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Periódico Diagonal

Se dice “cervecita”

No tiene un sabor especial ni huele a azahar: los bares son la estructura sobre la que orbita Sevilla. La ciudad de la “cervecita”, las tapas, el sol se divide en dos tableros: intramuros y extramuros.

Silvia Nanclares
Jueves 18 de febrero de 2010.  Número 120

Da igual quién seas: sabrás que eres sevillano el día en que un escalofrío recorra tu espina dorsal ante la pregunta: ¿Una cervecita? Cervecita. Ni cerveza, ni caña. Y puedes acabar al día siguiente desayunando churros en La Macarena. Sevilla es la ciudad en la que, si cayeras desde el hiperespacio, tardarías menos en averiguar dónde te encuentras. Vírgenes, cristos, cabezas de toros, pósters de Silvio o Camarón te darán las coordenadas. Porque si España huele a pueblo, Sevilla huele a bar. No huele a incienso, ni a azahar, ni a río, ni tiene un color especial: lo que tiene es una red de bares que como la estructura fractal sujetan la city. La vida se articula en torno a una barra minúscula, una terracita, la susodicha ‘servecita’ y una calle soleada. Y petada. Si no estás en los aledaños de un bar, no existes. Porque si hay algo en lo que coinciden las gentes de esta ciudad hiperpolarizada es el culto al bar. Y, por eso, el bar en Sevilla toma muchas formas: bodega, abacería, peña (flamenca o futbolística), velás, bares de copas y tabernas abren sus terrazas a todos los superhéroes de barrio que se doblegan al arcano mantra: “¿Una cervecita?”. El juego de la oca se divide en dos tableros: intramuros y extramuros. La antigua muralla delimita mentalmente el casco histórico cual Manhattan patrio. Al otro lado, Brooklyn (Triana) y otras islitas (León XIII, Retiro Obrero, Pino Montano) y hasta su propio Staten Island (La Cartuja). Las costumbres salvajes marcan el tipo de bar: la cultura desayuno (desayunos orgiásticos: esto es, en grupo y variados), las cervecitas del mediodía con tapeo, cubatas de después de comer, cervezas del atardecer o cubatas gariteros (esta última categoría requiere capítulo aparte por su peligro de extinción a causa de la reciente barcelonización). Hay que decir que las cafeterías y los restaurantes de menú escasean. Y es que comer un par de tapas por barba, de pie y al sol, es todo un arte a cultivar.

Es hora de mencionar una realidad delicada: aquí, en vez de kale borroka, tenemos calle barroca.

Las herriko tabernas sevillanas detentan ambiente cofrade: un horror vacui de imágenes barrocas empapela paredes y techos, vídeos de semana Santa en loop amenizan el televisor, la música de marchas, omnipresente. Dicho queda. Y ahora, una breve cartografía para practicar la etnografía sevillana: la guía mishelin de la sevillanía; el tronío; las tapas, el baño de señoras, los camareros o los camarones. Y si duda, busque un mercado de abastos, siempre encontrará un buen bar a su vera:

Hércules: hito de la Yihad Desayunista.

El Gonzalo: increíbles alitas de pollo, andamios interiores, pósters de Silvio y la dulce huella de su Aroma Fritanga.

Casa Moreno: Tienda de ultramarinos con decoración sevillanísima. Ir al baño de señoras es toda una experiencia.

Ambigú: pioneros de las tapas modernas en la Alameda. Mariano: beberse una cerveza fría en esa plaza, con habitantes incluidos, en primavera u otoño no tiene parangón.

Garlochí: Perfecto para quienes detesten el vacío minimalista de la nueva Alameda. Pepe “el muerto”: Por su camarero, que curiosamente se llama Pepe y tiene cara de... Una taberna de las que ya no quedan.

El Canijo: Experiencia inenarrable, tabernero marciano y escenografía imposible.

El Mudo: un bar regentado por dos camareros sordomudos, donde, curiosamente, todo el mundo baja la voz.

Y es que, recordad, faltan x días para el rocío y x días para el jueves santo. Venirse arriba y, como decían los Pata Negra, quedaos (si nos dejan), en Sevilla, hasta el final. //

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