Con la presentación de Quiere cantar su alegría, de Alberto García y El Curro Danza Teatro, a primeros de noviembre la sala DT Espacio Escénico cumplió diez años de creaciones y muestras de danza, danza-teatro y cabaré, en la madrileña Calle de la Reina.
Es el último trabajo del fundador y director de este pequeño teatro del barrio de Chueca y de su compañía titular, y sintetiza como el mejor regalo su poética y su trayectoria.
Quiere cantar su alegría es un inquietante y tragicómico solo de palabra, danza y canción, en el que Alberto García poetiza e ironiza –desde nuestro presente de lobotomía política– su vida y sus visiones de “gachupín” en México (es hijo y nieto de exiliados republicanos españoles) y sus contradicciones de mexicano inmigrante en la actual monarquía constitucional española.
El público está dispuesto alrededor de un escenario circular, rodante, provisto de lamparillas que el intérprete utiliza como podio para sus acciones y también como expositor donde va desplegando los documentos de este álbum de la memoria personal, desde su partida de nacimiento en México en 1971 hasta su actual DNI español. En esa pasarela, Alberto García hace su striptease de mariachi, alterna su relato y sus poemas surrealistas, entona estrofas de canciones (“Quiere cantar su alegría ami tierra mexicana...”), zapatea y ondula su cuerpo, entre pausas de vasos de tequila.
Y su viaje nos rebela que hay un exilio que vivió durante años el ideario republicano. “¿Dónde comenzaba la madeja? ¿En un barco? ¿En un campo de concentración? ¿En una casa bombardeada?... Eran lazos de ultramar. Nuestro más preciado valor moral. El “nosotros”.
Pertenecíamos. Éramos parte de un sueño”, dice el migrante, y relata el asombro del niño que en el colegio Madrid de Ciudad de México de pronto aprende que en su España hubo un golpe de Estado y una guerra, que hay una dictadura ( “¿Por qué le falta el morado a la bandera?”). Continúa narrando la indignación del joven que cruza el Atlántico y descubre que además de masacrada, la República es olvidada, perseguida y ocultada (Manuel Azaña es enterrado en Francia, con la bandera mexicana...) “Borracho de nostalgia y de tequilas... La mía es una historia de mariachis”, ironiza García, en esta riquísima performance política, que completa su díptico personal iniciado con España que perdimos, no nos pierdas, un panorama del exilio artístico español en México, que fue censurado durante el gobierno de Aznar.
Almacén eléctrico
Con varios espectáculos creados desde 1997, entre ellos el cabaré más antiguo de la cartelera madrileña (Por una manzana...), la compañía El Curro DT abrió su sala en 2001, transformando en teatro un antiguo almacén eléctrico.
Allí ha investigado en la disposición, desarrollo y recepción del acto escénico, utilizando todos los espacios, desde el escaparate a sus escaleras y pasillos.
Así, el público ha sido rodeado por simultáneas Fridas Kahlo en Pies para que los quiero, si tengo alas pa’ volar (2002), ha paseado con los fantasmas de Juan Rulfo en Susana San Juan… (2003), ha recibido en su regazo a Federico y sus mujeres en Lorca era maricón (2002) o ha ido a la escuela de artefactos de Nicanor Parra con Llenar el mundo de violetas (2002), todas transformaciones insólitas de su pequeño local y piezas antológicas del teatro-danza madrileño.
Además de su acogida a compañías híbridas de otras regiones, otra seña de identidad del espacio DT ha sido su apertura al barrio madrileño de Chueca y a las expresiones escénicas de las diferencias sexuales, a través del Ciclo Versión Original o del Plataformón Más Bonita que Ninguna.