Hace dos años visité Nápoles y, más allá de la belleza del lugar, guardo el imborrable recuerdo de cómo era la situación de los inmigrantes, principalmente subsaharianos y del sudeste asiático, en aquella ciudad y en toda Italia. En puertas de unos comicios que ganó de calle Il Cavalieri, el ambiente que se respiraba era de confrontación con los emigrantes, a los que se les culpaba de todo, especialmente del aumento de la criminalidad y de la falta de puestos de trabajo. Se tenía la sensación permanente de que los italianos, lejos de apostar por posturas centristas o de izquierdas, se decantaban por un gobierno y una política de extrema derecha, la de Berlusconi, en la que había un objetivo: buscar un chivo expiatorio para todas sus frustraciones, esto es, los miles de «sin papeles» que existían y existen en Italia.
Pasados dos años, las cosas lejos de mejorar, han ido radicalizándose. Desde el gobierno de Berlusconi se han aprobado numerosas leyes que recortan los mínimos derechos reconocidos a los inmigrantes, especialmente a los «sin papeles». Sin embargo, se sigue echando mano de ellos, explotándolos, pagándoles salarios de miseria por jornadas de 12 a 14 horas, y sin posibilidad alguna de regularizar su situación, es decir, sin posibilidad de conseguir los ansiados papeles que les conviertan en ciudadanos de segunda categoría, ya que equipararlos a los italianos no entra en ningún caso en los planes de Il Cavalieri.

Esta situación produce constantes confrontaciones entre la población y los inmigrantes, ya que los primeros, amparados por una legislación bastante laxa a la hora de castigar las agresiones, han convertido las calles de las ciudades y pueblos en una especie de «ciudades sin ley» en las que el deporte a practicar consiste en perseguir y agredir a los diferentes, a los extranjeros y, especialmente, a aquellos que son negros.
La agresión perpetrada desde un coche por ciudadanos de Rosarno, en Calabria, que hirieron con un rifle de aire comprimido a dos inmigrantes africanos el pasado jueves cuando volvían de su trabajo en el campo, ha devenido, como no podía ser de otra manera, en un estallido de violencia racial. Al ataque sufrido por sus dos compañeros contestaron centenares de inmigrantes subsaharianos y del Magreb. Los «sin papeles» marcharon por las calles de Rosarno protestando airadamente por la agresión y dejando a su paso un reguero de contenedores quemados y lunas de coches rotas.
Es evidente que la mejor manera de protestar no es dejar al paso de la protesta un reguero de destrozos, pero si, como en el caso de Rosarno, más de 1.500 temporeros sufren desde hace mucho tiempo la explotación de los agricultores de la zona, malviviendo en naves o fábricas abandonadas y en silos, sin acceso a los más elementales servicios como agua o una vivienda decente, y con la poderosa mafia local, la ’Ndrangheta, decidiendo quién y cómo trabaja, es hasta cierto punto comprensible el hartazgo y la reacción de los inmigrantes. La mafia calabresa domina las empresas de esta zona, especialmente las dedicadas a la agricultura, para las que es necesaria la mano de obra extranjera.
A los dos heridos iniciales hay que sumar 37 más entre policías e inmigrantes tras los desórdenes, y aquellos que fueron atropellados y apaleados por los habitantes de la zona al finalizar la manifestación pacífica que los trabajadores agrícolas realizaron el viernes ante el ayuntamiento de Rosarno. Consecuencia de lo que se conoce como «la caza al negro», ciudadanos que se tomaron la justicia por su mano disparando a los temporeros y cerrando Rosarno para que no hubiera testigos de la represalia. Más de 300 policías se tuvieron que emplear a fondo para contener los ataques. «La avanzadilla de África que se niega a morir de hambre choca con el sur del Norte, territorio dominado, machacado, agostado por la ’Ndrangheta», en palabras de un testigo de lo sucedido.
Los ánimos están exaltados ya que no es la primera vez que esto sucede. Los inmigrantes sufrieron incidentes similares hace ahora dos años, cuando tras ser asesinados a tiros varios compañeros, se enfrentaron a la Camorra, otra de las mafias que se asientan en Italia, en el mismo Rosarno y en Castelvolturno, en la zona de la Campania.
Tampoco contribuyen a serenar los ánimos las declaraciones del ministro del Interior, Roberto Maroni, quien ha declarado que «Italia ha sido demasiado tolerante con la inmigración clandestina en los últimos años». En Rosarno, como en otros sitios, se vive una situación difícil, según Maroni, «porque en todos estos años hemos tolerado sin hacer nada eficaz la inmigración clandestina, que ha alimentado la criminalidad y ha generado una situación de fuerte degradación». Más moderado fue el presidente de la República, Giorgio Napolitano, que pidió con firmeza que cesara la violencia.
Pero los actos de violencia y las agresiones seguirán produciéndose si no se toman medidas encaminadas a castigar las agresiones que habitualmente sufren los «sin papeles» y que, en la mayoría de los casos, quedan impunes.
Última hora:
Cientos de inmigrantes abandonan Rosarno hoy, 9 de enero, en autobuses puestos a sus disposición por Protección Civil, después de que una caseta habitada por algunos de ellos fuera atacada y prendida fuego. Uno de los «sin papeles» ha resultado herido de disparos en una pierna.
Boletín Radiofónico DIAGONAL 139