Periódico Diagonal

EMPLEADOS DE BANCA

"Somos los tenderos del dinero"

Al final de la cadena de decisiones bancarias se encuentran los empleados intermedios. Un trabajo que en tiempos de crisis adquiere nuevas dimensiones. “Si ahora no hago hipotecas, tendré que ofrecer seguros”, dice uno de ellos.

Raúl Guillén, Redacción
Miércoles 2 de diciembre de 2009.  Número 114
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LIGA BBVA. El patrocinio deportivo es uno de los caminos que ha encontrado el sector para seguir ofreciendo productos financieros.

“El otro día vino un señor que yo sé que hace todo lo posible, pero no trabajan ni él ni su mujer y tienen un niño”, cuenta Miriam, comercial de una pequeña oficina del BBVA. “Claro, estando en el paro no pagan nada y van a entrar en demora de pagos, penalizados con más intereses, en dos días. Ya estamos alargándolo todo lo que podemos. Vino a verme casi llorando: ‘es que no puedo pagar más’ me decía. Y el problema es que yo me implico muchísimo y lo paso muy mal”.

Miriam tiene 26 años y lleva dos años y medio de comercial en la misma sucursal del BBVA, su primer y único trabajo desde que terminó económicas. Aparte de ella sólo trabajan allí dos cajeros y el director. No se queja sin embargo de sus condiciones de trabajo, a pesar de que en tanto que comercial y apoderada “te tienes que quedar por las tardes. Si por ejemplo tu horario termina a las dos de la tarde, tú no sales nunca antes de las seis, o a las ocho, o hasta te quedas allí a cenar. Tienes bastante libertad para quedarte por la tarde pero está mal visto no hacerlo. Hay llamadas de prueba a ver si estás o si no estás”. Tiene un sueldo algo mejor que los cajeros y la mayor implicación que su puesto conlleva le parece más bien positiva: “El trabajo de cajero no tiene ninguna participación, es muy rutinario, muy monótono, entonces suelen poner ahí a la gente que no tiene afán de ascender, gente mayor en general”. Como el resto de los comerciales de los bancos, Miriam tiene fijados unos objetivos mensuales. En el caso del BBVA, cada ‘producto’ que un comercial tramita tiene una puntuación en base a la cual se miden los objetivos. Y productos no faltan. En una oficina céntrica escogida al azar se pueden recoger 38 folletos diferentes que ofrecen tres tipos de hipotecas, 19 ‘productos financieros’ –inversión en bolsa, tarjetas de crédito, planes de ahorro, planes de pensiones, seguros, etc.–, y 16 compras financiadas, desde lanchas, coches y motos, hasta electrodomésticos, cámaras de fotos, baterías de cocina, joyas, un reloj heráldico e incluso una operación de cirugía ocular para reducir dioptrías. “Mis objetivos por mes son 320 puntos –comenta Miriam–. Por ejemplo, una hipoteca vale 12 puntos, un préstamo de consumo seis, una tarjeta, uno”. Pero los objetivos en tanto que comercial son casi imposibles de alcanzar y el eventual bonus de fin de año no depende sólo de ellos sino también de los que estén marcados para la oficina y para la zona, de forma que “es imposible saber de antemano si vas a cobrarlo o no”. Más que una presión directa, no hay nadie detrás de ella recordándoselo o presionándola, se trata sólo de una vara de medir la calidad de su propio trabajo que afronta en solitario. “Es imposible alcanzar esos objetivos –dice Miriam. Yo es que no los miro, bastante tengo con el trabajo y con el montón de cosas que hay que hacer para encima estar a expensas de eso”.

Adaptación a los tiempos

Aunque siguen existiendo los objetivos, el trabajo en los bancos ha cambiado con la crisis. “Nosotros ahora –prosigue Miriam– le dedicamos bastante más tiempo a que un préstamo o una hipoteca no pase a demora. Desde el primer momento que vemos que alguien ha dejado de percibir la nómina o deja de pagar, tenemos que estar detrás de él para refinanciar o hacer lo que sea para que no se llegue a la situación de impago”.

Desde su punto de vista, el empleado de banca intenta ayudar a la gente, adecuando los nuevos ingresos que se tengan a los pagos pendientes a través de refinanciaciones o moratorias de hipotecas. Esto es beneficioso para todos, sostiene el personal bancario, aunque ‘beneficio’ en este caso no tenga el mismo sentido para las dos partes: para el cliente el beneficio es no pasar a ser desahuciado o a concurso de acreedores; para el banco es cobrar hasta el último céntimo de los créditos que ha concedido, más los intereses. Leticia, comercial de La Caixa, resume la situación.

“A pesar de la crisis hay que seguir haciendo beneficio, si no lo saco de una parte lo tendré que sacar de otro”. Para ella la proliferación de productos a la venta en los bancos –en La Caixa pueden recogerse unos 25 folletos– se explica porque hay que buscar el margen en otra parte, dado que en las hipotecas o los productos de ahorro ya no lo hay. Cuesta más hacer negocio y por lo tanto las entidades financieras tienen que diversificarse. “A lo mejor antes cuando había más hipotecas y más depósitos te preocupaba menos hacer seguros, ya que estabas encontrando la rentabilidad por otra vía.

Pero si ahora no hago hipotecas y no hago depósitos a plazo –con intereses tan bajos a la gente no le interesa–, pues tengo que ofrecerle otros productos al cliente, como los seguros, que es lo que ahora tenemos en la mesa. El negocio lo tienes que tener. En época bonita te cuesta menos y trabajas con más relax, en época complicada con más presión. Somos unos tenderos del dinero: nos exigen, pero también nos cuidan”.

‘La milla verde’ de la crisis

Tanto Miriam como Leticia coinciden también en el hecho de que, finalmente, el margen de beneficio para el banco es mayor en créditos al consumo que en hipotecas, y aún más grande en ventas financiadas ofertadas por el propio banco, como seguros o televisores. “El banco gana mucho más vendiendo una tele que vendiendo tres préstamos” comenta Mirian, pero también se queja de esta presión para “convertirse en teletienda”.

Queda, sin embargo, el cara a cara con la gente, que tiene problemas. En este ámbito reina más bien la impotencia. Miriam se desespera ha- blando de la misma familia en paro: “Estoy atada de pies y manos, pero ¿qué haces? Por lo menos si tuvieran un amigo o alguien que se ponga de titular con ellos, pero eso no lo va a hacer nadie, nadie puede meterse en eso. Por un lado los entiendes: no encuentran trabajo porque no hay trabajo”.

Pero Miriam ve la implicación personal ante estas situaciones como un rasgo de su personalidad que le impide sacar adelante correctamente el trabajo y los límites impuestos a su actuación como algo inamovible. “No se puede hacer nada ni a nivel mío, ni a nivel superior. A esta gente nadie puede ayudarles”, afirma. En última instancia la única salida que ve, para sus clientes y para ella misma, es el final de la propia crisis: “La economía es cíclica, con lo cual esto va a pasar. ¡A ver si acaba la crisis ya y que encuentre todo el mundo trabajo!”.

La misma constatación emana de Juanjo, director de una pequeña sucursal de caja de ahorros. “Como entendemos que los efectos de la crisis son transitorios, un par de años máximo, y que luego la situación volverá otra vez a corregirse, estamos buscando una solución a corto plazo para la gente con problemas. Yo les ayudo como mi empresa me deja”.

Reconoce sin embargo que está estresado por las situaciones que ve todos los días y que sale ‘tocado’ de la oficina. Tal vez por eso, para intentar valorizar simbólicamente lo penoso de su día a día, en su fuero interno se representa su propio trabajo en base a modelos religiosos o mágicos: “Estar aquí es una sensación a veces de confesionario. Los clientes se sientan aquí y te cuentan sus problemas, cosas a las que les dan muchas vueltas y casi siempre cuando salen del despacho, están algo más contentos. Me siento un poco como el negro grande de la película La milla verde, que absorbía los problemas y luego lo escupía como si fueran moscas, es un poco lo que hacemos aquí”. Sólo que detrás del personaje de La milla verde no había nadie que se llevara intereses.

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