Incluir al movimiento ecologista en la lista de los grupos terroristas más peligrosos del mundo es una estrategia maquinada y construida con el único fin de desprestigiar a estas organizaciones. Hace tiempo que el FBI y los servicios de seguridad británicos, estadounidenses, franceses e incluso alemanes, prestan una especial atención a las actividades ecologistas y han llegado a introducir topos entre sus filas. El peligro que representa el incremento de la conciencia medioambiental ha sido percibido como un atentado contra los intereses de las grandes multinacionales, auténticas dueñas del planeta, que inescrupulosamente esquilman los recursos naturales para seguir alimentando su insaciable avidez de dinero.

La campaña de desacreditación del movimiento está orquestada cubriendo diferentes frentes: desde argucias como la de emitir un comunicado de Bin Laden citando a Chomsky para reprochar a los gobiernos occidentales el incumplimiento de sus compromisos contra el cambio climático -estableciendo asà una meridiana comparativa entre el terrorista más buscado del mundo y los colectivos ecologistas- hasta la advertencia vaticana de que el ecologismo es la nueva religión pagana que entra en frontal competencia con su propia secta.
Como curiosidad citaré a una revista cinegética española -Club de caza- que, amén de tacharnos de fanáticos y especistas, no se explica cómo las autoridades españolas no arremeten con la misma dureza que en otros paÃses contra estas asociaciones y sus miembros no son ilegalizados o encarcelados como merecen. Tras una sarta de improperios, denuncian la pasividad del Estado ante sus actividades y acaban su alegato con un "¡viva la caza!" que no se sabe muy bien si va dirigido a los pobres animalillos del campo o está avisando de que se abre la veda de los activistas medioambientales.
El movimiento ecologista tiene un fuerte sustrato pacifista del que solo se han abstraÃdo, en ocasiones, organizaciones con planteamientos más extremistas como el Frente de Liberación Animal. La lucha contra el cambio climático, por la protección del planeta y, como consecuencia, de toda la vida que en él habita, incluida la humana, se enfrenta a los mayores depredadores de nuestra propia especie y de las otras, a pecho descubierto. Sin bombas ni atentados. Asumiendo las consecuencias de las acciones pacÃficas, que se utilizan como llamadas de atención sobre la imposibilidad de seguir con un crecimiento incontrolado que arrase con las posibilidades de subsistencia de muchas formas de vida. La primera, la nuestra.
Es un impulso primitivo el que nos mueve, la defensa propia, y los zarpazos que nos dedican los quintacolumnistas del conveniente negacionismo apenas pueden arañar la superficie de nuestra determinación. Ellos son los auténticos terroristas, capaces de justificar cualquier medio para obtener el único fin que les interesa.
Mostrarnos al mundo como criminales o chiflados forma parte de su plan. Cada vez somos más y más molestos, por eso están dispuestos a emplear toda la artillerÃa. Puede que esto sea una guerra, pero nuestra única arma para organizar la resistencia nos la da la fuerza que brota de muchos corazones. En cambio, lo suyo sà que es sembrar el terror.
BoletÃn Radiofónico DIAGONAL 139