va a acompañar un síntesis de la ponencia de esa jórnada.


Redacción Huesca
Domingo 16 de enero de 2011.

La primera de las charlas tuvo lugar el jueves 13 de enero de 2011 y corrió a cargo de Juan Seoane, miembro de CGT y profesor de Historia del I.E.S. Biello Aragón de Sabiñánigo, quien realizó un análisis histórico comparativo entre los periodos de expansión económica liberal de los siglos XIX - la conocida como primera revolución industrial - y finales del XX - y comienzos del XXI-, y sus posteriores periodos de crisis, el último de ellos continúa golpeando con dureza desde el año 2007.

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Síntesis

El liberalismo es una ideología llevada a la práctica como doctrina económica que florece con facilidad en determinadas circunstancias históricas y, a su vez, crea las condiciones idóneas para que se dé la aparición de una crisis. Las grandes crisis económicas y la aplicación de medidas liberales, hasta cierto punto, van unidas.

Este análisis se puede realizar si el tiempo se interpreta de distinta forma a como está acostumbrada culturalmente la sociedad occidental. La línea del tiempo en ocasiones progresa linealmente y otras veces parecen repetirse ciclos, y no de forma casual. Se podría, por tanto, decir que hay un componente cíclico en las economías de mercado cuando se las deja actuar libremente, al margen de la intervención. Se producen, pues, grandes ciclos expansivos seguidos de grandes depresiones. ¿Por qué se producen los grandes ciclos? ¿Cuáles son esas condiciones en que triunfa el liberalismo? ¿Por qué, una vez que triunfa, desemboca en la aparición de grandes crisis económicas? ¿Qué soluciones se adoptan? ¿Qué consecuencias conlleva la aplicación de esas soluciones? ¿Por qué se producen las mutaciones morales?

Juan Soane, profesor de Historia, intenta traer respuesta a estos interrogantes, para ello realiza una revisión histórica de tres periodos de expansión económica liberal y sus correspondientes crisis. La Gran Depresión que dio comienzo en 1873, la famosa crisis de 1929 y el actual periodo que empezó golpeando con dureza el año 2007. De esos tres periodos Seoane se detiene particularmente en el primero y el último dada su gran similitud, ya sea en su origen ya sea en las recetas aplicadas para la superación.

Raíces sobre las que se asienta el liberalismo

El liberalismo es una cultura mercantil, tiene lugar en un mundo de mercancías y de intercambios orientados a la obtención del beneficio. El liberalismo crece durante los periodos de expansión económica, que es cuando se asienta como ideología económica dominante, todo ello apoyado por un trabajo previo que permite esos periodos de expansión.

Ya en el antiguo régimen – sociedades anteriores a la Revolución Industrial – estas ideas eran preconizadas por “extranjeros” o personas sin gran reconocimiento social.

La ideología subyacente se basa en una serie de conceptos y valores que son repetidos – curiosamente – desde entonces y, particularmente, en todos los momentos de expansión: individualismo, antropocentrismo con la naturaleza al servicio del ser humano, racionalismo y optimismo en general, en el sentido de que se quiere llegar al futuro, entendiendo el pasado como algo inútil e irrelevante y sobre lo que no se debe reflexionar.

A ello hay que añadir que estas personas, estos cambiadores de mercancías o “mercaderes”, entienden un mundo en expansión constante, alejado de la estabilidad, en el que los beneficios se incrementan más y más, y, por otro lado, son personas en las que se interioriza la asunción de riesgos, alguien que no asume riesgos no va a progresar en su actividad. En definitiva, una cultura del dinamismo y del riesgo, lo cual va ligado al citado optimismo, dado que si no se es optimista no se está en condiciones de asumir grandes riesgos.

Esta forma de ver las cosas favorece la innovación y el cambio que, a su vez, incrementa la expansión. Por tano, hay una retroalimentación de expansión e innovación durante los citados periodos que, en conjunto, adquiere mucha fuerza. A grandes rasgos, éstas fueron las ideas de comerciantes y mercaderes del Renacimiento que llevó al siglo XVII a ser catastrófico. En el siglo XVII vuelven a florecer, esta vez bajo la denominación de Ilustración. El siguiente gran periodo expansivo, igualmente con esos mismos valores se denominó Primera Revolución Industrial. El último de los periodos álgidos fue a finales del siglo pasado y comienzos del presente, y se asentó en la revolución de las comunicaciones. En todos estos periodos se pone de manifiesto que los valores morales que presiden los grandes periodos expansión son siempre los mismos, se genera una determinada forma de ver las cosas.

Simplificando, cuatro son los pilares o ideas fuerza que han permitido edificar este castillo de arena llamado liberalismo, los cuales conceptualmente han sido desarrollados por cuatro autores distintos. Thomas Hobbes (s. XVII), gran defensor del individualismo, quien escribió sus textos con intención de apuntalar las monarquías absolutas de su tiempo - cuyo papel era la generación de seguridad - aunque sus ideas curiosamente fueron posteriormente resucitadas y utilizadas por el liberalismo. John Locke (s. XVII), con su idea de la propiedad separada de la responsabilidad colectiva y entendida como un derecho individual y absoluto, el hombre deja de ser un animal social y pasa a ser un animal individual y, en consecuencia, cambia el entendimiento de los derechos asociados. Adam Smith (s. XVIII), con su teoría de que el beneficio propio genera de forma automática el beneficio colectivo, justificando así el individualismo y superando de esta manera un escollo que hasta entonces tenía el individualismo, tendente a desvincularse de lo social. David Ricardo (ss. XVIII y XIX), quien desarrolló la teoría de la ventaja comparativa, a saberr, una nación debe dedicarse no a lo pueda hacer bien, sino que a lo que comparativamente es mejor, aunque esté en condiciones de producir otras cosas adecuadamente; subyace sobre ello toda una teoría de la especialización y del mercado mundial, en el que cada nación producirá aquello en lo que comparativamente es mejor.

Estos pilares, la propiedad privada como derecho individual fundamental y la producción de lo que una nación comparativamente es mejor, en aras de su beneficio propio, pero que de manera automática conseguirá el beneficio del conjunto de naciones, han configurado un ideario denominado Liberalismo utópico que ha sido repetido durante los periodos álgidos de los ciclos económicos, y que igualmente se ha transformado en los periodos de crisis correspondientes, tal y como se profundiza más adelante.

En general siempre se alcanza un punto en el que no se está viendo lo que sucede y en el que los axiomas económicos – liberales – se convierten en verdades y, por tanto, en sentido común, y cuyas respuestas a las crisis son igualmente axiomáticas. Estas verdades subyacentes están ahí e impiden ver los acontecimientos que realmente suceden. Algunas de ellas:
- la economía – de mercado – es natural y cosustancial al ser humano; la Antropología y la Historia, en cambio, aseguran lo contrario; la economía durante el Antiguo Régimen precisamente rebate ese axioma de que la economía de mercado basada en el beneficio es natural;
- el futuro es brillante gracias a la globalización; la globalización es la razón que da a entender el gran crecimiento económico producido durante los distintos periodos expansivos, aunque nunca se analicen sus consecuencias;
- la economía siempre es nueva y se fundamenta en medidas que nunca se habían tomado con anterioridad; aspecto éste que la Historia también se encarga de desmentir.

La primera revolución industrial

En general, para que las innovaciones técnicas terminen por convertirse en revoluciones industriales y originen periodos de expansión económica liberal, lo tienen que hacer en un ambiente cultural determinado, en una forma de entender el mundo. La cultura occidental es una cultura orientada a la innovación, al cambio y a la desestabilización; tiende a considerar esos aspectos como positivos. En el Antiguo Régimen el mundo se construía para que no cambiase, para que fuese permanente. Con la primera revolución industrial - año 1780 - eso cambia, se desarrolla la máquina de vapor y muchos sectores entorno a ella.

Durante Revolución Industrial se pasó de una sociedad del antiguo régimen a otra con economía de mercado, basada en la oferta y la demanda aplicadas a todo; todo es mercancía, incluidas las personas y la tierra, de las cuales se había tenido miedo a considerarlas como tal hasta entonces. A partir de ese momento se va a generar una economía internacional, con Gran Bretaña como núcleo y primera potencia económica, y Londres como capital financiera mundial, basando su economía en la importación de materias primas de territorios lejanos y a costes reducidos, fuertemente ligada al ferrocarril, unida a la transformación y la adición de valor en su propio territorio y, finalmente, la venta a través de la exportación al resto de países europeos. Se generó, sobre todo a partir de 1850, una ola globalizadora como el mundo nunca había conocido antes - en aquellos años sin darle ese nombre -, se comerciaba con productos de todo el mundo y en todo el mundo, aunque, tal y como se ha mencionado, el epicentro de todo ello lo ostentó Gran Bretaña como nación motor.

Esa cultura comercial va incrementándose y adquiere su máximo desarrollo en lo que se denomina la financiarización de la misma. Este término hace referencia a una situación en la que lo financiero pasa a ser lo más importante, ya no importa lo que se fabrique, la actividad simplemente puede ser comprar para después vender, para ganar dinero no es necesario perder el tiempo en fabricar. En consecuencia, Gran Bretaña dejó de fabricar, y descentralizó su producción a Alemania, Francia, Japón, etc., orientándose a ser el centro financiero del mundo, actividad mucho más fácil y lucrativa. La situación no es muy difícil de trasladar a la actualidad cambiando los protagonistas.

La primera Gran Depresión

Curiosamente, cuando se llega a este punto álgido las sociedades financieras comienzan el declive, porque se generan enormes desequilibrios. Estos desequilibrios desembocaron en aquel entonces en el conocido como el "crack" de 1873. La causa principal, que es común en todas las crisis y cosustancial a la cultura liberal, son las grandes diferencias sociales originadas y la gran polaridad en las rentas ligada a las mismas. Una parte importante de la población terminó por ingresar rentas mínimas, y una parte importante de las enormes rentas que el sistema económico – mundial - generaba se concentraron en pocas manos; lo cual dio lugar a dos situaciones conflictivas:
- un problema evidente de demanda, la población no podía adquirir productos con su renta disponible y, por tanto, la demanda cayó en picado, con la consecuencia de que la capacidad de fabricación dejó de tener salida;
- por su parte, las grandes rentas tuvieron el problema de no saber qué hacer con semejantes cantidades de dinero, lo que originó enormes espirales especulativas – en aquel entonces al albur de la construcción de la red de ferrocarril con las inversiones de las empresas que giraban en torno a ella.

Se dedicaron, pues, ingentes cantidades de dinero a proyectos de extensión del ferrocarril, fuera o no necesario, sobre lo cual nació toda una economía especulativa. Esos proyectos se financiaron a crédito, con lo la trampa que ello supuso. Cuando las acciones de las empresas de ferrocarril perdieron valor, los bancos dejaron de tener capacidad para recuperar los créditos concedidos, y se produjeron las quiebras bancarias, se suspendieron pagos, se disminuyeron las exportaciones, cerraron las empresas, etc. Esta etapa de expansión liberal, que floreció durante el siglo XIX acabó en 1873, en la conocida como la Gran Depresión. Todo lo que había sido optimismo, fe en el futuro, se tornó en lo contrario, la crisis estalló.

Cambiando ferrocarril por ladrillo, parece que se está hablando de lo acontecido durante el comienzo del presente siglo.

Soluciones a la crisis

¿Qué sucedió a partir de entonces? Toda la economía invierte su funcionamiento, todo lo positivo ya no parece tan buena idea, se empieza un proceso desglobalizador, se elevan aranceles, vuelven los planteamientos proteccionistas, etc. Otra de las consecuencias fue el fin definitivo de la hegemonía británica, lento pero constante. Se produce a partir de entonces un intento desesperado de buscar nuevos productos que salven la situación, en aquel entonces, la energía eléctrica, el petróleo junto con el motor de explosión, la industria química – lo que se conoce como Segunda Revolución Industrial –; en la actualidad todo lo ligado a industria de lo verde, la energías alternativas, la sostenibilidad, etc. Se da una búsqueda desesperada para intentar volver a poner en marcha la maquinaria sin ninguna reflexión sobre lo acontecido.

También se tiene una búsqueda de una salida hacia el exterior. El mercado interior se ha agotado, no hay demanda por falta de renta, es necesario recurrir a mercados ayende las fronteras. No se planteó – ni se plantea en la actualidad – recurrir a otra serie de soluciones como, por ejemplo, un reparto de la renta interna; se presenta una obstinación por la búsqueda de la renta exógena.

La mutación de valores

Gran Bretaña vivió su etapa utopía liberal mientras miraba para otro lado, incluso cuando la debacle se le venía encima –, nada distinto de lo que ocurre en la actualidad. La utopía se basaba, como no podía ser de otra forma, en la construcción de un mundo ideal, libre producción e intercambio de mercancías en un mercado mundial, y de personas que actuando así, en beneficio propio, pero que generarán el beneficio colectivo. Durante el periodo de crecimiento se cree que la utopía liberal se va a conseguir. Durante ese crecimiento se produce la hibernación de la política, cualquier idea alternativa desaparece, conforma una fuerza que lo arrastra todo, no cabe el beneficio de la duda. El liberalismo ya no es ideología, se convierte en natural. Cuando la crisis aparece se da una situación en la que no se sabe qué hacer, no se tienen ideas alternativas, y los valores utópicos anteriores se transforman en el denominado liberalismo amargo. Sus preceptos básicos permanecen inalterados - individualismo, propiedad privada -, pero se cambia aquello fácil de ser modificado.

La búsqueda del beneficio individual a través de la ventaja comparativa que generaría crecimiento para todos, se torna en “ya no importa en que se genere beneficio común, lo importante es la posibilidad de seguir creciendo”, y para ello se tiene que salir al exterior. Ya no importa que si cada nación se especializa en aquello que es mejor y que será en beneficio de todas. Se produce una huída hacia delante, cada nación u individuo va a generar su propio beneficio sin importar el resto.

Los autores de referencia también son otros: Charles Darwin, que en un terreno en el que no tenía nada que ver con la economía afirmaba que sólo permanecerán los más fuertes, frente al resto, que desaparecerá; Herbert Spencer, quien preconizaba que la lucha y la eliminación del débil debe entenderse como algo positivo; y Spengler, para quien la competencia es buena en sí misma porque produce el triunfo del fuerte y la desaparición del débil. Desaparece el beneficio común y se instaura la desaparición del débil, la teoría de las ventajas comparativas muta hacia la lucha competitiva. Las naciones ya no cooperan produciendo aquello en lo que son mejores en aras del beneficio del conjunto, sino que producen para beneficio propio compitiendo con el resto si es necesario. Hay que ser más competitivo y ser capaces de exportar más. Todo ello sin tener en cuenta que no todo el mundo puede exportar, necesariamente alguien tiene que comprar.

En definitiva, se ponen en valor la lucha y el conflicto, y el progreso se entiende como la eliminación del enemigo; se instauran en imaginario colectivo términos que permiten avanzar en esta nueva línea: eficacia, eficiencia, productividad, competitividad, para ello se debe recurrir a la movilidad, la flexibilidad del mercado del trabajo, etc. También se vuelve al proteccionismo interno. El olvido del pasado es total y sólo presenta interés lo que va a ocurrir en el futuro, con el consiguiente nacimiento de las vanguardias futuristas. El racionalismo se exacerba, hasta el punto de que no importa si lo que se va a hacer está bien o está mal, si se entiende como racional hay que hacerlo. Distintos autores advirtieron de la situación, del callejón sin salida al que se estaba abocando la nación. Pero se recurre a la negación de cualquier señal que avisa de la llegada de esta nueva situación, incluso cuando se está ya inmerso en la debacle, la orquesta del Titanic sirve de ejemplo ilustrativo.

Estos nuevos valores se han de imponer sin ningún tipo de cuestionamiento, para ello se dispone de los denominados hombres prácticos, cuyo objetivo es hacer, pero hacer por hacer, porque no se caracterizan por el análisis, no consideran si que lo que se está haciendo es lo correcto, con el agravante de que no saben que no saben; lo importante es la huida hacia delante, cueste lo que cueste. La política ha dejado de estar en manos de políticos y ha pasado a estar manejada por hombre de negocios, cegados por la ortodoxia - liberal - que sólo hacen que aplicar las viejas soluciones ortodoxas que han generado los problemas. Las soluciones – errores – aplicadas por la ortodoxia en el siglo XIX - y en la actualidad - fueron principalmente tres:
- defender de la moneda a toda costa;
- garantizar la deuda pase lo que pase, no importa que la deflación envíe al paro a millones de personas,
- defender el patrón oro, o lo que es lo mismo, los tipos de cambio fijos entre distintas monedas, lo que ahora se conoce como ajustarse a la condiciones que implica estar en el euro.

Para conseguirlo, se pasa a ser lícito recurrir a la coerción, a la pérdida de derechos y libertades; ello se considera un precio que hay que pagar para poder salir de la situación de crisis y sanear la moneda, apretarse el cinturón para salir de la misma; y de ahí finalmente se recurre a la justificación del autoritarismo, lo que degenera en la guerra y en el fascismo.

En conclusión

La solución, pues, pasó por permanecer en la ortodoxia liberal y aplicar medidas dictadas por la misma. En la actualidad se sigue pensando en que la salida sigue siendo la economía de mercado basada en la competencia y la exportación, aunque eso genere tensiones internacionales. En general se apostó - y se apuesta en la actualidad - por una economía basada en el cambio constante, que genera enormes disparidades y tensiones internas, con el riesgo de la fractura social y posible autoritarismo.

El proceso está en marcha, el riesgo está ahí. Entre la esencia de dinamismo comercial y Hitler hay una línea recta. La mutación de valores se produjo en aquel entonces y se está produciendo en estos momentos. Los riesgos que se corrieron son los descritos y siguen siendo los mismos; quien se niegue a verlo es que está totalmente cegado, y si se permite avanzar en esta línea es cuestión de meses o de años, pero el resultado también está ahí.

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