Es paradójico que Ken Vandermark,
uno de los jazzmen más
interesantes de los últimos
años, haya debido luchar en su
carrera contra una doble exclusión.
En sus comienzos tuvo
problemas en Chicago porque
era blanco y los músicos negros
no querían tocar con él; después
los ha tenido porque su música,
demasiado heterodoxa, no encajaba
en los preceptos formales
que las diversas tribus del
entorno jazzístico exigen para
aceptar a un músico. Y el hecho
es aún más llamativo en tanto el
estilo en que Vandermark suele
moverse es el free jazz, un género
que se distingue precisamente
por no hacer las cosas
conforme a un método predeterminado:
“La gente es muy
conservadora, tienes que hacer
lo mismo que hacían los clásicos.
Y si no, no es free jazz”, asegura
Vandermark.
Son dos anécdotas que revelan hasta qué punto el jazz ha vivido un proceso de institucionalización que ha producido tanto una coagulación formal como un acentuado proceso de despolitización. Y bien podría decirse que, como le está ocurriendo ahora al rock, el jazz ha transitado a lo largo del siglo XX un camino que le ha llevado desde el carácter eminentemente callejero de sus inicios hasta su conversión en música distinguida para clases medias, tras atravesar las etapas de consagración contracultural, complejización formal y radicalidad política.
¿Una etapa conservadora?
En definitiva, el jazz, que cada
vez vive más de recursos institucionales,
estaría atravesando
una época conservadora en la
que, por una parte, sus oyentes
aprecian sobre todo las imitaciones
de los sonidos del pasado, y
por otra, promueven obras donde
las innovaciones formales se
caracterizan por eliminar todo
apoyo en un discurso social,
algo por lo que el género se distinguió
en épocas no tan lejanas.
Sin embargo, ese estado general no debe impedir que reparemos en que los géneros, y el jazz no es excepción, no permanecen estáticos, que están hechos de tendencias generales y de resistencias, y que, por tanto, resulta imposible enfocar su momento desde una sola perspectiva.
Y ese estado presente suele quedar notablemente retratado en los festivales de jazz que el Colegio Mayor San Juan Evangelista (el Johnny) viene organizando desde hace 28 años. Tras su amenaza de cierre por Unicaja –parece que mantener el colegio abierto no era rentable– y la movilización subsiguiente de ex colegiales y aficionados a la música popular, se logró que la empresa diera marcha atrás. Así, podremos contar de nuevo con la programación jazzística más interesante de Madrid, que suele aunar viejas y nuevas tendencias con gran acierto. Es el caso de este año, que conmemora el quincuagésimo aniversario de Kind of Blue, la obra maestra de Miles Davis, reuniendo simples homenajes nostálgicos y conciertos de agradecido riesgo estilístico. Por aquí pasarán el trompetista Tomasz Stanko, el neoyorquino Dave Douglas, otra de las grandes figuras contemporáneas, y, sobre todo, Wadada Leo Smith, quien visita por primera vez España para presentar una de las obras maestras de los últimos años, Tabligh.
Y es que, como se deja sentir en el cartel programado por el Johnny, eso es el jazz hoy, un estilo que se debate entre las celebraciones institucionalizadas de los grandes nombres del género, con intérpretes que sólo aspiran a repetir más o menos fielmente antiguas enseñanzas, y un puñado de creadores que están proponiendo poderosas formas narrativas, ya sea por el camino de la unión fértil con otros estilos o, más usualmente, por la profundización en recursos propios del jazz.
Nuevas posturas políticas
En este sentido, se trata de un
momento interesante, ya que
estas derivas estilísticas nos
informan no sólo de una lucha
por abrirse camino entre terrenos
formales más o menos anquilosados,
sino de las nuevas
posturas políticas en las que
determinado jazz está inmerso.
Por una parte, porque se manejan en unas condiciones materiales precarias y, en esa visión que tienen de su oficio y de cómo ganarse la vida residen algunas enseñanzas útiles sobre la naturaleza del trabajo contemporáneo. Además, porque entender estas músicas que se construyen desde la cooperación creativa como una metáfora de la democracia en acción es una concepción que yace en el discurso de buena parte de los autores contemporáneos (incluso Wynton Marsalis acaba de editar un texto en Paidós, titulado Jazz, que abunda en una perspectiva similar).
Pero, sobre todo, porque, como asegura Vandermark, late en su música una evidente idea política de la cultura. “Creo que cada vez que una persona actúa como un individuo es una declaración política. Cada vez que alguien haga algo que no sea comercial, que comprometa sus ideas, que sea una búsqueda, todo ello pone a prueba el statu quo, porque éste trata del consumismo, de lo comercial y de la cultura de la fama. Cualquiera que haga algo que se salga de lo ordinario, ya sea música o cine o lo que sea, está realizando una acción política, porque muestra algo que contrasta con lo establecido. Cada vez que te encuentras con algo así, significa que es posible formularse preguntas e interrogar a la sociedad acerca de por qué es como es”.
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