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¿Cuánto puede resistir el chantaje del empleo?

Paradojas del sistema: el trabajador pagando a los responsables de la crisis para conservar un empleo de subsistencia. Tal vez sea un buen momento para cuestionarse la centralidad del trabajo asalariado en nuestras vidas.

Guillermo Valenzuela
Miércoles 23 de septiembre de 2009.

Hay crisis. Joder, qué chungo, a ver si se va a ir todo al garete. Corremos un gran riesgo: el de perderlo todo, ¿cómo puede cambiar nuestra vida? Agarrémonos, sepamos hacerlo para aguantar con lo más posible. Ahora toca aprender a vivir con estas nuevas “inclemencias” de la crisis financiera.

Quizás en el fondo se tiene la sensación de que todo era un como un sueño, que no podía durar siempre. Que la pobreza estaba cada vez más cerca arrinconándonos con esa mirada ambivalente de miseria y terror. La culpabilidad de la miseria en la Tierra nos andaba diciendo: no merecéis lo que tenéis; por eso no podéis gozar. Y quizás por eso también se aguantan más fuertes los castigos, se obedecen con algo más energía los mandatos externos.

Porque quizás también lo que resulta difícil es poner el listón alto del valor de la vida en este mundo actual; lo que puede ser realmente difícil es llegar a sentirse lo suficientemente extraño a todo como para gozar sin sentir culpabilidad, es decir, como para no estar sometido y amar la vida aunque el mensaje repetido sea que es la vida precisamente lo que no vale nada.

Vivir en el miedo es vivir sometido, como ya vio Spinoza que advertía que miedo y esperanza son las dos cadenas de preso que someten la libertad humana, y con las que el poder juega para perpetuarse. Es por eso que los poderes se encargan de inyectar dosis diarias de miedo a la gente. Y por eso también, que con ese miedo, aunque sea más justo (a quién le importa la justicia en tiempos de crisis) se pide por favor que no suban los impuestos a las rentas más altas, no vaya a ser que el poco capital que tenemos se vaya a otro país y nos deje sin empleos. “No subáis los impuestos a los ricos; preferimos seguir pagando más nosotros, pero por el amor de Dios, que no se lleven los puestos de trabajo.” Y es que en este estado de excepción permanente (constitución y valores democráticos suspendidos), agudizado por la crisis financiera, en el que la justicia perdió su valor, tampoco se distingue ya lo que pueda ser una vida digna –digna de ser vivida.

Y es ese miedo inyectado también el que consigue que aunque lo que toque vivir dentro de las fábricas sea una mierda, y aunque en ellas la vida se nos vaya en algo pesado, aburrido y extraño a nosotros (siempre quedan los –cada vez menos- fines de semana) se pide por favor que no se las lleven. “No se las lleven, que queremos trabajar, de qué vamos a vivir si no.” O como mucho en la calle con pancartas: “¡NO OS LAS LLEVÉIS, NO OS LAS LLEVÉIS!”.

Cabe preguntarse cuánto más se tienen que agudizar las contradicciones del capitalismo neoliberal que se materializan en autenticas cadenas de explotación física y psicológica sobre cada vez más gente, para que se deje de ver este sistema (su crisis incluida) como algo natural, malo pero necesario; para que se pueda poner en cuestión y se presente de forma contingente, sustituible, cambiable, superable y sobre todo innecesario, perjudicial, intolerable e insostenible. Cuántos esfuerzos massmediáticos de insuflar miedo más se necesitan para impedir un cuestionamiento social radical del actual estado de cosas fijado básicamente en el chantaje del empleo; para impedir hacer estallar ahora la burbuja inflacionada de malestares, desencantos y sinsentidos.

¿Soluciones, alternativas? Distribuir la riqueza para destensar la sujeción social del trabajo asalariado de forma que se puedan dedicar las capacidades colectivas y cooperativas desarrolladas en los últimos decenios a deconstruir el complejo socioeconómico neoliberal y construir un nuevo modelo económico adaptado a las necesidades sociales y ecológicas. No crear puestos de trabajo en actividades inútiles con el fin de mantener o aumentar beneficios empresariales, sino empleos que pongan a disposición social la inteligencia colectiva dotando al estado de bienestar de cada vez mayor envergadura.

Actualmente la reconducción forzada de la actividad humana por las tortuosas vías del trabajo asalariado es cada vez más costosa o más imposible. Las nuevas formas de producir y reproducir lo social son colectivas y cooperativas y exigen una readministración de los flujos de riqueza. Es exigible que en la producción y reproducción social de hoy sea reconocida ese carácter colectivo y cooperativo y remunerado con la parte de la renta que le corresponde. En un mundo en el que la producción es colectiva, el salario debe dejar de ser individual. Los producción social común de hoy no puede seguir asfixiada con los flujos escasos, mínimos de renta que caen de los grifos salariales.

Así que renta básica para garantizar la existencia de todo ciudadano y ciudadana que es productora social de riqueza, pero también crear empleos en mejorar el estado de bienestar, en amortiguar impacto medioambiental.

La distribución de la riqueza, la renta básica, los empleos “verdes” son alternativas pensables, imaginables, exigibles, reivindicables, realizables, pero que pasan ineludiblemente porque, haciendo historia, destronemos entre todos al rey venciéndole en la batalla del miedo y de la culpabilidad, resistiendo a su chantaje del empleo.

Guillermo Valenzuela es miembro de A Zofra, grupo de estudios metropolitanos de Zaragoza.

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