
Una central anciana y vetusta, inaugurada en la época franquista y con más de cuarenta años a sus espaldas. Si fuera un trabajador ya tendría derecho a una bien ganada jubilación; al ser una central nuclear, anda renqueante, consumiendo sus últimas fuerzas y esperando, con más pena que gloria, su cierre a manos de este gobierno socialista.
¿De quién hablamos, se preguntarán ustedes? De la central nuclear de Santa María de Garoña (Burgos), ubicada en un recodo del río Ebro. Ejemplo de lo que es un complejo nuclear pasado de moda, poco eficiente, gris, sucia, contaminante y, sobre todo, peligrosa, muy peligrosa. Cuenta además con el triste privilegio de ser la hermana gemela de la de Fukushima, que no hace muchos días sufrió un accidente nuclear como consecuencia del terremoto y posterior tsunami que asoló las costas de Japón.
Una central puesta en entredicho por los técnicos, los ecologistas y la gente de a pie, que ve en ella y en otras como las de Vandellós, Ascó, Cofrentes o Almaraz, un peligro para la población que se asienta en sus aledaños.
Viajamos hasta esta central. Acompañamos a los vecinos y grupos ecologistas de Euskadi, Navarra, Aragón y La Rioja, que nuevamente se manifiestan ante sus puertas reclamando su inmediato cierre.

Camino a Garoña
Hacia ella, a bordo de un autobús, un numeroso grupo de aragoneses salimos de Zaragoza el pasado domingo 27 de marzo. El cambio horario primaveral, ese que nos dicen que garantiza una ahorro energético, deja al personal noqueado. Alguno se distrae y no cambia la hora, así que la puntualidad hace aguas por culpa de algún despistado que llega tarde. El viaje transcurre entre cabezadas y sueños, la noche anterior ha sido corta y el madrugón cobra su peaje.
Pese al adelanto horario, el sol no brilla por ningún sitio, el día se presenta gris, frío y lluvioso. ¿Dónde está la luz y el sol prometidos al quitarnos esa preciada hora de sueño?, se pregunta alguno, entre bostezos y cabezadas.
Al acercarnos a Garoña, el autobús se despereza. Los compañeros comentan el bello y agreste paisaje que nos recibe. El Padre Ebro discurre generoso entre curvas del terreno. El aire lo vuelve mar por momentos, haciéndonos creer que nos acercamos a ese Mediterráneo que en algún día, aún lejano, besará.
Atravesamos pueblos tributarios de Garoña, pueblos en los que la central nuclear es el único trabajo para sus habitantes, su único modo de vida. Fallidas estructuras metálicas, carcomidas por el óxido nos recuerdan tiempos de bonanza y especulación urbanística. Son testimonio de fracasados intentos de llevar el turismo a la zona. La herencia es un gran complejo de hoteles que nunca llegaron a construirse y por los que nadie se ha preocupado tampoco en demoler.
Tras rebasar Barcina del Barco, por fin alcanzamos la entrada de la central. La Guardia Civil nos recibe a pie de su vallada entrada. Deben estar ya muy acostumbrados a este trasiego, pues parecen aburridos y poco preocupados por nuestra presencia. Un helicóptero sobrevuela la zona, tal vez nos estén fotografiando o simplemente nos cuentan. ¡Quién sabe qué intereses suscitamos en las fuerzas del orden público!

Concentrados ante la central nuclear
Las gentes de la coordinadora de La Marcha a Garoña, convocante del acto, nos esperan y junto a ellos, representantes de grupos ecologistas venidos de Navarra, Euskadi, La Rioja y Aragón. Pancartas de Ecologistas en Acción-Aragón, Greenpeace, Ecolo-Los Verdes de la Rioja y de Izquierda Unida, representada por varios diputados autonómicos y concejales, entre ellos Adolfo Barrena, coordinador de IU Aragón, acompañan a los congregados. «¿Cuántos somos?», me pregunta un amigo. La verdad es que soy fatal para ese ejercicio de contar personas y a voleo, porque pienso que somos tantos, le digo que unos trescientos. Luego la prensa se encargará de rectificarme: éramos casi quinientas personas las congregadas a la puerta de la nuclear.
Aunque chispea, la gente está animada. Muchos, embutidos en monos blancos y con máscaras. Todos con sus pegatinas y agarrados a sus pancartas. Un grito común se escucha una y otra vez. Es el mismo, tanto si sale de las gargantas de los congregados como si se escucha en los varios manifiestos que se leen: «¡No a Garoña. Cierre ya!». «¡Garoña, ni un día más!».
En esos manifiestos nos hablan del peligro nuclear que sobrevuela sobre nuestras centrales. Se inquietan por los pueblos vecinos a ellas, también por los incomprensiblemente inexistentes ejercicios de evacuación. Hace ya más de veinte años que no se ha hecho uno en Garoña. Alguno que viene de más lejos, de cerca de Vandellós comenta que por allí tampoco se hacen esos ejercicios. «Si pasa algo no sabemos cómo tenemos que actuar. Solo sabemos que hay un sitio al que deberíamos acudir, pero nada más». Se exige al Gobierno que cierre las centrales nucleares y que haga una apuesta decidida por las energías renovables. También, cómo no, se recuerda a la central de Fukushima, hermana gemela de la de Garoña, y tan vieja como ésta. El desastre ocurrido en Japón está muy presente durante todo el acto, incluso en las pancartas, donde se pueden leer los lemas, no sólo en nuestro idioma, sino también en japonés.

Al terminar la lectura de los manifiestos se hace un simulacro de accidente nuclear en el que todos participamos. Una nube naranja lo invade todo, y nosotros contagiados por ella caemos al suelo fulminados, como sucedería si realmente un escape radiactivo nos alcanzara. Una sirena y la música de percusión del grupo zaragozano Ritmos de Resistencia rompen el tenso momento. Su música nos devolverá la sonrisa y las ganas de vivir. Muchos de nosotros nos abrazamos para conjurar el momento y nos comprometemos a trabajar para impedir que esto sea una realidad.
Y con música, sonrisas, aplausos a los congregados y la gratitud de la coordinadora convocante termina esta concentración. Desde la distancia, los operarios de la central nos miran y nos fotografían. No sé porqué será, pero los veo como si de unos Homer Simpson cualquiera se trataran. Intuyo que en esta zona, a parte de la central, en pocos sitios hay trabajo. Probablemente su instalación ha impedido otros tipos de desarrollos. Entre los trabajadores y en público, la consigna es que «no pasa nada» y que están muy contentos trabajando allí. En privado y sin notarios que levanten acta, otras son las afirmaciones que hacen, pero esas, con nombres y apellidos no verán nunca la luz.

Boletín Radiofónico DIAGONAL 139