
A la franja de tierra que queda al norte de Mauritania, al sur de Argelia y al este del muro de 2.700 kilómetros construido y custodiado por el Reino de Marruecos, los saharauis la llaman “tierra liberada”. Un ejercicio de esperanza y optimismo. A esta misma zona, los marroquíes la llaman “tierra de nadie”, y constituye para ellos la barrera de choque ante posibles conflictos. La ONU, en su eterna actitud de indiferencia, la llama “zona no autónoma” y disemina por este desierto sedes de su misión especial (MINURSO) que ni ve, ni oye, ni actúa.
Los territorios liberados, unos 90.000 kilómetros cuadrados, constituyen aproximadamente un tercio del suelo del Sáhara Occidental, los otros dos tercios están al oeste del muro, ocupados ilegalmente por Marruecos. Es allí donde se encuentran los recursos, la pesca y los fosfatos principalmente. En la zona liberada apenas hay nada que expoliar.
El muro no sólo es muro; además de los 2.700 km de arena, hormigón y alambradas, esta barrera está minada en su totalidad. Unos 60.000 soldados marroquíes, armados por el Estado español y Francia, entre otros, lo custodian en los puestos colocados cada cuatro kilómetros y cuenta con un sistema de radares para proteger su perímetro.
Aunque los mapas al uso lo sitúan de principio a fin en territorio saharaui, el muro corta en tres puntos Mauritania, impidiendo así la continuidad territorial de la zona liberada. Esta ominosa obra de ingeniería financiada principalmente por EE UU e Israel puede verse en las imágenes aéreas y en los mapas trazados por Land Mine Action (LMA), encargada de desminar estos territorios.
La RASD ha clavado su bandera en los principales centros de esta zona. Según el informe del Secretariado Nacional del Frente Polisario para su XII Congreso, celebrado en Tifariti en 2007, “se ha procurado convertir los territorios liberados en un escenario para la actividad política e informativa escogiéndolos para la celebración de eventos nacionales, certámenes importantes y otras actividades como la celebración de los aniversarios de la proclamación de la RASD, la conmemoración del Día del Mártir, el aniversario de la Intifada Saharaui y la organización de seminarios de carácter político e intelectual”.
El clima de esta zona y las condiciones de la tierra son mucho mejores que en la hammada, donde la temperatura alcanza los 50º y no hay ni agua ni posibilidades de cultivo. Los yacimientos arqueológicos y rupestres del llamado “neolítico sahariano” muestran representaciones de jirafas, avestruces y hasta pelícanos, haciendo verosímil la idea de que este desierto fue en su día una sabana. Entre mina y mina aparecen acacias, arbustos, pozos de agua subterráneos y algunos inviernos se forman ríos que rompen el paisaje. Esto ha provocado que cada vez más familias se den a la vida nómada.
Difícil repoblación
El último informe de 2005, citado por
la Conferencia Europea de Cooperación,
fijaba la población permanente
de los territorios liberados en
15.000 habitantes. Cuenta Ahmed
Fadel El Rubio, que “si llueve y es un
buen año en el que hay mucho pasto,
la gente viene de los campamentos y
se instala aquí. Hay algunos años en
que el desierto entero se llena de jaimas,
de cabras y de camellos, es algo
maravilloso. Pero eso también crea
problemas para las propias familias,
porque los niños que no se quedan
en Tinduf dejan de ir a la escuela”.
El plan “retorno” de los ‘90, establecido desde la asamblea de la RASD, impulsó la construcción de tres colegios electorales en ciudades del territorio liberado para celebrar allí el ansiado referéndum. Una de estas ciudades es Tifariti, capital de los territorios liberados. Allí se construyó el Barrio de la Solidaridad, unas 400 viviendas aún sin ocupar, y el hospital Navarra, uno de los pocos de la zona. Cuenta también con algunas construcciones que apenas sobrevivieron al último bombardeo de Marruecos, dos horas antes del alto al fuego en 1991, y un colegio con teatro y museo. Existe también un proyecto de universidad, apoyado por varias universidades extranjeras, y un encuentro internacional de arte que, bajo el nombre de ARTifariti, reúne desde hace tres años a artistas de diferentes países. Tifariti dista aún mucho de ser una capital estatal, pero su crecimiento y la vida que en ella se concentra la convierten en símbolo de esperanza para el Polisario y punto de visibilización internacional de la lucha por la autodeterminación del pueblo saharaui.
30 años para limpiar de minas el Sáhara
Land Mine Action (LMA)
es la ONG que, en colaboración
con la RASD y la
MINURSO, trabaja desde
2006 en la recuperación
del territorio a través de
la localización y desactivación
de las minas y
artefactos sin detonar en
la zona liberada del Sáhara
Occidental. 18 valientes
divididos se juegan la
vida a diario con un
detector de metales y una
pala de jardinero. Cada
uno de estos saharauis
de LMA cobra 340 euros
al mes y aseguran que, al
ritmo que van, tardarán
unos 30 años en desminar
todo el territorio.
El gasto de la ayuda internacional que reciben los refugiados de la hammada de Tindouf es sin duda mucho mayor que la inversión de LMA. Sin embargo, la ayuda a los territorios liberados es mínima. Apostar por el Frente Polisario como soberano legítimo de esta tierra supone un enfrentamiento directo a la política marroquí. No obstante existen proyectos de reconstrucción en esta tierra, que comienzan a hacerse visibles, que molestan profundamente al Reino de Marruecos y que muy lentamente devuelven la vida a los territorios liberados.