
Imagino que no soy la única que ha observado esa sonrisa cÃnica, forzada y hasta cierto punto crispada que desde hace semanas se ha instalado en el rostro de Francisco Camps. Extrañada por esa sempiterna mueca me he dedicado a revisar cuantas fotos han caÃdo en mis manos o en mi ordenador y ciertamente son escasÃsimas las instantáneas en las que el presidente de la Generalitat valenciana está serio o exhibiendo otra expresión que no sea ese rictus que pugna por convertirse en una sonrisa.
Y ahà tenemos al risueño presidente valenciano, a quien alguien con bastante guasa ha calificado de Juan sin miedo, en una alocada huÃda hacia ninguna parte, cada vez más alejado de la realidad y por tanto instalado en una propia. Realidad fatal a la vez que triunfalista, que lo presenta como vÃctima de un complot urdido por Zapatero y sus secuaces y en la que él se ofrece como cordero propiciatorio, dispuesto al sacrificio, siempre que ese sacrificio no conlleve la pérdida de la presidencia de la Generalitat.
Tan lejos anda Camps de ese devenir en el que transitamos el resto de los ciudadanos que cuando se le hace mención de los cargos de "cohecho pasivo impropio", derivados de la trama Gürtel, por los que la FiscalÃa Anticorrupción le imputa y que no tardando mucho le sentarán en el banquillo de los acusados, Francisco Camps se transmuta, presentándose como el Juan sin miedo del cuento, capaz de luchar él solo contra todos los malandrines que desde el Gobierno central, la FiscalÃa o cualquier otro estamento osen dudar de su honestidad.
Poco queda ya de aquel otro Camps, aquel que a principios del 2009 se presentaba temeroso, la mirada huidiza y aspecto monjil. De aquella etapa solo resta ese aspecto relamido y neocon que los malos vientos que acechan su nave no han conseguido barrer. Ahora aparece crecido, convencido de que, como los héroes, tiene una misión divina que cumplir. No es extraño que ante la hazaña que le espera, él, el elegido, proclame que se siente feliz, hoy incluso más que ayer, ya que a la historia de su imputación no le quedan más allá de dos telediarios. Incluso se ha permitido, en una alarde de fatuidad, proclamar que dos de sus enemigos, el juez y el ministro, ya estaban finiquitados, y que se disponÃa a merendarse al siguiente.

Lo dicho, ¿quién dijo miedo? Este Juan sin miedo a la valenciana no manifiesta ni un gramo a pesar de lo que se le viene encima. No solo se ve inocente de las acusaciones que se le imputan: refugiado en esa realidad paralela en la que se ha instalado, se cree inocente. De esa realidad es de donde saca fuerzas para dÃa tras dÃa hacer frente a las acusaciones, frenar los intentos de su partido para que abandone el cargo, y orquestar toda esa parafernalia en la que tan a gusto se encuentra. Esa loca huÃda hacia ninguna parte, llena de descabelladas afirmaciones, aclamaciones y actos populares, viajes al extranjero e incomparecencias ante las Cortes valencianas o los medios de comunicación.
El nuevo Camps
El nuevo Camps es un hombre crecido ante los elementos, seguro de sà mismo y de lo que le va a deparar el futuro. Convencido de que volverá a ganar las elecciones, dando de paso un buen batacazo a sus oponentes, tanto a los de dentro de su partido como a la oposición. Ese es su mantra, al que se aferra para poder seguir manteniendo el tipo. Tan fuerte se siente, tan respaldado por sus partidarios, que incluso lanza la idea de adelantar las elecciones, convencido de que los valencianos lo volverán a votar. Idea ésta que ha dejado helados a Mariano Rajoy y a los fontaneros de la sede del PP en Génova.
La posibilidad de que coincidieran con las catalanas ha disparado todas las alarmas, es indudable que Alicia Sánchez Camacho, la lÃder catalana del PP, pasarÃa a un segundo plano, engullida por la figura de Camps y las acusaciones de corrupción. Si saliera victorioso en estas elecciones anticipadas, obtendrÃa la absolución y el perdón de la sociedad valenciana, apuntándose un buen tanto para su defensa incluso antes de sentarse en el banquillo. Se presentarÃa ante el juez, ya no como una vÃctima sino como el triunfador, el elegido, como un renacido presidente de la Comunidad Valenciana.
Mientras esos dÃas llegan, sigue con la sonrisa profidén instalada en su cara, con los dientes apretados, en una mueca. No saben cómo me recuerda los últimos dÃas de gloria y fama de la malhallada pareja de Julián Muñoz e Isabel Pantoja, quienes ante el asalto de los medios de comunicación y sus preguntas sobre la alcaldÃa de Marbella y la operación Malaya, se decÃan el uno al otro y entre dientes: «sonrÃe, no dejes que estos hijos de puta crean que estamos preocupados».
BoletÃn Radiofónico DIAGONAL 139