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Il Cavaliere no tiene quien le aconseje

La compañía de Il Cavaliere se ha hecho incómoda para los jefes de los gobiernos que forman el G-8 debido a sus constantes salidas de tono y ataques indiscriminados.

maribel martínez
Domingo 13 de septiembre de 2009.
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Ilustración: Sergio Frutos

En un alarde de verborrea propio de un tipo tan histriónico como Silvio Berlusconi, la cumbre italo-española celebrada en la isla de La Maddalena (Italia) pasará a la historia más como una descarga de frases inconvenientes sobre las mujeres e insultos varios contra los medios de comunicación más que por los acuerdos tomados entre los jefes de gobierno de ambos países.

Sólo de un patoso profesional como los que componía el genial actor italiano Alberto Sordi o de un ególatra, pagado de sí mismo y convencido de que lo que afirma es el sentir de los italianos, pueden esperarse frases como las lanzadas por Silvio Berlusconi durante la cumbre y dedicadas en su mayoría a las mujeres y a los medios de comunicación críticos con el presidente.

Sólo la cortesía diplomática, y sobre todo la coincidencia de intereses de ambos gobiernos, justifican el esfuerzo de José Luis Rodríguez Zapatero en quitar hierro al asunto y no dar más importancia de la debida a las salidas de tono de Il Cavalieri.

Es evidente que Silvio Berlusconi no tiene freno cuando habla y, lo que es peor, tampoco asesores que le preparen sus discursos o pongan freno a sus frases lapidarias, insultos sexistas o bromas de grueso calibre.

Berlusconi hace gala del chascarrillo, el humor machista y rijoso, el insulto barriobajero o las frases subidas de tono cuando se refiere a las mujeres. En la rueda de prensa posterior a la cumbre se escucharon frases del tono de «en Italia soy archiconocido por adorar a la otra mitad del cielo». Y ante las preguntas de los periodistas sobre sus afirmaciones de marcado carácter machista afirmó: «¿Cómo podéis pensar que en la patria de Casanova se pueda decir algo negativo de las mujeres? Sois el mejor regalo que Dios nos ha dado». A estas manifestaciones, el auditorio en el que había dos ministras españolas, Carme Chacón y Elena Salgado y un nutrido grupo de mujeres periodistas, respondió con un silencio sepulcral -el bochorno de los asistentes era notable-. Y cuando el mandatario se percató de la reacción a sus «perlas», preguntó sonriente: «¿No me vais a aplaudir?», y la clac que siempre acompaña a Berlusconi le aplaudió tímidamente.

Tras crecerse con sus declaraciones sobre el género femenino, pasó a una confrontación directa con los periodistas, especialmente con el redactor de El País a quien le espetó: «¿Me envidias, verdad?», cuando éste le preguntó sobre las declaraciones judiciales de Gianpaolo Tarantini, reclutador de chicas para las fiestas de Il Cavaliere. Este medio junto con La Repubblica, L’Unitá y Le Nouvel Observateur son objeto de una querella criminal por ofrecer información sobre su persona.

Parece claro que cada vez son menos perdonables las salidas de tono del presidente, así como las maniobras que realiza para defenderse de aquellos que le critican. A lo largo de los años los italianos le han justificado sus pecadillos, los líos de faldas, sus oscuros negocios con señalados mafiosos y el acaparamiento de medios informativos como instrumentos para controlar la información, así como la aprobación de numerosas leyes, entre ellas el Laudo Alfano, encaminadas a protegerse de cualquier intento de llevarlo a los tribunales.

Pero parece que cada vez le quedan menos amigos y aliados. Su empeño por presentarse como el macho por excelencia, el símbolo del empresario triunfador, el capitán de empresa, ya no calan como antes en los votantes, que poco a poco le van negando sus votos. En pocos meses y debido a los escándalos con las velinas, la popularidad de Silvio Berlusconi ha descendido al 49%. A ello han ayudado no solo sus escándalos sexuales, sino los rifirrafes con su esposa Veronica Lario, de la que se encuentra en proceso de divorcio -aireados por la prensa-, la aprobación de leyes que defienden sus intereses económicos y políticos, y últimamente sus desencuentros con la Iglesia Católica, uno de los bastiones de su Gobierno por sus posturas antiabortistas, la defensa de la familia o en contra de la eutanasia.

Por medio del diario Il Giornale que dirige su hermano Paolo, inició una campaña de desprestigio contra Dino Boffo, editor de Avvenire, medio de la Conferencia Episcopal italiana, al que se acusó de homosexual y acosador de la esposa del hombre con quien mantenía una relación sentimental. Pero erró en el tiro, y ahora la crisis amenaza con una ruptura de relaciones con el Vaticano, que se muestra inflexible y pone todo su empeño en desmarcarse de Il Cavaliere.

Corren malos tiempos para Berlusconi, nadie parece capaz de detener la megalomanía del político italiano, que cada vez recuerda más a su antecesor el dictador Benito Mussolini. Ni siquiera su hasta hace poco fiel aliado y socio de gobierno Gianfranco Fini, líder de Alianza Nacional, parece interesado en defender a Il Cavaliere. Como« Il Duce», Berlusconi pasará a la historia como uno de los políticos más nefastos de Italia.

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