Cuando un terremoto de 7,5 grados en la escala de Richter tiene su epicentro en una isla como la haitiana, en donde los edificios de piedra y cemento son una excepción, y las casas desaparecen como si fueran de papel ante la embestida de los elementos, el número de muertos, heridos y damnificados se multiplica por cien en relación a otros paÃses más desarrollados.
Este es precisamente el gran problema de HaitÃ: su galopante subdesarrollo, su hambruna permanente, la precariedad económica y polÃtica en la que vive la población desde hace siglos. La vida de una persona no vale nada en HaitÃ, por eso sus gentes huyen de la isla en masa. Prefieren malvivir en cualquier otro paÃs del entorno a morir o ser asesinados en el suyo.
El paÃs más pobre de América ha vuelto a sufrir otro cataclismo. No repuestos aún del huracán Ike, una nueva adversidad destruye la precaria vida de la población haitiana. Sin tiempo para reconstruir sus casas y sus vidas tras el Ike, este terremoto los sume otra vez en la destrucción, la pobreza y el abandono.
Como describe la estupenda periodista Maruja Torres: «Conozco HaitÃ. Sus montañas azul violáceas, su paisaje seco y, sin embargo, dulce. Su olor a miseria, a fango podrido y a leña quemada. Sus cuarterones enriquecidos con la corrupción y la explotación de sus compatriotas. La dignidad de sus intelectuales asfixiados. Fueron los primeros americanos en independizarse, los primeros en abolir la esclavitud. HabÃan sido vÃctimas del colonialismo atroz de los franceses y luego, durante gran parte de su historia, lo fueron de los delirios de grandeza y de la crueldad de sus propios caudillos».

Tan cerca y tan lejos de Estados Unidos
Con más del 46% de la población menor de 18 años y solo uno de cada 50 haitianos con sueldo fijo, Haità es una de las regiones más vulnerables del planeta a la hora de afrontar una catástrofe. Muchas personas no tienen ni siquiera acceso al agua potable.
Además de las consecuencias directas del terremoto, si las infraestructuras están dañadas, al no haberse reparado las destruidas tras el paso del huracán Ike, la falta de agua podrÃa contribuir a la propagación de infecciones y enfermedades.
No dejemos pasar ni un solo dÃa -pues el tiempo apremia- para empezar a ayudarles. Solidaricémonos con su dolor, pero sobre todo hagámosles llegar la ayuda humanitaria: ropa, medicinas, comida o bien ingresemos algo de dinero en las cuentes corrientes habilitadas para ello.
Nos necesitan, son muchas las miles de personas que han muerto o están desaparecidas bajo los escombros. Tantos como si la población de una ciudad como Guadalajara hubiera desaparecido de la faz de la tierra. No podemos quedarnos de brazos cruzados y asistir a la mayor devastación conocida en años sin hacer algo.
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