
Hace ya tres años, miles de ciudadanos iniciamos una lucha contra el proyecto de construcción de una refinería de petróleo en la comarca de Tierra de Barros (Badajoz). Se trata de la zona agrícola más fértil de Extremadura. La refinería es un proyecto industrial grotesco si tenemos en cuenta además el hecho de que necesitaría un oleoducto de 250 kilómetros (desde Huelva) y un poliducto de otros tantos kilómetros para la salida de productos. Pero no sólo se trata de un proyecto aberrante, sino también costosísimo, pues la inversión exigida alcanza los 1.800 millones de euros con la agravante de que el Gobierno regional participaría con un 30% de capital público. Este hecho sólo puede explicarse por las estrechas relaciones familiares del entorno del empresario con la cúpula del poder regional, en manos del PSOE.
Lo estrambótico y oscuro se convierte definitivamente en disparate si consideramos la actual situación crítica del planeta: el cambio climático, cuyas consecuencias y gastos ya estamos sufriendo. Mientras, en Extremadura unos iluminados quieren convencernos de que una refinería es el progreso y el futuro. Los hechos nos están demostrando una paradoja fehaciente: aquello que hace 40 o 50 años se llamó progreso (industrialización masiva, contaminación del territorio, urbanizaciones atroces, recalificaciones salvajes, agricultura y ganadería intensivas) ha devenido con el tiempo en atraso, reconversiones traumáticas, paro, deslocalizaciones, enfermedades, fealdad en el entorno y consumismo vacío.
Y lo que entonces se consideraba pobreza y subdesarrollo (ecosistemas ricos en fauna y flora, aire limpio y aguas puras, agricultura ecológica, explotaciones extensivas…) es hoy un valor en alza y el verdadero futuro. Mientras la mayoría de las regiones industrializadas están hoy degradadas, Extremadura es en sí misma un patrimonio natural admirado por cualquier persona que nos visite.
¿Qué pasa con Kioto?
En este contexto, en el que todos
los foros de discusión apuntan ya
sin dudarlo a la reducción de las
emisiones de gases de efecto invernadero,
a la limitación de la
dependencia del petróleo, cuando
no se construye una refinería
en el Estado español desde hace
más de 30 años, en ese contexto,
querer instalar una refinería en
Extremadura es sencillamente
un proyecto delirante. 1.700.000
toneladas anuales de CO2, enfermedades
respiratorias, cardiovasculares,
tumorales y dermatológicas,
grave peligro para la
sostenibilidad del tejido socioeconómico
construido sobre la
agricultura, riesgo evidente para
la comercialización de los productos
autóctonos… ¿Todo esto
a cambio de unos cuantos puestos
de trabajo?
Aún hay más, el oleoducto necesario
para la refinería tendría que
atravesar espacios naturales de altísimo
valor ecológico. Y el refino
necesitaría muchísima agua donde
no la hay, porque el pantano más
próximo está a 25 kilómetros y es
para consumo humano y agrícola.
Lo que está viviendo Extremadura en particular y la democracia en general es un pulso entre la codicia rápida de unos pocos y el desarrollo más lento pero sostenible de todos; un pulso entre el despropósito especulativo y la eficiencia económica y energética; un pulso entre el futuro erial que sería este lugar cuando se agote el petróleo y la proyección vital de apostar por elementos con vocación de eternidad. Un pulso, en fin, entre el caciquismo de los nuevos cortijeros y la ciudadanía que no cree ya en milagros económicos ni en políticos providenciales, que no quiere hipotecar el futuro por un puñado de lentejas petroleadas.