¿Qué condiciones se tienen que dar para que un estado se desintegre? La primera y principal es la ausencia de un gobierno. Otra razón primordial es que impere un clima de guerra permanente y, por último, que la población abandone en masa el país a causa de esa guerra ya que los que permanecen en él mueren literalmente de hambre.

Todas estas condiciones y algunas más se dan en Somalia, país situado en el cuerno de África, vecino de otros en su misma situación como Etiopía o Eritrea, y abandonado desde hace años a su suerte por los países más poderosos del planeta.
Un estado en el que reina la pobreza más absoluta y en el que ya no quedan sino aquellos que no han podido escapar a los campamentos de refugiados instalados en países vecinos. La muerte y el hambre son sus compañeros de viaje en la batalla diaria por la supervivencia.
Las luchas entre los señores de la guerra asolan el país desde hace más de 19 años. Triste herencia de lo que en tiempos fue una belicosa nación de pescadores, comerciantes de oro, perfumes y especias; enclave de transacciones comerciales con destino a países del Índico y, sobre todo, de pastores nómadas.
¿Qué futuro aguarda al país y a sus jóvenes?
Para aquellos que no consiguieron escapar con su familia a los estados vecinos, el futuro pasa por unirse a grupos guerrilleros como Al-Shabaab, milicia extremista islámica enzarzada en una lucha sin cuartel con el Gobierno Federal de Transición (GFT) con el objetivo de hacerse con el poder. El GFT es una frágil alianza que cuenta con la bendición de la ONU y ejerce un precario gobierno.
Tras el derrocamiento de Mohamed Siad Barré, el último déspota que gobernó el país, Somalia se sumió en la anarquía. Los jóvenes somalíes pertenecen a una generación que no ha conocido la paz, que sufre como sus mayores una guerra permanente y desconocen lo que es un gobierno estable. Dado que no existen prespectivas de paz, empleo o esperanzas en un futuro que no pase por la hambruna, la única salida es huir de «un país que se desmorona» o ingresar en uno de los grupos extremistas que como Al-Shabaab luchan por el poder.
Esta situación ha convertido a Somalia no sólo en uno de los países más pobres de la tierra, sino tambien en el refugio de grupos islámicos armados que luchan por instaurar la yihad mundial y, sobre todo, en un nido de piratas asentados sobre todo en la costa norte, en la confluencia del golfo de Aden y el océano Índico. Estos piratas, dotados de medios y armamento cada vez más potentes, han sido capaces de desestabilizar el tráfico marítimo entre Europa y Oriente, poniendo en jaque a los ejércitos de países dotados de tecnología militar de última generación.
El desmoronamiento de un país
La falta de un gobierno estable, la lucha de clanes y sobre todo el sentimiento de que están solos, de que han sido abandonados a su suerte por el resto del mundo, ha convertido a Somalia -antaño un país de pastores de ovejas, cabras y camellos, ferozmente individualistas y nacionalistas hasta la médula- en un avispero en permanente lucha por el poder. En una confrontación entre los cinco clanes principales que desde siempre se han repartido este territorio.
Es esta una sociedad propensa a la lucha, al saqueo o a los secuestros, principalmente una sociedad de nómadas y de pastores, en la que antaño las disputas se arreglaban por medio de tribunales formados por los ancianos de los clanes. Una sociedad fuertemente jerarquizada en la que los señores de la guerra siguen imponiendo su ley.
Tras la dominación colonial, los europeos abandonaron Somalia en 1960, dejándola a su suerte. Sus habitantes soñaban un país unificado pero el nacionalismo se adueñó una vez más del pueblo somalí. El país, antaño bajo dominio italiano en lo que conocemos hoy como Somalia y por los británicos en Somaliland y Puntland, se confederó en un intento de conformar un estado. Los clanes, ferozmente individualistas, no lo permitieron y fustraron esta unión, creándose un vacío de poder que ocupó el dictador Barré en 1969.
El nuevo déspota gobernó con una mezcla de brutalidad y astucia, ilegalizó los clanes, fomentó el socialismo en detrimento del tribalismo y despojó a los ancianos tótem de los clanes de su autoridad jurídica. Lo que en teoría parecía la modernización del país, era en la práctica un ejercicio de cara a la galería, simplemente trataba de ganarse la confianza y el favor de EEUU o de Rusia, lo que redundó en ingentes ayudas militares y armamentísticas. Ayudas que fortalecieron la posición de Barré en la zona y desembocaron en una pírrica guerra contra Etiopía que a la larga debilitó su figura.
Tras 22 años de gobierno despótico, un clan rival, el Hawiye, lo expulsó de Mogadiscio. Los somalíes estaban hartos de ocupantes y de caudillos, ansiaban un gobernante que los sacara de esa época oscura y volvieran a ser lo que siempre habían sido, nómadas, pescadores y comerciantes. Tras casi 20 años desde que Barré fuera depuesto, todo sigue igual.
La violencia es como una losa que comprime al país
Pero la vida sigue y los somalíes, aquellos que no han podido o no han querido abandonar su tierra, tienen que seguir viviendo. Salir al mercado en busca de algo que comer, acudir al médico o al hospital, sacar las barcas para pescar o intentar llevar algo parecido a una vida normal, es casi imposible. Las ciudades se ven sacudidas por las explosiones o por el fuego cruzado entre las milicias insurgentes y las tropas del GFT.
La violencia está ahí, es algo permanente de lo que se habla poco, pero ocupa un lugar importantísimo en el devenir de los somalíes. Nadie, ni siquiera los niños, pueden sustraerse a ella, ya que desde su nacimiento no han conocido otra forma de vida. Sólo hay que acudir a los hospitales para darse de bruces con la realidad mas dolorosa. Hombres, ancianos, mujeres y niños yacen heridos en camastros o por el suelo, víctimas del fuego cruzado o quemados y desmembrados por las bombas. Malnutrición y enfermedades erradicadas hace años en el primer mundo y presentes aquí, hacen que muchos de los nacidos no sobrevivan más allá del primer año de vida.

¿Qué futuro les aguarda?
Si se hace esta pregunta a los representantes gubernamentales, estos responden sin inmutarse que «la situación está controlada». Pero las bombas y las balas siguen siendo las dueñas de las calles y los muertos y heridos llenando hospitales y depósitos. Es evidente que la situación se les escapó de las manos hace tiempo, si es que en algún momento la llegaron a controlar.
El escepticismo y la sensación de abandono permanente cunden entre la población. O te mueres de hambre o entras en alguna de las facciones extremistas que como Al-Shabaab o cualquiera de las milicias que forman parte de la Unión de Tribus Islámicas, luchan por el poder.
Los ingresos por familia no llegan en el mejor de los casos a dos euros diarios, esto sucede cuando hay trabajo o se puede salir a pescar, pero cualquiera de estos grupos ofrecen a los jóvenes 150 dólares como anticipo por entrar en sus organizaciones. Todos los meses recibirán otro tanto y en caso de que sean detenidos, deportados o mueran, su familia no se encontrará desamparada, la organización armada se ocupará de ellos. Mientras, seguirán luchando por la instauración de un estado islámico, no quieren democracia, quieren que les dejen en paz, con su dignidad, ellos saben cómo gobernar Somalia....
Para aquellos que no sucumban a este ofrecimiento, impelidos no sólo por la dignidad sino por la certeza de su fatal destino, el futuro es desesperanzador. El hambre y la inseguridad serán sus compañeros el resto de su existencia.
La violencia desplaza a los somalíes de sus pueblos, haciéndoles acudir a los centros de distribución de alimentos en donde hacen filas interminables bajo un sol inclemente para conseguir algo que comer. La ayuda de la ONU y de las ONGs no llega para todos y son muchos los que se vuelven a casa con el estómago vacío y el abatimiento en sus rostros.
Hace dos meses, el Programa Mundial de Alimentos anunció que las raciones que distribuye a los desplazados internos serían reducidas para evitar una subida del precio de los cereales en las zonas productoras.
Esta es la situación actual del pueblo somalí, abandonado a su suerte, sumido en una guerra de clanes y con un futuro en el que no se atisba la paz. Siguen esperando la ayuda internacional en forma de alimentos y sobre todo rezan para que la paz sustituya a la guerra y puedan vivir en un estado medianamente estable, regido, no ya por un gobierno democrático, sino por uno que les garantice al menos la paz, unos servicios básicos y la certeza de que no morirán de sed o de hambre.
Los países ricos, los llamados del primer mundo, tenemos una enorme deuda con aquellos otros como Somalia, a los que antaño esquilmamos de todos sus recursos, dejamos a su suerte tras la etapa colonial y ahora les exigimos que respeten las imposibles fronteras que les impusimos, consoliden sus estados, respeten las diversidades étnicas y sean autónomos.
Lo cierto es que Somalia, como otros muchos países de África, se desmorona, se desintegra y los poderosos no hacen nada para remediarlo.
Boletín Radiofónico DIAGONAL 139