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ARTES ESCÉNICAS

Steven Cohen: el baile de las calaveras

Hablamos con este artista y performer sudafricano, quien acaba de presentar en el Festival de Otoño de París su último trabajo, ‘Golgotha’, creado como reacción al suicidio de su hermano.

CARLOTA ARBIZU / HENRI BELIN
Jueves 31 de diciembre de 2009.  Número 116

En Golgotha apareces vestido como un hombre de negocios que anda por las calles de Wall Street pero con unos zapatos de tacón cuya base son calaveras. ¿Qué quieres decir con esta imagen?

Para mí, la imagen del businessman que anda sobre tacones-calaveras representa la falta de ética en los negocios y la manera en la que el negocio puede modificar todos los valores de la vida y de la muerte. La muerte es un negocio, es una cuestión de beneficios. Pero estas calaveras también llevan consigo una historia de violencia porque no son americanas, son asiáticas. Lo más chocante es que las compré en una tienda de decoración de interiores en una calle principal del Soho. Fue como comprar una lámpara. Me costaron 2.000 dólares de los cuales 380 son IVA para el Gobierno estadounidense. Es una venta legal y totalmente inmoral de la cual el Gobierno se aprovecha. Es importación de asiáticos muertos. Es el capitalismo en su peor cara. Llevo el traje para parecer un hombre de negocios, pero también es un uniforme, pues en Nueva York hay miles de personas con traje: en vez de ser un símbolo de algo, representa el anonimato, la invisibilidad.

¿De qué modo se vincula esta denuncia con la evocación íntima del suicidio de tu hermano?

Mi hermano trabajaba en el comercio. Tenía mucho dinero, pero eso era parte de su desesperación porque no encontraba ninguna satisfacción. No estoy seguro de que haya conseguido conectar su muerte con el espectáculo, pero estoy seguro de que todos sabemos lo que es perder a un ser querido. Cuando mis amigos murieron de sida pensé que sabía lo que significaba la muerte, pero cuando alguien de tu interior muere, muere una parte de ti. Este espectáculo ha sido una ceremonia, no sé si ha sido una performance. Ha sido una ceremonia a la que he invitado al público. Y no sé si lo he hecho para el público o para mí.

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Para Cohen, “la calle es un área de cuarentena que los artistas intelectuales dejan de lado”. En la imagen, un momento de ‘Golgotha’. MARIANE GREBER

En tus performances recurres a vídeos que te representan vestido de drag queen en lugares que no son espacios escénicos convencionales: chabolas, supermercados, edificios administrativos... ¿Qué te interesa de esas intervenciones?

En un teatro no puede pasar gran cosa. Tenemos un contrato: yo estoy ahí para enseñarte algo y tú pagas para verme. Yo puedo hacer cualquier cosa y no sorprenderte, porque tú ya estás ahí para ser sorprendido. En cambio, en la vida real, el arte puede ejercer su función que es ser original y transformar tu modo de pensar sin que tú seas cómplice. Y me gusta comunicar con gente que no ha podido comunicar con nadie. En vez de vender algo a alguien, prefiero dar algo a alguien que no lo quiere. Y eso es lo que me interesa en la calle: la infinita posibilidad de que pueda ocurrir cualquier cosa, que no haya protección, porque en el escenario estoy protegido. La policía no va a venir a por mí y el público no va a subirse al escenario. Odio el teatro, soy alérgico al escenario, odio las cortinas y las luces. Es una puta mierda y justo por eso es un reto hacer algo real en un espacio diseñado para el artificio. Crecí en Sudáfrica y allí todo es político: hacerse un shoot de heroína, beber agua… Porque la gente no tiene todo eso. Cuando empecé a trabajar nunca quise exponer mi trabajo en museos porque los negros no podían entrar en los museos. El espacio estaba politizado, el movimiento de las personas estaba politizado. Así que decidí llevar mi trabajo a la calle, donde estaba la gente. La calle es un área de cuarentena que los artistas intelectuales dejan de lado.

Expones tu cuerpo atravesado por elementos invasivos: cámaras en el ano, marcaje de la piel por esvásticas, estrellas de David en el sexo… ¿Qué lugar ocupa el cuerpo en tu estética?

La única cosa de la que estoy seguro es del cuerpo. Pero no estoy interesado en el cuerpo como un estilista, sino como un sitio de exploración política y artística. Me pinto la cara, esculpo mis formas aunque no soy un bailarín. Pero no creo que necesites ser un bailarín para bailar: sólo necesitas moverte, andar, tragar y llorar.

La danza que propones parte del desequilibrio que provocan los tacones y zapatos de plataforma que usas…

Física y mentalmente somos capaces de tanto… Podemos torturar y al mismo tiempo somos tan frágiles. Podemos fracasar, morir o perder la fe y suicidarnos en cualquier momento. Estar vivo no es una certidumbre y eso lo manifiesto físicamente por los tacones. Es un esfuerzo constante por no caer, por no ser malo, racista, estúpido, desconsiderado, violento..., todo lo que nos hace caer. Pero nunca podemos estar seguros de que no somos eso. Mi vida también es un esfuerzo contante por no ser lo que desprecio.

Como artista ¿cuál es tu visión de la situación política en Sudáfrica?

Me gustaría ser positivo, pero en realidad creo que el nuevo gobierno es tan tiránico como el anterior. Ahora tenemos gente negra haciendo el trabajo de gente blanca, tenemos el mismo nivel de corrupción y, desde que Mandela fue liberado, el doble de gente vive en chabolas. No se construyen casas, se está robando dinero y no es una cuestión del color de la piel: los políticos son políticos, no importa del color que sean, les importan poco los intereses comunes, les importa sólo lo suyo. Uno de mis libros ha sido censurado en las escuelas hace poco. Estoy viendo cómo mi país regresa a los años ‘80, y cómo se reduce el espacio para la crítica. A sus ojos, si yo digo todo esto es porque evidentemente soy blanco y racista.

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