La agresión militar del régimen de Tel Aviv contra Gaza ha desvelado, como efecto colateral, la guerra larvada entre los Estados árabes sobre la opción de la lucha armada y la figura de Hamás. Era notorio que saudíes, egipcios y jordanos apoyaban al presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Mahmud Abbás, y responsabilizaban a Hamás del asedio israelí a la franja; y también que sus posturas se habían aproximado mucho a las tesis de Washington en la región. Pero pocos aventuraban que la irritación de los “Estados árabes moderados” con los islamistas palestinos devendría en un apoyo tácito o implícito a la brutal ofensiva israelí. Con más ardor incluso que los medios occidentales, la prensa y la televisión egipcias y especialmente saudíes (de gran proyección internacional), junto con sus representantes políticos, acusaron a Hamás de haber provocado los “acontecimientos” y de acarrear esta “desgracia” al pueblo palestino. Sólo Al Jazeera y los medios alternativos de internet desmontaron la falacia: la guerra no estaba siendo limpia y buscaba algo más que derribar a Hamás.
La resistencia palestina sospecha que El Cairo y Riyad participaron en los preparativos de la agresión y el cerco a Gaza, continuado desde hace meses. Y que llevan tiempo tratando de aislar diplomáticamente a los islamistas y coordinar con el régimen de Tel Aviv el regreso de la ANP a Gaza. Todo con el pretexto de salvar la iniciativa árabe de paz y evitar el medro político de Irán, valedora de movimientos “radicales” como Hamás o Hezbolá.
La apuesta, dictada por Washington, era clara: dar cobertura mediática y diplomática a los bombardeos israelíes para acabar con Hamás y rehabilitar a la ANP, y evitar una postura árabe conjunta de rechazo. Luego, a reanudar las conversaciones de paz y a centrarnos en el acoso y derribo de Irán.
Fallaron los cálculos
Pero los cálculos fallaron: la resistencia,
para sorpresa de todos, contuvo
a las hordas israelíes y mantuvo
sus reivindicaciones; el pueblo
de Gaza no se rebeló contra Hamás,
y Estados como Siria y Qatar se proclamaron
defensores de la resistencia
en una reducida cumbre árabe
de tono inusualmente duro contra
Tel Aviv (Doha, 16/1/09). Mientras,
igual que con Hezbolá en 2006, la
calle árabe aclamaba a la resistencia
y los Estados europeos, resignados,
balbuceaban: “Quizá” deba hablarse
con Hamás. Los saudíes se
vieron obligados en la cumbre económica
de Kuwait a condenar el
ataque israelí y los egipcios rebajaron
sus reproches a las facciones
palestinas. Pero intentan ganar la
guerra para Israel por otros medios,
manteniendo el cerco y forzando
un gobierno de unidad nacional con
predominio de la ANP. Una reedición
de lo ocurrido en Líbano tras
el triunfo de la resistencia libanesa.
Después de la última salvajada israelí y su riada de muertos, heridos y desolación, muchos árabes han podido reparar en las intenciones verdaderas de sus líderes. Obligados por sus vínculos vitales con Washington, su única fuente de poder, los “árabes moderados” han perdido la capacidad de proponer nada; ejecutan dictados externos, a despecho de sus intereses nacionales. Sus diplomacias, para disgusto estadounidense, no pueden siquiera imponer condiciones a las organizaciones díscolas: todos conocen su incapacidad para tomar y garantizar decisiones propias. Por desgracia, con respecto a su inhabilidad histórica para paliar la tragedia palestina, la connivencia descarada con la estrategia israelí-estadounidense en Palestina es más dañina que su pretendida solidaridad de antaño. Pero sólo un poco más.