Marquesinas, mupis y demás soportes publicitarios albergan el cartel anunciador de un nuevo aniversario histórico. La marca Zaragoza 2016, en su carrera hacia la designación como capital europea de la cultura, ha puesto sus ojos en la batalla de Zaragoza (1710). Este hecho bélico enfrentó a los ejércitos de los dos aspirantes a la corona española, Felipe de Anjou y el archiduque Carlos de Austria.
Carlos II, último monarca de los Austrias, eligió en su testamento al aspirante francés (en 1700). Pero el archiduque no se resignó y, acompañado de sus aliados (Inglaterra, las Provincias Unidas, Austria y Dinamarca) y coronado por las Cortes aragonesas y catalanas, entró en el solar ibérico dispuesto a imponer sus derechos por la fuerza. Así comenzó una nueva guerra, civil e internacional a la vez, que duró 14 largos años.
Quizás este aniversario sirva para reeditar, o publicar por vez primera, escritos de protagonistas, directos o indirectos, contextualizados por historiadores de prestigio. O aprovechemos la ocasión con el fin de explicar la inserción del Reino de España en la política europea del siglo XVIII. Tal vez seamos sede de un Congreso Internacional que reúna a los mejores estudiosos de la época y explique las causas y consecuencias de la denominada Guerra de Sucesión, aunque no hemos encontrado propuesta alguna en las agendas oficiales.
El espacio público y publicitario ya está ocupado por una gran obra teatral. Volverán, tal y como vimos en 2008, las vestimentas multicolores, los tambores y las marchas militares, las descargas de fusilerías, las salvas conmemorativas y los vivas a nobles, reyes y naciones. Un eco de numerosos libros de historia y enciclopedias que únicamente enseñan un listado de años, batallas, tratados y gobernantes ilustres. También pasearán por nuestras calles y plazas gentes ataviadas de nobles, comerciantes, sacerdotes, agricultores y artesanos. Haremos fotos y asistiremos orgullosos a un nuevo acto cultural en nuestra urbe. Las autoridades se felicitarán del nuevo éxito que “pondrá en valor” y “situará en el mapa” nuestra ciudad.
Sentimos no sumarnos al corifeo de instituciones y personas encantadas con estos actos. No les negamos su valor como muestra de algunas vestimentas y costumbre de los inicios del XVIII. E incluso como fuente de ingresos provenientes de turistas y zaragozanos. Quizá sea preciso recordar que el hecho recordado es una guerra. Los conflictos armados son “limpios” solamente en las salas de banderas y en los mapas de los estados mayores. Pero sus acciones asolaron nuestra tierra durante 14 años con su cortejo de ciudades destruidas, campos arrasados, heridos y muertos.
Y su corolario, una vez terminada: Héroes victoriosos que acumularon centenares de tullidos entre sus soldados. Derrotados que tuvieron que exiliarse o callar, y que, quizá, perdieron sus bienes y/o su prestigio social. Desertores de ambos bandos que debieron reconstruir sus vidas y haciendas. En fin, familias desplazadas de su lugar de origen y obligadas, cuando acaba el conflicto, a levantar de nuevo con sus manos sus casas, sus campos, sus instrumentos de trabajo.
Los campos de batalla, como el de Zaragoza en 1710, no huelen sólo a uniforme recién planchado y pólvora de fogueo. Lo saben, mejor que nadie, los miles de personas que han combatido, voluntaria u obligatoriamente, en los escenarios bélicos y los millones de civiles que han sufrido los rigores de la guerra. Los nadies, que valen menos que la bala que los mata (Galeano dixit), saben que huele a barro y sudor, a alcohol y sangre, a humedad y podredumbre, a muerte, en suma.
En 1999 la Unesco otorgó a Zaragoza el título de "Sitio Emblemático de la Cultura de Paz". Flaco favor le hacemos si seguimos transmitiendo, con iniciativas como ésta, la idea de la historia como una sucesión de conflictos en los que la paz es una breve pausa. Debemos renunciar a educar en el ejercicio de la fuerza. Es el momento de mostrar una historia invisibilizada de hechos protagonizados por personas dedicadas a construir la paz. Una paz basada en la creatividad, la generosidad y la justicia. Podemos dedicar nuestras energías y presupuestos a estudiar las aportaciones científicas, técnicas y tecnológicas del siglo XVIII, sus producciones teatrales, filosóficas o poéticas. En suma, iniciar, de una vez por todas, la Historia de la Paz y renunciar a la guerra como instrumento de la política nacional e internacional.
Boletín Radiofónico DIAGONAL 139