
Señala la Escola de Cultura de Pau de la Universidad Autónoma de Barcelona que en 2009 había 31 conflictos en 23 países, buena parte de ellos en el África subsahariana y en Asia, además de disputas de alto riesgo en otros tantos países.
Los conflictos armados actuales, como norma, tienen una génesis muy antigua; en general no se originan de la noche a la mañana, sino que hay que remontarse mucho antes, sobre todo para orientar el trabajo que haga posible la prevención y, por tanto, evitar dichos conflictos.
Algunas de las causas de estos conflictos se encuentran en el desigual desarrollo, la dificultad en el acceso a los recursos naturales y su control, distintos riesgos medioambientales, la pobreza -como causa y como consecuencia-, las identidades culturales y religiosas y, en general, la violación grave y sistemática de derechos humanos. Nunca está de más insistir de vez en cuando que, sin el mínimo respeto a los derechos humanos, no se puede vivir en paz.
Los conflictos se dan en la actualidad más hacia el interior de los estados que entre grandes bloques o estados, como en tiempos de la Guerra Fría, con múltiples e interrelacionadas causas, lo cual complica el trabajo para la construcción de la paz, sobre todo una vez estallado el conflicto. Por eso, en la construcción de paz se trabaja desde muchos ámbitos y, fundamentalmente, en prevención.
Se observan, en general, fuertes dificultades interpuestas por estructuras muy arraigadas y profundamente legitimadoras de desigualdades, las cuales generan violencia; por ejemplo, de violencia se trata cuando se habla de riqueza y de sus criterios de reparto. No se trata sólo de las estructuras de un país determinado; más allá, estas estructuras violentas son de un sistema global, el capitalista, que no tiene conciencia de límite y que coloca el beneficio en el centro, en lugar de colocar a las personas y sus necesidades. El conflicto armado sería considerado como la manifestación extrema de una violencia que hunde sus raíces en desigualdades estructurales mucho más profundas, sustentadas a su vez,en una cultura violenta socializada y, por tanto, invisible.
Cabe distinguir la operación de tres tipos de violencia, siempre interrelacionados entre sí:
violencia directa, empleada en conflictos armados o en situaciones de violencia extrema, dictaduras, etc.;
violencia estructural, la cual se da en sociedades que no son equitativas, que no son justas; esta violencia es menos visible que la directa;
violencia cultural: valores, sistemas de creencias, etc., que sustentan comportamientos y actitudes que legitiman el uso de la violencia; es la más difícil de trabajar, es necesario mucho tiempo para cambiar comportamientos, creencias y actitudes.
“Construir paz” no sólo consiste en resolver conflictos armados; incorpora también, tal y como se profundiza posteriormente, construir paces en lo cotidiano, afrontar los conflictos sin mediar violencia. Necesariamente obliga a realizar un análisis económico –y una praxis- de un sistema que trate de poner en el centro a las personas y sus necesidades sin mediar violencia, es decir, afrontando los conflictos que inevitablemente aparecen en las relaciones en el interior de las sociedades. Se trataría, por tanto, de abordar en la escala de lo posible el gran tema de la seguridad humana.
Este tema, el de la seguridad humana, es muy controvertido; hace ya muchos años que se sabe que la seguridad humana va más allá de la seguridad, incluso la entendida desde los complejos militares, la idea del estado nación, etc. Edward Stettinius, secretario de estado norteamericano en 1945, identificó ya en el discurso de constitución de las Naciones Unidas, después de la II Guerra Mundial, dos elementos interconectados para la seguridad humana: en el propio terreno de la seguridad, vencer significa conquistar la libertad para vivir sin temor, y en el terreno económico y social, la victoria conlleva conquistar libertad para vivir sin miseria. Sólo la victoria en ambos frentes podía asegurar al mundo una paz duradera.
En definitiva, se trata pues de construir paces cotidianas tratando de evitar el enquistamiento de conflictos que son inevitables e inherentes a las sociedades humanas, y que llevarán a las sociedades a la confrontación armada tiempo después. En esta línea, y como contrapartida, la misma Escola de Pau indica también que hay 50 procesos de paz abiertos en el mundo, es decir, se está llevando a cabo un ingente trabajo de construcción de paz.
El trabajo de construcción de paz, entendido como tal, comienza ya en los años 30, tras la I Guerra Mundial. En aquel entonces la paz se entiende como absentia belli -paz negativa-: hay paz cuando no hay conflicto armado.
Es a partir de los años 60, a través de distintos autores y sobre todo provocado por los incipientes movimientos sociales, cuando se empieza a construir otra concepción de paz, la cual terminaría en lo que se conoce como“ paz positiva”. Inicialmente esta paz positiva fue considerada como ausencia no sólo de guerra, sino también de estructuras violentas; con el tiempo se fue trabajando más su significado. Se populariza y amplía lo que se denomina como la “investigación para la paz” -que no sobre la paz-; se liga paz con desarrollo a través del concepto de seguridad humana. De hecho, en los años 70 emergen potentísimos movimientos sociales, las denominadas ONG, y no sólo unidos al tema del desarrollo.
A partir de los 80 se cuestiona fuertemente el academicismo de los estudios sobre la paz y se retoma el “para la paz”, el “para construir paces”, se liga la construcción de paz al saber y al hacer de los movimientos sociales: teoría y praxis empiezan a caminar de la mano. Es en estos años cuando se introduce la perspectiva de género en la investigación para la paz, ayudada por la gran participación de mujeres dentro de estos movimientos para la paz. Como parte de este nuevo enfoque, se recupera también la historia de numerosos grupos de mujeres que han apostado a lo largo del siglo XX por la construcción de la paz y la construcción de paces cotidianas.
¿Qué supone esta perspectiva de género? Completa la diferenciación entre “paz positiva” y “paz negativa”, introduciendo la perspectiva de la violencia a pequeña escala. La paz se construye –también– construyendo paces desde lo cotidiano. Es necesario hacer las paces con el entorno más cercano y afrontar las violencias cotidianas, que afectan a todos pero especialmente a las mujeres, ya sea en forma de feminicidio, en forma de violencias sexuales de distinto género, etc. Este nuevo enfoque, ampliado y completado, acompaña la construcción de paz, la construcción de paces, hasta llegar a los momentos actuales.
Este gran movimiento, este nuevo enfoque, impulsado muy en gran parte por mujeres, cuestiona el concepto de seguridad y orden mundial de aquella época: los dos bloques, los estados-nación, las potencias militares, etc. La cuestión de seguridad es importante en las relaciones entre estados, pero no es lo único importante a afrontar a la hora de construir paces, es necesario también trabajar lo cotidiano.
Desde la perspectiva de género se relaciona el concepto de estado-nación, los ejércitos, etc., con las concepciones subyacentes que hay al sistema patriarcal, el cual sigue operando en el mundo como una estructura jerárquicamente ordenada, que se aprende y se ejerce. En esencia, concebir y asignar distintos roles con preponderancia de uno respecto del otro y, por tanto, la infravaloración del otro diferente –del que “no soy yo” o “no es como yo”-, para posteriormente invisibilizar los aportes a la construcción social, lo cual se hace extensible a todas las culturas y religiones, incluso en la actualidad. Otro elemento universal, el tabú sagrado de la vida, se viola de forma generalizada en un conflicto armado. Para llegar a convencer a una sociedad entera que es necesario matar a un número grande de personas, es necesario construir el enemigo; para ello resulta imprescindible establecer una polarización en la que los otros valen menos, no son ni siquiera humanos; una vez construido el enemigo, se legitima la violación de la vida. Este aprendizaje se realiza desde las propias unidades básicas, en la propia familia.
Cuestionar este sistema es, al mismo tiempo, dar a todos, hombres y mujeres, la oportunidad de construir al otro en positivo, que no en enemigo; aceptar en la diversidad, sin ordenación jerárquica, sin el establecimiento de unos valores más elevados que otros. Lo que se plantea, pues, es el descubrimiento y aceptación de la diferencia, sin temor, sin angustia, sin miedo, común en lo desconocido. En definitiva, las nuevas formas de “hacer las paces” van ligadas a la necesidad de construir nuevos modos de concebir masculinidades y feminidades, es necesario cuestionar ambos roles.
Hoy al análisis de la violencia estructural se une el tratamiento de la violencia cultural -necesariamente-, también a pequeña escala. El paradigma de la construcción para la paz ha cambiado de forma profunda: se trabaja en el aprendizaje de las paces que se construyen desde la teoría y la práctica, de forma muy ligada a los movimientos sociales; se aprende de estos mismos la práctica de construcción de paces. Estas prácticas son y han sido tradicionalmente múltiples, muy poco conocidas y muy poco valoradas en lo público.
Para construir paz es necesario partir de lo que se está dando, por lo que es necesario conocerlo más en profundidad, y así se ha llegado a entender la paz como un camino que se construye haciendo paces, un camino siempre imperfecto, porque será siempre inacabado, porque siempre se darán conflictos para abordar y habrá que analizar y proponer cómo se abordan sin el empleo de la violencia, y esto constituye un aprendizaje, a la vez que una acción. Este trabajo –el maternaje- es algo que se aprende y puede ser ejercido tanto por hombres como por mujeres, y tiene elementos que permiten contrarrestar la facilidad que se da en el uso de la violencia.
El trabajo de construcción de paz está, pues, muy imbricado en los movimientos sociales, y si en algún movimiento social ha habido participación de mujeres, ése ha sido el movimiento por la paz.
Por naturaleza las mujeres no son menos violentas que los hombres, de hecho hay muchos ejemplos que confirman lo contrario: la participación de las mujeres en ejércitos en la actualidad, la participación en las guerrillas, mujeres vinculadas al nazismo, etc.
De la misma manera, tampoco puede decirse que los hombres sean más violentos que las mujeres. Son roles, construcciones culturales que se asignan y en las que se educa desde el nacimiento. Y como tales, pueden trabajarse para ser modificados [1]. Por las mismas razones, la guerra es una construcción igualmente, no es fatalidad biológica.
Además la naturalización –aceptar como natural- de esta dicotomía -mujeres pacíficas, hombres violentos-, y la guerra inevitable, hace un flaco favor, porque:
no se valora el esfuerzo de mujeres y hombres que optan por estas vías;
tampoco se valora la posibilidad de que la guerra puede ser apartada de la vida de la humanidad.
En general pues, como construcciones humanas que son, puede ser modificadas; ésta es la clave: la guerra puede trabajarse y puede prevenirse, no es inevitable.
Un asunto recurrente en mujeres que trabajan en situaciones de conflicto armado o de violencia extrema ha sido el tema de los hijo:, ser madre constituye una fuerza de incalculable valor. Las madres de la Plaza de Mayo sirven como paradigma; en general las mujeres han estado en las comisiones de la verdad de los procesos de paz en América Latina, en los Grandes Lagos, en el Nepal y un largo etcétera. Una de las distintas y variadas áreas de trabajo consiste en afrontar la impunidad, lo cual ha servido como impulso a lo que se ha venido a denominar la justicia transicional, justicia adaptada a países que necesitan un corpus jurídico con que equilibrar víctimas con victimarios, tarea nada fácil en general.
La mayor parte de los combatientes en una guerra siguen siendo hombres, aunque no es objeto de la ponencia trabajar el papel de los hombres en situación de conflicto armado, del que queda mucho por hacer, aparte de que compete a los hombres.
Las actuales estrategias de guerra han convertido a la población civil en objetivo de guerra, en escala creciente desde los bombardeos de Gernika, hasta constituir más del 80% de las víctimas de las guerras. En situaciones de conflicto armado la población civil consiste en mujeres y a quienes éstas sostienen: ancianos y ancianas, niñas y niños, heridos.
En general, las mujeres son nombradas como daños colaterales y, por tanto, igualmente naturalizadas, es decir, invisibilizadas, con el agravante de que tienden a ser representadas de forma pasiva, que no tienen existencia más allá de la ayuda humanitaria –de lo cual también habría mucho decir-. Es fácil colocar a alguien sin rostro en el lado del olvido.
No es de extrañar, pues, que las mujeres rechacen esta imagen de víctimas, no sólo en las situaciones de violencia extrema, también en las violencias cotidianas. Es profundamente invalidadora y oculta el esfuerzo que hay que hacer para sostener la vida –las vidas– en situaciones extremas y cotidianas.
Investigaciones y trabajos con mujeres en situación de conflicto revelan aspectos como que la guerra no es sólo el conflicto, la guerra es más: también lo que ocurre después de la guerra -incluso antes-; un trabajo de reconstrucción, un tarea muy dura, lenta e igualmente invisibilizada, y que sacada adelante –en una parte important – por las propias mujeres. Además, genera dificultades extremas en los procesos de paz, porque dada su lentitud y necesidad de recursos, encaja mal con el tiempo que para poder superar el conflicto necesitan las personas que lo han padecido, ya sean hombres o mujeres. Esto hace que muchos conflictos pasen a convertirse en situaciones de alto riesgo y que renazcan con frecuencia al cabo de pocos años.
Las situaciones en las que se colocan las mujeres ante un conflicto armado son complejas y hasta contradictorias: desde defensoras de la vida hasta perpetradoras de la violencia, con dificultades para consolidar espacios de responsabilidad asumidos en tiempo de conflicto, pero que después no se les permite seguir manteniendo; dificultades por daños psicológicos, dificultadas para hacer frente a los colapsos económicos, sanitarios, educacionales.
Todas comparten el hecho de ser violadas. “Normal” y, por tanto, invisibilizado, o cuando menos minimizado, en todas las guerras del mundo. Este aspecto, junto con otros como la prostitución, la esterilización y el embarazo forzados, la esclavitud sexual; tras un duro trabajo de lobby realizado por las propias mujeres, ya han sido elevados a crímenes de guerra en el Derecho Internacional Humanitario. Las violaciones en tiempos de guerra comparten algunos aspectos, como que son públicas, se realizan a modo de conquista y humillación, también como contaminación de la herencia genética del enemigo, y se llevan a cabo en grupo como modo de cohesión del mismo. Siguen sin trabajarse la violación de hombres y las violaciones entre personas del mismo bando.
La violación, como todo abuso de poder, nace de una relación de poder socialmente legitimada, y es una muestra de cómo se sigue interiorizando una distorsión básica, la negación a las mujeres de la categoría de personas. Esto es evidente en una situación de conflicto armado, pero no es tan evidente que opere en otras situaciones, aunque lo hace: si no, no se entiende la gran cantidad de víctimas de la violencia de género en la actualidad. Aquí queda el trabajo de que hombres visibilicen en lo público otras formas de ser varones, y que se valoren.
En el movimiento por la paz las mujeres son más, en múltiples terrenos y formas de trabajo: lobby en estructuras multilaterales, política internacional, solidaridad, apoyo a otros grupos que están padeciendo un conflicto, trabajo cercano en violencias cotidianas, pobreza, antimilitarismo, víctimas y victimarios, etc.
No se puede –ni se debe- negar el poderoso protagonismo tenido a lo largo del siglo XX en todo el planeta, el cual no ha estado ni está exento de disensiones: feministas que no se consideran pacifistas y pacifistas que no se consideran feministas. Ésta y otras diferencias hacen que no siempre sea fácil el diálogo entre grupos de mujeres.
Todas las organizaciones de mujeres que están trabajando por la paz tienen como común denominador que son capaces de construir redes, diálogos y puentes entre quienes teóricamente son enemigos irreconciliables. Este elemento hace que se apueste por grupos de mujeres incluso en altas instancias. Aprovechan las redes familiares y cotidianas, las estructuras y las formas de trabajo. En cuanto se convierten en sujeto político trasladan las formas, redes y relaciones a su hacer. Aunque también es necesario decir que este nivel, el de base, no conviene contarlo porque desaparece; la mayor parte de las alternativas de base que se dan conviene ocultarlas.
El trabajo comienza desde las sufragistas inglesas de principios de siglo, que pidieron ser escuchadas como grupo específico de mujeres, la Liga Internacional de Mujeres para la Paz y la Libertad que se constituyó en aquellos años, ahora reconvertida en plataforma, partidos políticos, asambleas, congresos de mujeres por la paz, etc., un inmenso trabajo de lobby y de apoyo a grupos de mujeres. Sus formas de hacer derivaron en lo que más tarde se conoció como desobediencia civil, todo ello no exento de divisiones, escisiones y profundos debates.
Otra importante rama nace después, ligada al movimiento ecologista, contra la instalación de misiles con cabezas nucleares, cuyas formas de trabajo reconocidas mudialmente han pasado a engrosar y completado el bagaje de los métodos no violentos de desobediencia civil: reflexión y puesta en práctica entre medios y fines.
Dos motivos justifican el mayor trabajo y participación de las mujeres dentro del movimiento por la paz:
el rol ya comentado de creación-recreación, tanto de la vida como de las redes que la hacen posible socializar las personas.
la ajeneidad respecto al poder, algo siempre reclamado por los grupos de mujeres: ser ajenas a los usos y al acceso al poder ha originado otras formas de trabajo; es más, muchos grupos construyen vínculos que luego pueden ser utilizados –y se utilizan- en los procesos de negociación y de pacto.
Todo este trabajo de construcción y visibilización en la construcción de paz, entre otras cosas, ha dado como resultado la resolución 1325 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Esta resolución insta a los estados miembros a aumentar la representación de las mujeres en la toma de decisiones a todos los niveles; también insta a aumentar la participación de las mujeres en los procesos de resolución de conflictos y pide al Secretario General de las NNUU que nombre más mujeres en las tareas de mediación que desarrolla, además con perspectiva de género, para lo cual obliga a impartir formación y también a apoyar las iniciativas locales de los grupos de mujeres y hombres.
Y para que no quede en una mera declaración, ahora toca hacer. La Liga, a modo de ejemplo, está en ello, realizando, entre otras, tareas de monitorización de muchos países con situaciones de conflicto. Todo este trabajo de lobby hacia arriba de muchísimo grupos ahora está volviendo en forma de empoderamiento de los distintos grupos a escala local, al calor de esta resolución. El trabajo es lento, y puede que se tarden otros noventa en que la resolución se dé.
Con relación a la trascendencia del tiempo, Mujeres en Pie de Paz afirman que el tiempo transciende la breve estancia en este mundo, hacia el pasado y hacia el futuro; es algo que se tiene en común con quienes están, con quienes ya estuvieron y con quienes estarán; pero tal mundo común sólo puede sobrevivir el ir y venir de las generaciones en tanto se haga público, solamente se salvará de la ruina natural del tiempo todo aquello que se haga notorio públicamente. Hay tareas –muchas– que han permanecido y permanecen invisibles, que no están en el común, entre ellas la conservación del mundo sin descomponer; para evitar el deterioro de ayer hace falta una paciencia diaria que nada tiene que ver con los heroicos actos puntuales: lo que hace el esfuerzo doloroso no es el peligro, sino la repetición inexorable. La tarea de construir mundo común y de hacer común todo el trabajo invisibilizado –y no sólo el que está en manos de mujeres– es lenta y dura más de lo que dura la vida, por lo que es necesario el ejercicio de la paciencia, es necesario poner en el común y en el terreno de lo valioso toda esta tarea ingente cotidiana.
[1] ver el Manifiesto de Sevilla
Boletín Radiofónico DIAGONAL 139