Tremenda -y cara- la campaña de márketing de buenas prácticas de cara a los usuarios. O, vamos a llamarles por su verdadero nombre, pacientes, en el amplio y variado sentido de la palabra, ya que asisten atónitos a verdaderos juegos de malabares con los que se les quiere vender la moto de la buena gestión, de la participación del usuario, de la modernización, de la reducción de listas etc. Así, lo mismo te llaman cinco veces por teléfono ofreciéndote operarte en la privada, aquí, en Madrid o en Pamplona, de una rodilla que igual hace ya doce meses que no ha sido valorada, o ya dejó de molestarte -la rodilla da puntos en la “venta” de la buena gestión-, que te mueres de asco esperando que te vea un especialista para decidir qué se hace con una hernia discal que te está llevando por la calle de la amargura -la hernia discal no da puntos-.
También en los círculos profesionales sanitarios el descontento es grande. También se asiste, atónito, a la aprobación de nuevos decretos en los que la opinión de los profesionales no ha sido tenida en cuenta. Y en la que su puesta en marcha va a ser más que dificultosa, afortunadamente en algunos casos, por cierto. Así nos encontramos inmersos en convenios extraordinarios con la sanidad privada, conciertos con la privada también en aumento, nuevos modelos de gestión con duplicación de puestos directivos, pero que todavía no han demostrado una mejor gestión de los recursos, campañas publicitarias sobre los derechos light de los usuarios, decretos dirigidos a la privatización encubierta -segunda opinión, por ejemplo-.
Los políticos preocupados por la gestión de los servicios públicos asistimos atónitos a esta orquestación que, sin tener los tintes de otras comunidades, está alcanzando niveles de ineficiencia preocupantes. Las transferencias sanitarias de hace menos de una década fueron dotadas insuficientemente, al amparo de una consejería liderada por el que hoy, como premio quizá, elabora unos presupuestos continuistas “de más de lo mismo” en el camino progresivo, pero firme, hacia la privatización encubierta de los servicios públicos, no solo los sanitarios: vean ustedes si no quién gestionará las futuras residencias públicas...
Así, asistimos al espectáculo de la ingente cantidad de dinero público con el que se paga a la sanidad privada lo que podría hacer la pública, los servicios 902 costosos e innecesarios, los miles de folletos y campañas publicitarias para convencer a la población de la bondad de la gestión. O, como último ejemplo por el que habría que pedir cuentas también aquí, la ingente cantidad de dinero público con el que se han llenado las cuentas de empresas farmacéuticas potentes, al amparo de una OMS que ha perdido irremediablemente su prestigio por la falta absoluta de criterio, por rendirse a una evidencia que para los científicos no era evidente en absoluto, por gestionar el tema de la gripe con el único fin de generar miedo y desviar la atención para tapar otras carencias importantes, otras lagunas más complicadas de gestionar, pero que se van tapando y arrinconando en la puerta de atrás.
Boletín Radiofónico DIAGONAL 139